Por Beatriz Casaus
Por Beatriz Casaus
Tengo el corazón encogido. Siento impotencia, tristeza y un dolor difícil de explicar. Podría hacer como si nada, como parece hacer mucha gente, pero a mí no me sale publicar fotos enseñando mi cuerpo en bikini, contar un viaje o compartir una imagen con un mojito en la mano como si nada estuviera ocurriendo. Como si el hecho de que sea verano lo justificara todo. No puedo. Creo que, cuando una tragedia de esta magnitud está sucediendo y todavía hay personas atrapadas bajo los escombros, lo mínimo que podemos ofrecer quienes estamos lejos es respeto, decoro y un espacio de duelo. Mi pensamiento está con todas las víctimas, porque detrás de cada cifra hay un nombre y una familia rota para siempre.
Siento que mirar hacia otro lado sería una forma de negar la realidad. Hoy los teléfonos móviles nos permiten ser testigos de lo que sucede a miles de kilómetros. No verlo porque duele no hace que deje de existir. Hay una corriente extendida dentro de ciertos ambientes espirituales, que defiende que no hay que mirar el sufrimiento del mundo porque "baja la vibración", porque hay que enfocarse únicamente en lo positivo o porque prestar atención al dolor es, atraerlo. Para mí la espiritualidad jamás ha consistido en apartar la mirada del sufrimiento. Al contrario. Hay quienes parecen convencidos de que, por haber alcanzado un supuesto nivel de conciencia superior, ese dolor ya no va con ellos. Y lo expresan con cierta condescendencia, como si quienes sí miramos de frente la realidad estuviéramos menos evolucionados. Pero esa actitud no me parece iluminación; me parece ego espiritual. Y el ego, por mucho que se disfrace de luz, sigue siendo ego.
Jesucristo no evitó el sufrimiento humano. Caminó entre los enfermos, los pobres, los rechazados. Denunció las injusticias de su tiempo, se enfrentó al poder cuando era necesario y puso el foco precisamente allí donde había dolor, abandono e hipocresía. No para recrearse en ello, sino para transformarlo.
Por eso me cuesta tanto conectar con ese ego espiritual que, disfrazado de paz interior, termina convirtiéndose en indiferencia. Esa espiritualidad que parece creer que observar una injusticia ya es contaminarse de ella. No conozco personas más espirituales que quienes, en medio de los escombros, el polvo y la devastación, están removiendo piedras con sus propias manos para intentar encontrar a alguien con vida. Quienes consuelan a quien acaba de perderlo todo mientras, quizá, ellos también lo han perdido. Quienes siguen con fe y esperanza por encontrar supervivientes, quienes reparten agua, comida, colchones o simplemente un abrazo. Personas que, actúan sin cámaras, sin reconocimiento y sin ayuda institucional. Ellos no necesitan decir que han elevado su conciencia, sino que lo demuestran.
Porque ser espiritual no es hablar con voz dulce y suave delante de una cámara en un vídeo. No es llenar las redes sociales de frases bonitas ni meditar durante horas si después el sufrimiento ajeno te resulta incómodo. Ser espiritual es sostener la mano de quien está muriendo o ayudar en la desgracia. Es estar cuando una catástrofe arrasa la vida de miles de personas. Acompañar al que llora. Implicarse cuando uno puede hacerlo. Estar presente en el foco de devastación ayudando. Esas personas, a mí, me parecen las más grandes. Porque ser espiritual, es ser humano.
La verdadera espiritualidad no nos aleja de la realidad. Nos hace incapaces de ser indiferentes ante ella y esa implicación es la que transforma el mundo. Si nadie retirara los escombros, seguirían ahí. Si nadie tendiera la mano, el sufrimiento sería aún mayor. La acción también es espiritualidad.
Un fuerte abrazo, lleno de cariño, a todas las personas afectadas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario