Sociólogo - Escritor

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"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales.
Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.
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24 de agosto de 2019

LA ARGENTINA DE LOS GÜELFOS Y GIBELINOS Y SU DEUDA EXTERNA

Por Jorge Rendón Vásquez
Jorge Rendón Vásquez
El 11 de agosto de este año se efectuaron las elecciones primarias en Argentina con una participación del 75.78% de los electores.
Ganó la fórmula peronista (Frente de Todos con Alberto Fernández como candidato a la presidencia) con el 47.65%, siguiéndole la fórmula liberal antiperonista (Juntos por el Cambio con Mauricio Macri como candidato a la presidencia) con el 32.08%. Cuatro grupos pasaron la valla del 1.5% requerida para continuar en el juego electoral (8.22%, 2.86%, 2.63 y 2.18%), cuyo siguiente pasó serán las elecciones del 27 de octubre de este año. Raro procedimiento semejante a una gran encuesta. Si en las próximas elecciones el candidato ganador obtuviera más del 45% o, si alcanzando el 40% o más, superara al siguiente en más del 10% será proclamado presidente de la República; de otro modo se irá a una siguiente vuelta (Const., arts. 97º y 98º).
Sin embargo, ya los peronistas han cantado victoria a todo lo que les da la voz, viendo a Macri sepultado (probablemente en el cementerio de La Recoleta, exclusivo de la gente chic) y a los argentinos volviendo a pagar unos pocos pesos por los bienes y servicios a cargo del Estado.
Antes de la llegada del grupo de Macri al poder en octubre de 2015, la energía eléctrica, el gas, los transportes y otros servicios costaban una fracción de su costo real. La diferencia entre este y el precio fijado al público era cubierto por subsidios estatales. Alguna vez vi a una dama de Buenos Aires irse de compras por unas horas, dejando encendido el horno a gas de la cocina que hacía las veces de estufa. El gas era casi gratuito.
Macri cortó brutalmente los subsidios y, como es natural, a los consumidores, sobre todo de los estamentos populares, no les gustó la medida. Por lo tanto, el gran elector en las próximas elecciones seguirá siendo la esperanza prometida por el estado mayor peronista de restituir los precios ínfimos de los bienes y servicios estatales. 
Correlativamente, el gran tema ausente en los debates electorales, en particular en el peronismo, ha sido la deuda externa, su imparable crecimiento y las maneras de pagarla. Esta deuda fue utilizada en subsidiar bienes y servicios públicos, construir ciertas obras públicas, pagar personal administrativo y político, renovar equipos de las fuerzas armadas, pagar intereses de la deuda vencidos y darle la suya a la corrupción. Ningún grupo político y menos aún el peronismo ha detallado a dónde fue a parar el dinero de  los préstamos concertados durante su gestión.
Hasta diciembre de 2018, la deuda pública argentina había llegado a algo más de 345,000 millones de dólares USA, de la cual un 80% con acreedores extranjeros y un 20% con nacionales. 
Su evolución ha sido la siguiente, en millones de dólares:
—a 1976, gobierno de Isabel Perón (peronista): 7,900;
—a 1983, gobierno de Videla (militar): 45,100;
—a 1989, gobierno de Alfonsín (radical): 65,300; 
—a 1999, gobierno de Ménem (peronista): 121,877;
—a 2001, gobierno de De la Rúa (radical), 144,453;
—a 2003, gobierno de Duhalde (peronista), 176,768;
—a 2005, gobierno de Kirchner (peronista): 126,500;
—a 2013, gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (peronista): 250,000;
—a 2018, gobierno de Macri (liberal): 345,000.
Como se ve, la mayor parte de la deuda creció durante los gobiernos peronistas; aumentó, porque se pedía más dinero y no se pagaban los intereses o los pagos por estos fueron insuficientes. 
En 2013, la Argentina había caído en default(falencia) en los mercados financieros internacionales, y fue retirada como sujeto de crédito.
Macri logró que el Fondo Monetario Internacional le prestara a Argentina 57,100 millones de dólares que fueron destinados a cubrir una parte de los intereses de esta deuda descomunal. Pero, la deuda, ¡ay!, siguió creciendo.
Cuando en enero de 2010, un juez de Nueva York embargó ciertos depósitos del estado argentino en Estados Unidos a petición de algunos acreedores que habían comprado cierta cantidad de títulos de la deuda de este país y querían que se les pagara, los peronistas en el poder los acusaron de pretender sangrar a la Argentina utilizando fondos a los que calificaron de “buitres”. Es probable que esta expresión, reproducida hasta el hartazgo en América Latina por los simpatizantes del peronismo, haya sido tomada del relato de Ernest Heminghway Las nieves del Kilimanjaro, en el cual el protagonista, un vividor que atraía a mujeres bastante maduras con mucho dinero, agonizaba en una tienda por una gangrena, debida al insignificante rasguño de una espina en una pierna mientras cazaba en una sabana de Tanzania. Los buitres, esas aves carroñeras negras con agresivos picos curvos, olfatearon la podredumbre y comenzaron a posarse en los árboles cercanos a la tienda y esperar allí como si conversaran a pequeños graznidos desafinados. Pero esta feroz comparación era impertinente, porque esos bonos de la deuda argentina habían sido adquiridos en las bolsas de valores a menos de su valor nominal que descendía a trancos, porque no se les redimía ni se pagaban los intereses. En todo caso, más se asemejaban a aquellas desgarbadas y pacientes aves los políticos que les hacían creer a sus electores que la deuda moriría por consunción, muerte que no se iba a producir, por supuesto. Al contrario, la deuda está allí, como un tiranosaurio del Parque Jurásico, creado por ellos.
Si, a pesar de deber tanto, la Argentina no se precipita a la bancarrota y al hambre es por su inmensa riqueza agrícola, ganadera y minera, y nunca faltará comida en los platos de todos.  
Tras esta historia se percibe las dos tendencias o clubes preferidos en la política argentina, cuyo núcleo duro está constituido en ambos por ciertos grupos capitalistas interesados en tomar las riendas del Estado y utilizar el poder de decisión de este, beneficiarse con sus contrataciones, administración de las empresas estatales y servicios públicos, y obtener algunas tajadas de las inversiones externas y también —¿cómo no?— del movimiento de la deuda pública. Si gana el peronismo, es posible que continúe con las medidas de Macri y trate de pagar la deuda pública si pretende impedir que la Argentina incurra de nuevo en default, y que ensaye, por lo menos al comienzo, ciertas medidas asistencialistas.
No es posible perder de vista que el caudal electoral del peronismo lo constituyen en gran parte trabajadores y otros grupos de bajos ingresos, y que el macrismo tiene como sostén a la mayor parte de la clase media que teme el descalabro económico que podría reducirle sus ingresos. Se diría que esta polarización se asemeja a un pleito de güelfos y gibelinos, como aquellos del siglo XII en el norte de Italia, formados por ciertas familias feudales que se peleaban por defender la influencia de una familia real de Sajonia y otra de Baviera. Quienes se asesinaban concienzudamente no eran los nobles que podían arreglarse entre sí, sino sus mesnadas. Un caso de alienación colectiva se diría ahora.
Una pregunta final: ¿qué esperan obtener las clases trabajadoras argentinas del próximo gobierno? Hasta ahora esta pregunta no forma parte del debate electoral.
(23/8/2019)

21 de agosto de 2019

¿G-7 o G-5? Trump y Johnson añaden incertidumbre a la cumbre en Francia

Por John Irish y Marine Pennetier


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PARÍS (Reuters) - Las insinuaciones para después del Brexit realizadas por Reino Unido al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, podrían complicar aún más este fin de semana la búsqueda de puntos en común en una cumbre del G-7 de por sí ensombrecida por las tensiones comerciales con China, Irán y el cambio climático.
El anfitrión de la cumbre, el presidente francés Emmanuel Macron, ha puesto el listón muy bajo para que no se repita en Biarritz el fiasco del año pasado en Canadá, cuando Trump abandonó antes de tiempo la cumbre del Grupo de Siete, desbaratando el comunicado final.
Macron, ardiente europeísta y firme defensor de los lazos multilaterales, confía en lograr avances significativos en áreas donde se pueda presentar un frente unido. La reunión, que se prolongará desde el sábado al lunes, se centrará oficialmente en un asunto amplio como la reducción de la desigualdad.
En lo referente a otras cuestiones candentes, no habrá más remedio que estar de acuerdo en no estar de acuerdo cuando sea necesario.
“Tenemos que adaptar los formatos. No habrá un comunicado final, sino coaliciones, compromisos y seguimientos”, dijo Macron. “Debemos asumir que, sobre ciertos temas, algún miembro del club podría no estar de acuerdo”.
La cumbre del G7 agrupa a Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Japón, Alemania, Italia y Canadá, además de la presencia de la Unión Europea. Macron ha invitado también a los líderes de Australia, Burkina Faso, Chile, Egipto, India, Senegal, Ruanda y Sudáfrica para ampliar el debate sobre la desigualdad.
ASUNTOS DIFÍCILES
No obstante, las discusiones más duras están en otras partes, como la guerra comercial entre China y Estados Unidos, la tensión entre Washington y Teherán; el escaso entusiasmo mostrado por Trump a la iniciativa francesa de un impuesto universal a las multinacionales digitales como Google y Amazon y su rechazo a los esfuerzos para limitar las emisiones de carbono para ralentizar el cambio climático.
La crisis en Cachemira y las protestas callejeras en Hong Kong podrían ser abordadas también durante las conversaciones en la capital del surf de la costa atlántica francesa, donde serán desplegados unos 13.000 policías para impedir manifestaciones violentas antiglobalización.
“No hay duda de que hablaremos de cómo pueden afectar las fricciones comerciales a la economía global”, dijo un funcionario gubernamental japonés. “Pero es difícil enviar mensajes al exterior, ya que no habrá comunicado”.
Las tensas relaciones entre Estados Unidos y sus principales aliados implican que donde una vez había un acuerdo común, ahora se buscará el menor denominador común.
“No será productivo impulsar algo en lo que alguien -sea Estados Unidos u otro país- no esté de acuerdo”, agregó el funcionario japonés.
Por si fuera poco, el primer ministro italiano renunció el martes, Canadá se encamina a unas elecciones, la influencia de la canciller alemana Angela Merkel se está desvaneciendo antes de su adiós y Londres está probablemente a punto de abandonar la UE o celebrar unas elecciones adelantadas.
NITROGLICERINA POLÍTICA
Una de las mayores incógnitas es cómo se posicionará el primer ministro británico, Boris Johnson, en una cumbre que pondrá de manifiesto la existencia de un nuevo escenario a medida que la influencia británica en Europa disminuye, al tiempo que crece su dependencia de Estados Unidos.
A menos de tres meses de que el Reino Unido abandone la Unión Europea -algo que según Johnson tendrá lugar con o sin acuerdo de transición-, su gobierno ha intentado acercar posiciones con la Casa Blanca de Trump con vistas a futuros acuerdos comerciales.
Francois Heisbourg, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, dijo que la combinación de dos personalidades “que no son conocidas por su autocontrol” equivale a “nitroglicerina política”. Según dijo, podría ser entretenido, “pero si se interponen en procesos más sustantivos, sería otra historia”.
Los analistas creen que Johnson querrá evitar cruzarse con un volátil Trump y poner en riesgo los lazos comerciales, aunque también será precavido y no se aislará de otros líderes que tienen una visión más multilateral de la política mundial.
Un diplomático francés que pidió mantener su identidad en el anonimato, dijo que París tiene curiosidad por ver cómo se despliega la dinámica Trump-Johnson en Biarritz.
“A pesar del telón de fondo del Brexit, seguimos teniendo la sensación de que, cuando lleguen las crisis internacionales, el reflejo británico será recurrir primero a nosotros y los alemanes”, señaló.

Entrevista a Alberto Fernández ganador de los recientes comicios electorales en la Argentina

Habló el pueblo argentino.
Comentario de Pepe Monje: "Un placer sr. Alberto escucharlo, todo un intelectual. Cada palabra es sinónimo de que habla sabiendo lo que dice. Además sabe hacerle frente a todos los periodistas pagos por el actual desastroso gobierno. Mis respetos y no dudo en votarlo nuevamente".

Pozuzo

Jorge Aliaga Cacho

Extracto de la novela "Secreto de desamor" de Jorge Aliaga Cacho. Primera edición agotada.

Pronto se publicará la segunda edición.

Pozuzo
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Candidats a Miss Pozuzo

- Pozuzo ya está cerca -me dijo.

Me explicó que quedaba, más o menos, a media hora del lugar. Me dijo también que pronto llegaríamos a un puente, que se hallaba cerca, y que Pozuzo estaría allí nomás. Le agradecí. En efecto, transcurrida la media hora, llegamos a Pozuzo. Sin embargo, la belleza del parque Yanachaga-Chemillén, que vimos en nuestro recorrido, todavía perturbaba mis sentidos.

- ¿Eres de Pozuzo? - le pregunté.

- Soy de más lejos - me dijo, y agregó -. Soy de Codo de Pozuzo.

Como disfrutando su monólogo, me decía que pasaría yo Yanahuanca para llegar a su destino. Decía también, que tomaría un trasbordo que la lleve hasta Santa Rosa. De allí, me dijo, acariciando el cuello de mi camisa, caminaría por seis o siete horas. Se la advertía frágil. Decía que por los caminos se escondían terrucos, ladrones, abigeos, violadores. Se quejaba de que en el pueblo habían de servicio solo dos policías. Ni siquiera hay ronderos, se lamentaba. Sin embargo, se la oía segura de sí misma al hablar de sus travesías por la selva de Pozuzo.

Le insinué que podríamos seguir conversando en el pueblo y la invité a cenar. Le aseguré que estaba muy interesado en las historias que le había escuchado contar en el viaje. Me dijo que no tendría mucho tiempo y que, si se demoraba, podría perder su conexión que la llevaría a Santa Rosa. Sin embargo, me aseguró que de hallar una combi que saliera más tarde, me aceptaría la invitación con mucho gusto. Al decir esto último, me puso su dedito en el hombro, donde trato de remover un pelito.

Estaba oscuro. La combi seguía la ruta con la naturalidad de un buey. La gringa y su prole cantaban canciones en alemán. Era como si sintieran la necesidad de rendir un homenaje a sus ancestros. Reconocí una que la había aprendido en inglés: Twinkle twinkle little star, how I wonder where you are. La rubia cantaba con infinita ternura. El marido, sentado adelante también, cantaba mal. Minutos más tarde, la combi llegaba a Pozuzo. Un pueblo pequeño con luz tenue. Bajamos en el mismo puente. Allí quedaba la entrada a los bungalows de María Egg. La luna, tímida, proyectaba una luz tenue sobre las pequeñas cabañas. La rubia y su familia avanzaban hacia el hospedaje, siguiendo los bordes del río, con familiaridad. Quise seguirlos, pero estaban muy distantes. Yo no llevaba linterna. No pude seguirlos. Mis zapatos se hundían en lodo. Los saltamontes hacían notar su presencia con sus ruidos. Las grandes piedras de los caminos guardaban serpientes. A lo lejos se escuchaban las voces de los niños. Llegaban a una pared cuya superficie parecía iluminada por un farol a querosén. Yo estaba en la oscuridad, viendo cómo la luz de la luna iluminaba la pared, cuando advertí el culebreo de una serpiente perderse entre las piedras. El omnívoro se dirigía hacía ellos y yo, sin mucha pena, desistí seguirlos y, casi volando, llegué a la entrada del hostal.

La combi que nos trasladó de Oxapampa a Pozuzo

En el arco de la entrada comenzaba una calle de comercio. La primera tienda servía como agencia de transporte y también funcionaba como bodega. Al frente había un hotel. Ya era tarde, y las tiendas se preparaban para cerrar. Crucé la calle, hacía el hotel. Tenía su letrero. Simplemente leía: HOTEL. En la entrada, un hombre alto y delgado, con bigotes y botas, se mecía con dificultad en su mecedora. Sus piernas cubrían toda la longitud de la calzada. Sus tacos aperillados descansaban en la pista. El hombre fumaba una pipa que parecía se parte de su boca. Al divisarme, recogió sus extremidades para cederme el paso. Lo examiné rápidamente y comprobé, efectivamente, que sus botas eran marrones. Su piel blanca envolvía a un hombre huesudo. Vestía una camisa a cuadros marrones y blancos. Su bigote castaño oscuro, y bien cuidado, ya casi le tocaba las orejas.

- Buenas noches, señor - me saludó.

- Buenas noches - le respondí.

Le pregunté si tenía una habitación libre. Levantándose de su mecedora, me invitó a pasar. Me enseñó una habitación en el segundo piso. La ventana tenía los cristales rotos.
En la paredes y en el techo, podían verse mosquitos, arañas, telarañas y zancudos. Agradecí al señor de la pipa y bajé las escaleras. Me alcanzó con sus pasos largos. Me aseguró que tendría una habitación bonita, a mi disposición, para el día siguiente. Antes de llegar a la salida, en una habitación del primer piso, se encontraba una mujer fumando. Veía la televisión.. El hombre alto se adentró medio cuerpo y le dijo algo en el oído. La habitación daba la impresión de ser parte de su vivienda. Tenía una mesa rodeada por cuatro sillas. Dos gatos merodeaban por las patas de la mesa. El hombre me alcanzó nuevamente en la salida y me repitió la oferta. Le agradecí y me dirigí a la esquina del puente. Hacia la derecha, un camino curvo conducía hacía un restaurante. Afuera se parqueaban los carros piratas que llevaban pasajeros a Santa Rosa. También salían de allí carros para Oxapampa. Cerca, en otra esquina, se encontraba un hotel en el segundo piso. Me acerqué a él. La reservación de las habitaciones se hacía en una bodega del primer piso. llené mis datos en el libro y subí a mi pieza. Los corredores del hotel se encontraban vacíos.

El hotel olía a limpio. Sus losetas rojizas, fijadas a precisión, en sus paredes y pisos, lucían brillantes. También lucían resplandecientes las baldosas de las escaleras. Todo era pulcro en aquella residencia, pero en el preciso momento de llegar al corredor de mi habitación, divisé una rata gorda que corría, como loca, a lo largo de los corredores. Me quedé paralizado, espeluznado, mortificado. La rata ahora salía de un pasadizo. Mis ojos, con miedo, la seguían. Hubiera dado cualquier cosa por ver a la rata arrojarse por el balcón. Me quedé estupefacto. Así lo hizo. Muy alocadamente. Casi volando, se tiró por el balcón para encontrar la muerte. Lo comprobé, al amanecer, cuando la encontré fría con el cuello doblado.

Abandoné el edificio pavorosamente. En cada baldosa brillante me parecía ver una rata rojiza. Docenas de ratas que me perseguían. Bajé las escaleras corriendo. La calle de tierra me conducía a un puente. Muy cerca se desarrollaba una feria artesanal, los quioscos, iluminados con lámparas de petróleo, solo alumbraban la mercadería. Muy pocas personas quedaban en el campo ferial. Una herbolaria yacía sumergida entre sus bultos de yerbas. Me acerqué pensando en alguna aflicción de mi salud. Le pregunté sobre mi mal. Para responderme, e levantó desde el fondo de sus hierbas, en acto de levitación, y, mirándome a los ojos, me dijo:

- ¡Es frío, señor!

Me alcanzó una hierba de propiedades curativas: uña de gato. También vendía baba de caracol, buena para combatir las arrugas; llantén, para la inflamación; hierba luisa, para el corazón, y deecenas de otras para toda condición. Le agradecí. Ella se encontraba sostenida en el aire, con su cara y manos untada de tierra. Luego descendió de espalda hasta sus bultos de donde había salido, hace poco, como un espectro.

Continué mi recorrido ferial. La noche estaba oscura. Las lámparas de querosén iluminaban, muy debilmente, algunas mercaderías dispuestas para la venta.. Un comerciante se disponía a preparar su cama sobre sus mercancías cubiertas con un material plástico. Las luciérnagas, cerca del puentne, brillaban aquella noche. El río se iba hablando, soltando espuma. En serpenteo se iba. Repetía que se iba y que se iba.

La muchacha de la combi se paseaba por allí con dos hombres, a mi parecer, locales. La saludé al mismo tiempo que ella se despidió de ellos. Se acercó y dijo que había perdido su carro que salía para Santa Rosa. Ahora estaba yendo a encargar su maleta a un conocido que tenía en el mercado. Me preguntó si estaba pendiente mi invitación para la cena. Mirándole su potito le dije que sí. La esperé en la puerta del mercado por unos minutos. Al poco rato, apareció por la puerta. Sonriendo, me abrió los brazos. Cuando empezaba a entusiasmarme con la idea de darle un abrazo en apretón, aparecieron aquellos hombres con quienes ella había conversado minutos antes. Me los presentó, hablaron algo, y se volvieron a despedir. Cruzaron la plaza con dirección a la iglesia. Pero luego entraron a la cabina de Internet. Pregunté a la muchacha si tenía alojamiento. Demoró en responder. Entonces, sin esperar su respuesta, le propuse que se quedara conmigo. Me miró, me tomó del brazo y emprendimos camino por unos metros. Entramos a un restaurante. Nos sentamos. Sonó mi celular. Vacilé en contestar. Era Dorada. Hablaba agitadamente. Me decía que no podía olvidar las horas que pasamos en la habitación de El Parral. Me preguntaba que cuándo regresaría. Le dije que había conocido a gente en Pozuzo. Me pedía que tuviese cuidado, que era peligroso, y que volviese rápido. También me decía que me pensaba mucho. Esa última expresión no la había escuchado antes, pero me parecía correcta. Al menos, sonaba bien. También dijo que hubiese preferido seguir el viaje conmigo, hasta Pozuzo, pero que su jefe no le había querido dar permiso. Que le tenía cólera, me dijo. Que la había mandado a otro caserío muy lejano. Que había tenido que realizar una larga caminata por lugares donde pululan abigeos, terrucos, violadores y toda clase de choros. Se escondían por los árboles como monos, decía. Dorada parecía estar descontenta en su trabajo. Estaba seguro que venía pasando un mal momento laboral. Le recordé que su contrato terminaría pronto y que ya faltaba poco para regresar a Lima. Ella dijo que ya contaba los días para regresar. Dijo que en Lima tenía a su primo que había salido congresista. Este le daría trabajo. Dorada estaba segura de que en Lima ahorraría lo suficiente para irse a otro país.

Australis, dijo. Australia, volvió a repetir. Que ese sería su destino. Dorada, suavemente, cambió el tono de voz y dijo:

-¡Te extraño, mi bebé!

Dorada iría a La Merced para esperarme. Que podríamos encontrarnos en el restaurante de la plaza de armas. Probaríamos el sajino, el tacacho, la patarashca. Dijo que viajaría a La Merced cuando yo quisera porque ella saldría del trabajo sí o sí. A ella no le gustaba dejar de hacer sus labores de la oficina, pero esta vez haría cualquier cosa que nos permitiera pasar juntos unos días. Que sería lindo en La Merced, me lo aseguró. Que podríamos encontrarnos en la plaza. Eso último ya lo había dicho. Volvió también a decirme de la comida, tan rica, que probaríamos en La Merced. Allí, en el restaurante Shambari-Campa, me dijo, con conocimiento de causa.

Dorada pensaba en esos potajes exóticos. Yo, en cambio, me la imaginaba con sus ojos achinados y sus pechos grandes. Su espalda arqueada. Sus manos inquietas, como queriendo tocar el aire. Su cabeza bamboleando, gimiendo algunos vocablos indescifrables. Sus labios sedientos. Me preguntó si regresaría pronto. Que quería verme, estar conmigo. Volví a mi mismo. Le dije que la llamaría para darle la fecha en un par de días:

- ¡Te extraño, mi bebé! - volvió a decirme.

Mi acompañante, para disimular su incomodidad, escaneaba las paredes, los techos, los pisos. Miraba la carta, pero no leía. Tomó una servilleta e hizo con ella un perrito. Luego un monito y, para finalizar un conejito. Cuando terminé la conversación, sonrió, pestañeó y tomó con dos dedos su dedo índice.

- ¿La esposa? - me preguntó.

- Soy soltero - le dije.

Le aseguré que la que me acababa de llamar era una amiga que había conocido en Lima y que me había acompañado hasta San Ramón. En la pared del restaurante había una carta escrita en letras grandes que terminaban en rabitos. El encabezado leía: Chifa-Brostería. Me pareció extraño porque el lugar no olía a comida china. No había ningún ornamento chino. En otro letrero leía el nombre del restaurante: Chifa-Brostería Heidinger. Nunca antes había visto un restaurante chino con nombre europeo. La lista de refrescos aparecía en una parte de la carta que teníamos sobre la mes. Esos nombres tampoco me parecieron chinos.

- Aguajina
- Refresco de Cocona
- Refresco de Camu Camu
- Refresco de Ungurahui
- Refresco de Casho
- RC (Rompe Calzón) Tragos exóticos
- 7VSS (siete veces sin sacarla)
- 7 Raíces
- Chuchuhuasi

Yo me sentía con ganas de saborear algo sólido. Algo hecho de carne y sazonado con jugos de cebolla, tomate y ají. Su poquito de culantro. Todo sobre una camita de arroz graneadito. Seguí buscando en la carta. Al reverso de la página me percaté de los pescados de la región servidos con ensalada y papas sancochadas. Se me abrió el apetito. Ya podía venir ese pescadito, en todo su jugo, saliendo de la cocina en manos de aquella dama simpática que lo preparaba detrás del mostrador. En la lista pude leer otros potajes. La lista era bien larga: juane de arroz, cebiche de paiche, mazamorra de gamitana, humitas, empanada de yuca y tacacho. También preparaban tacacho con cecina, pango, sopa de motelo, inchicapi y caldo de carachama. Muchos de los nombres de aquellos potajes nunca los había escuchado en mi vida. También te podían servir sarapatera, sopa de carne de monte. La especialidad de la casa era un pescado que venía servido envuelto en unas hojas, le llamaban patarashca. En la carta también se podía encontrar algo que, definitivamente, a mí no me gustaba: el pescado ahumado. Pero de comida china, propiamente dicha, la carta no incluía nada, ni siquiera chaufa.

- No me has dicho tu nombre - le dije sonriendo.

- Milagros - me contestó.

Le extendí la mano, tomé la suya, suavemente, y le dije:

Eleodoro, Eleodoro Sandoval, le repetí, para servirte. Nos miramos nuevamente. Definitivamente, había química. Milagros hablaba, reía. Notamos las calles estaban poco iluminadas. Tan poca iluminación que un tendero había sacado a la fachada su lámpara de querosén para iluminar la calzada. En este pueblo solo hay dos policías, dijo Milagros. Y son policías locos, agregó. Salían en las noches borrachos para hacer carreras nocturnas en motocicleta. Pedimos una cerveza Cusqueña. Ordené el sajino. Ella, un lomo saltado que estaba en otro menú criollo. La dueña era una hermosa mujer de unos cuarenta. Nos traía los platos. Primero, el sajino. Después, el lomo saltado. Vestía un buzo plomo. Sus ojos europeos me miraban como se mira a un forastero. Yo la miraba como se mira a un buey.

- ¿Viene de Lima, señor? - me preguntó.

- Sí - le contesté.

- ¿Y usted es de Pozuzo, señora? . le pregunté.

- Sí, nací en este pueblo - me dijo.

- Bonitas las mujeres de aquí - le dije. No me volvió a mirar.

Esperaba que regrese con el pan que le pedimos, pero, en su lugar, mandó a un chibolito que se acercó a la mesa y nos tiró el plato. Cuando estaba por meterme un trozo de pan en la boca, me percaté de que por la puerta aparecían los dos amigos de Milagros. Se acercaron a la mesa. Le preguntaron acerca de su equipaje. Yo empezaba a presentir que se trataba de alguna cosa de drogas. No me quise poner nervioso y los invité a la mesa. Pedí más cerveza. La dueña tampoco vino esta vez. Los hombres conversaban de la falta de diversión en el pueblo. Decían que tenía pocas atracciones. Les pregunté acerca de sus ocupaciones. El menor me dijo que no se ocupaba.. Desocupado, me dijo. El gordito era enfermero en una posta médica a la cual se llegaba solamente haciendo el camino a pie. Al lugar no llegaba la carretera, y menos los carros. Ese pueblo quedaba a cincuenta y cinco kilómetros de Pozuzo. El gordito me decía que los treinta y cinco kilómetros finales los tenía que hacer por el camino de trocha. Me lo imaginé flaco. Hacía ese recorrido cada fin de semana, me dijo, para venir al pueblo. Siete horas de ida, siete horas de vuelta, en un día sin contratiempos. Sin el agravio de ataques terrucos, o ladrones, violadores o abigeos, que uno se encuentra por el camino, decían. Trabajaban, muy lejos, se quejaban. Venían todos los sábados al pueblo, a comer en el restaurante. A tomarse una chelitas. Así era la vida allí, decían. Lo que yo no me explicaba era por qué el desocupado tenía también que hacer esa caminata hebdomadaria. Vestía bien a la moda; parecía limeño, pero se mostraba huraño como andino. No parecía tampoco oriental. A mí, más que charapa u oriental, me parecía un choro. De haber bronca, me dije, éste sería el más maleao. La muchacha no podía terminar su lomo saltado. Le habían servido demasiado. ¿Ellos no querían comer o no tendrían para pagar?, me preguntaba. Después de beber algunos vasos de cerveza, sentí que estaba empezando a marearme. Lo supe, a ciencia cierta, cuando observé que a Milagros le habían crecido los senos. Fui varias veces al urinario para vaciar mi vejiga en un corral sin luz. Algunas gallinas, allí, cacareando, se cruzaban durante la micción. Algunas salían volando. Yo les aplicaba un poco más de presión para ver la reacción. Cuando regresaba a la mesa, encontraba a los sospechosos callados, y los senos de la muchacha, cada vez, más grandes. El enfermero se quejaba del gobierno. Decía ser enemigo del centralismo. Hablaba de la importancia de la educación para sacar al país de la pobreza.

- ¡Salud, compadres! - exclamé alzando mi vaso.

- ¡Salud, camarada! - me respondió el gordito.

Con más enfermeros como éste, me dije, borracho, la salud del país estaría asegurada. Milagros había terminado de comer y ahora bebía. Estaba un poco callada. Hablamos de Lima. Ellos conocían el distrito de Los Olivos y habían visitado Gamarra. Realmente, no conocían Lima. Habían estado solo por un fin de semana en la ciudad. Lima era muy cara, se quejaban. Ahora estaban animados. Hablaban de los salsódromos. El huraño se acercó a la cocina. Hablaba con la dueña. Yo pedí la cuenta sospechando peligro. No me explicaba por qué el desocupado estaba en la cocina hablando con aquella mujer. Le dije a Milagros que me iba. Todo me parecía extraño. Volví a confirmar si mi billetera estaba en mi bolsillo. Cuando trajeron la cuenta, el huraño puso cien soles sobre la mesa:

- Yo pago la mitad -dijo. Eso me sorprendió mucho más.

- No has consumido la mitad - le dije, y me miró como drogado.

- ¡La mitad! -dijo, tomando cincuenta soles de los míos. al tiempo que ponía su billete azul en el platillo.

- No era necesario - le dije con amabilidad.

Milagros se despidió de los amigos. Hice lo propio y me dispuse a abandonar el restaurante. Ella tomó mi brazo.

Llegamos al hotel. El dependiente me exigió un pago adicional al ver a Milagros. Lo escuché murmurar amargamente. Daba la impresión de que la conocía. Yo no pensaba que sería por buena fama. Ella subió las escaleras rápidamente. Fuimos a la habitación, que era pequeña. Tenía una ventana amplia y una puerta de madera que lucía nueva. La cama estaba puesta contra la pared, a lo largo, casi lo ocupaba todo. Había también una mesa larga sobre la cual reposaban dos diminutas barras de jabón, y salí de la habitación para tomar una ducha. El baño quedaba al fondo del corredor. La imagen de la rata todavía perduraba en mi memoria cuando salí al pasillo. El agua de la ducha no estaba fría. Salió, más bien, helada. Al girar la perilla del surtidos, sospechando, me agazapé, en el rincón del cubículo, esperando por una señal de vapor de agua caliente, pero, en su lugar, inadvertidamente, me despabiló un chorro de agua helada que irrumpió sobre mi cara haciéndome tiritar de frío.


-¡Concha de su madre! - dije y me acordé del loro.


El agua corrió por mi espalda y me dejó, cruzado de brazos, con mis rodillas juntas. Tomé ánimo, pero flaqueé cuando recordé que mi dinero había quedado desatendido en la habitación. Incursioné rápidamente, tres veces, bajo el chorro de agua y volvía a la habitación con la toalla ceñida a mi cintura. Milagros esperaba con su cepillo en la mano, lista para salir de la habitación. Iba también por una ducha. Le advertí que el agua estaba fría, pero pareció no importarle. La esperé echado en la cama. Mi mirada inspeccionaba cada una de las paredes. No tenían cuadros de paisajes como lo hubiese tenido cualquier otro hotel. No tenía un espejo ni mesita de noche. Tenía solo lo esencial: la cama y esa mesa larga. No había una silla. Incliné un poco la cabeza para ver el acabado de la mesa con patitas de león. Tampoco se exhibían en las paredes ese reglamento general que se suele encontrar detrás de las puertas, en todos los hoteles del mundo: No fumar. No roncar. No gemir muy fuerte después de las once de la noche. No mear en la cama. Tampoco lo haga por el balcón. No eyacule fuera de la boca.


Fije la mirada en la frazada de rectángulos de bicolor patrio, similar a un cobertor de barraca militar. Escuché el doble repique que producía Milagros con sus sandalias al friccionar el piso. Milagros regresó, todavía mojada, secándose el pelo que lucía negro, azabache. Sentía escalofríos, brrr. Sin terminar de secarse, brrr. Se acostó a mi lado, al tiempo que mis brazos se abrían, para abrazarla.Estaba helada. Cubrí con la frazada su cuerpo su cuerpo tembloroso. Ahora yo recordaba a sus amigos. Me preguntaba si su presencia en esa habitación no habría sido solo un ardid para apoderarse de mi billetera. Intranquilo, yo. Ella, de espaldas. Su cara contra la pared. La abracé. Rogaba, yo, a Dios que hiciese pasar rápido las horas. Quería ver pronto la luz de la mañana. Me animé a acariciarle el pelo. Parecía dormida, no despertaba. Yo estaba atento a cualquier ruido que pudiese escucharse en los pasillos, empecé a receptar sus sonoros ronquidos que le hacían silbar el pecho. Por un momento, pensé que, a lo mejor, esos ronquidos también eran fingidos. Seguía aún oscuro. La muchacha era una belleza silvestre. Estaba desnuda. Yo también. Pero me levanté de la cama, para vestirme el pijama, pensando que, de un momento a otro, podrían llegar sus compinches. También pensé que a la muchacha podría ocurrírsele levantarme una calumnia y denunciarme por violación. Iría al puesto policial. La imaginaba llorando, esgrimiendo su calumnia. ¿Cómo presentaría mi defensa?, pensaba. No, mejor ni pensarlo, me dije. En ese mismo instante me vestiría. Tomaría mi maleta y me iría de allí lo más rápido posible. No, pensé nuevamente, mejor esperaría. Mejor me iría al aparecer la primera luz del alba, en el instante mismo que termine la penumbra de la noche. En puntitas, saldría. Sin despertarla, retendría mi respiración y me iría.

- ¿Adónde vas? - me preguntó, abriendo un ojo.

Que iría a caminar, le dije, y que regresaría en unos minutos. me dirigí al puente que quedaba casi frente a la esquina del hospedaje. Una placa recordatoria, con la efigie del Emperador Guillermo I de Austria, se distinguía en el lugar. En ese puente inicié mi caminata. Por el camino se apostaban casas que parecían extraídas de algún paisaje teutón. El aire era puro. La vegetación, espesa. Árboles como el chontaquiro, el ulcumanu, cedros y taras, esparcidos por doquier, adornaban mi camino. Esta vegetación alimentaba a la ganadería. La explotación de la madera constituía una de las principales actividades económicas de la región. Me detenía a respirar aire puro. Un colibrí venía, y se iba, para de nuevo regresar. Me miraba. Yo lo miraba. Quedaba suspendido en el aire. Igualito lo había hecho la yerbatera, aquella que me vendiera la uña de gato. El colibrí me pareció medio loco, pero no tanto como la rata. Pasé la posta médica. Marche con dirección a las montañas. Éstas parecían muy cerca, pero, en realidad, esa fue solo una impresión. La lejanía, al poco rato, se constó absoluta. A mi diestra, en la esquina, yacía una casa que servía como hotel y restaurante. Había ajetreo en sus jardines. En el estacionamiento, había un ómnibus escolar que lucía una banderola con la inscripción: Colegio San José Maristas del Callao. Me acerqué a la casa. Tenía una entrada para el hotel y, en la parte lateral, otra puerta que conducía a un pequeño restaurante. Un hombre de la tercera edad se ocupaba de entrar y salir de la cocina. No me miraba. Entraba a una habitación que les servía de almacén. Sacaba botellas de aceite y las llevaba a la cocina. Esperé. Pasó tres veces y, él ni la tos, volvió a ignorarme. Carraspeé, y, cuando me encontraba decidido a llamar su atención, casi al tiempo que iba a levantar mi brazo, una hermosa mujer joven hacía su aparición como desprendida de algún telón histriónico. Se acercó. Sostenía en una mano un lapicero negro, como sus ojos, y en la otra, una libretita de notas.

-¡Buenos días! - saludo, añadiendo -. ¿Qué le sirvo, señor?

- ¿Qué tiene para servirme? - le pregunté.

Era una mujer joven, blanca, de pelo negro y de ojos intensos. Daba la impresión de tener unos veintitantos años. Veinticuatro como máximo. Me recomendó, de manera atenta, un surtido de carnes que incluían chicharrones. Me sirvió un café del lugar. Lo bebí, disfrutando su aroma, en la espera de esas carnes que, al llegar, se presentaron en porción generosa. Venía con papas doradas y verduras sancochadas. Ese plato, definitivamente, era europeo, supe decirme. Sin embargo, todos los ingredientes eran del suelo peruano. Si el potaje era europeo o peruano, no lo sabía, pero estaba seguro de que las papas o patatas, como las llaman en Europa, salvaron a millones de morir a causa de la hambruna que azotó al Viejo Continente hace ya más de un siglo.

Martha, la joven del restaurante en Pozuzo

Martha, la joven del restaurante en Pozuzo

La joven era hermosa. Le pregunté su nombre:

- Martha - me dijo.

Su descendencia era austriaca. Las fotos de sus predecesores, y el árbol genealógico de la familia, se exhibían en las paredes del restaurante. Sus ojos negros destellaban lucecitas. Cursaba el último año de secundaria. No tenía veinticuatro. Solo tenía dieciocho. Pero que bien puestos pensé. Las paredes del lugar estaban cubiertas con avisos de actividades ganaderas. Había una que me llamó la atención: Festival de la Carne de Pozuzo. Miré a Martha y me convencí de que en aquel lugar había muy buena carne. Le pedí la cuenta y que me permitiese tomarle una foto conmigo. Martha me dejó hacerle la foto en el jardín. Aceptó con una sonrisa. Sonreí cuando me pidió que posará para ella. Conservé aquella foto, por varios años, en mi celular. Un día, la imagen de Martha encontró un espacio en mi propia memoria. Entonces fue cuando decidí borrar la imagen del aparato fotográfico. Su pelo era ondulado y le llegaba a los hombros. Sus piernas largas eran cubiertas por un pantalón azul sobre el cual descansaban los bordes de una blusa blanquinegra.

Me alejé con pena de edad. Segundos después volteé para volver a admirarla por última vez. Ella ingresaba a esa casona como quien entra a la vida. Yo me alejaba de ella casi como queriendo morir. La seguí con la mirada. Desaparecía de mi vida, tranquila, serena. Apresuré mi paso. Volvía a voltear, esta vez, para fotografiarla en mi recuerdo. Ya no la encontré. Solo el letrero del hotel se quedaba solitario. El ómnibus escolar ya había salido. Leí el letrero: El Mango.

- ¡Qué buen mango! - me dije.

Desde la esquina, volvía a observar la belleza de los montes verdes que parecían empezar a elevarse al final de esa calle. Pensaba en los monos, los loros, en la espesura de esa naturaleza, cuando, súbitamente, recordé a Milagros, la joven del Codo de Pozuzo que había pernoctado conmigo la noche anterior.

Sin haberla tocado, la había deseado. Ese sentimiento de pecado enquistado en mi mente me hacía suponer culpable de algo que no había hecho. Me preguntaba ¿Qué hubiese sucedido si la hubiese animado, de alguna manera, a que se removiera el calzón? Una agarradita de pierna, una caricia de muslo. Un besito en la teta. ¿Y si me hubiese llevado al delirio? ¿A algún acto de perdición? ¿A una violación de la cordura? En ese momento, una ráfaga de miedo traqueteaba mi humilde condición humana. Si Milagros me denunciaba en el puesto policial, estaría perdido, me dije. Allí no conocía a nadie. La justicia peruana se encargaría de destruirme. Me sentía culpable por el solo hecho de haberlo pensado. No sé por qué pensé en Kafka.

Subí a la combi, me senté al lado de la ventana. Seguí pensando en la posible denuncia por la violación sexual. Y si me denunciara ¿Cómo lo haría?, me preguntaba a mi mismo, ¿Con qué evidencia lo haría? Me tranquilicé. No, no podría alzarme mas que calumnias. No me embaucaría en nada. Simplemente, yo no había hecho nada. Bueno, sí, pero solo con el pensamiento. Pero ¿Qué pasaría, me volvía a preguntar, si Milagros se agenciaría de algún pelito pelviano, unn pendejito, una babita? ¿Si llevara al puesto policial alguna evidencia forense, su calzón? De suceder ello, estaría perdido, porque la prenda tendría mi olor. Ya estaba próximo a pasar por la garita de control. Si me detectaban el miedo, estaría más que jodido, me dije. Cerré los ojos. Tomé fuerzas. La combi se estacionó a pocos metros de la garita. Sin embargo para mi alivio, mi miedo se esfumó. Sucedió que, a través de la ventana del vehículo, dos siluetas uniformadas yacían dormidas, aparentemente borrachas, sobre la mesa de madera rústica que servía como mobiliario al puesto policial. La mañana estaba clara y los rayos de sol se filtraban por las ranuras de los maderos de la caseta policial. Dos botellas de cerveza y dos vasos quedaban a medio consumir, cual únicos centinelas, sobre el mesón de la garita de control policial de Pozuzo.

20 de agosto de 2019

A Daniel Stefani

Daniel Stefani y Jorge Aliaga Cacho
Por Jorge Aliaga Cacho
Dicen que te has ido, Daniel. 
No, no te has ido querido hermano. 
Estás con nosotros, diles Daniel, 
en las risas de los niños de Misiones,
en las cataratas de Iguazú que gritan tu nombre.
Hoy lloran los ojos que conocieron tu benevolencia, 
solidaridad, lucha y tu poesía abriendo caminos. 
Hoy también, miles de jóvenes esperan tu paso 
por toda Argentina y gritan tu nombre, Daniel.
¿Acaso no escuchan las aguas diáfanas del Iguazú? 
que en su caída elevan su coro, diciendo:

´¡Daniel no se ha ido!´, ¡Vive, vive!


Homenaje a García Lorca.

Jorge Aliaga Cacho en el Instituto de Latinoamércia de la Academia de Ciencias de Rusia
.
Jorge Aliaga Cacho, en un aquelarre poblano, dejó a un lado la sociología y la docencia, logrando transformarse en un ser de fuego.
Su poesía, es una poesía de convicción en el ser humano, que convierte las montañas, en caminos de triunfal algarabía.

Como parte de Creación Heroica, estará mañana, en la Casa Museo José Carlos Mariátegui, brindándole a Lorca, sus versos, coloreados por rebeldes multitudes.

Celina Garrido - Mutante en La Habana

Mutante en La Habana

Por Celina Garrido.




Soy de mis sueños plena,
de una piel que se muta entre los versos
y trasmuta hiel, de alegría.

En mis venas corren poemas
que desaguan en un mar azul
y son música en cada silencio.

Extraño las voces que lleva y trae la ola
y tejo reencuentros al cerrar mis párpados.

Me paseo ufana y descarada
por un caluroso Malecón,
cómplice de las nubes y el viento,

Me entrego al sol sin recordar mi nombre
hasta sentir descascarar mi piel
y resurgir en el ancestral barro
que modela tu estirpe.

Muto en la piel de la historia
de anónima heroína,
a mujer agigantada en las sombras.

A huracán que agita con su éxtasis
A lagrima de madre con el regazo vacío
A diosa que se sumerge en la vorágine del agua
A amante callada y hábil
A tregua reconfortante sobre la arena
A hembra que grita su celo.

En la ronda mortecina
de una mesa cualquiera.

Soy una… de tantas ellas
que recorre tus calles en silencio.

Federico García Lorca

"Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política." F.G.L.
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Jorge Aliaga Cacho visitó Granada, la tierra de Federico Garcia Lorca.

18 de agosto de 2019

SEÑOR PRESIDENTE: ¡LLEGÓ LA HORA!

Por Julio R. Villanueva Sotomayor
Martín Vizcarra
El 29 de julio de 2019 escribí una nota y cuyo título era: “Martín Vizcarra, ¿cruzó el Rubicón?”. Lo puse entre signos de interrogación porque “uno es el dicho y otro es el hecho”. Han pasado 383 días (1 año y 18 días) y la pregunta y sus respuestas están más latentes que el sol y sus ocasos. Brillan algunas veces, se oscurecen, otras. El río Rubicón está ahí, entre la molicie y el cambio. Vizcarra quiere cruzarlo para hacer historia, pero se detiene en pausas y dudas prolongadas, está buscando el tiempo; pero el tiempo corre y parece esquivo, le va venciendo porque los días y las horas son aprovechados maquiavélicamente por los “Mamani – pompeyanos” y los “Múlder – crasianos”. Estos, “dueños del tiempo”, pueden todavía usar tinterilladas o postergar las reformas políticas y el anhelado adelanto de elecciones a las “calendas griegas”. El enfrentamiento es de poder a poder. No es con los ejércitos ni las armas de Cayo Julio César, Gneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso, 49 años a.C., época en que la oligarquía romana había fracasado en su primer ensayo de gobierno, el triunvirato. Ahora, y en el Perú, los modernos adláteres usan otras armas, otras herramientas heredadas también del mundo greco-romano: las leyes, sus reglamentos, el derecho y otras normas y, lo curioso, es que cada bando cree que le asiste la razón. Entre tanto, el Perú está estancado, abandonado, con su tradicional paludismo, su abulia histórica. ¡Ya es tiempo que Martín Vizcarra cruce el Rubicón! El pueblo ya no quiere engaños, es hora de actuar para establecer una verdadera república que pueda ser paradigma en esta parte de la tierra. Use, ¡señor presidente!, las armas de la gobernabilidad democrática. Mucho tiempo se está perdiendo con los modernos “pompeyanos” y “crasianos”. Ellos no quieren perder sus privilegios, tampoco dejar el poder. Entregue ese poder al pueblo que sueña con quebrar las trabas de la corrupción, que sueña con quebrar el espinazo de la
delincuencia, que sueña con eliminar las organizaciones criminales y las mafias, que sueña con romper las argollas políticas, que sueña con tener un gobierno que sintonice con sus ideales, que sueña con un gobierno que atienda sus necesidades, que sueña con derrotar los intereses de grupo, los lobby y los negociados, que sueña en convertir al Perú en un país donde la vida sea digna, donde valga la pena vivir. Haga caso a la historia y ella, “la maestra de la vida”, os reconocerá y consagrará en sus páginas más hermosas.