Sociólogo - Escritor

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"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales.
Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.
email address:
jorgealiagacacho@hotmail.co.uk
https://en.m.wikipedia.org/wiki/Jorge_Aliaga_Cacho
http://www.jorgealiagacacho.com/

21 de agosto de 2019

Pozuzo

Jorge Aliaga Cacho

Extracto de la novela "Secreto de desamor" de Jorge Aliaga Cacho. Primera edición agotada.

Pronto se publicará la segunda edición.

Pozuzo
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Candidats a Miss Pozuzo

- Pozuzo ya está cerca -me dijo.

Me explicó que quedaba, más o menos, a media hora del lugar. Me dijo también que pronto llegaríamos a un puente, que se hallaba cerca, y que Pozuzo estaría allí nomás. Le agradecí. En efecto, transcurrida la media hora, llegamos a Pozuzo. Sin embargo, la belleza del parque Yanachaga-Chemillén, que vimos en nuestro recorrido, todavía perturbaba mis sentidos.

- ¿Eres de Pozuzo? - le pregunté.

- Soy de más lejos - me dijo, y agregó -. Soy de Codo de Pozuzo.

Como disfrutando su monólogo, me decía que pasaría yo Yanahuanca para llegar a su destino. Decía también, que tomaría un trasbordo que la lleve hasta Santa Rosa. De allí, me dijo, acariciando el cuello de mi camisa, caminaría por seis o siete horas. Se la advertía frágil. Decía que por los caminos se escondían terrucos, ladrones, abigeos, violadores. Se quejaba de que en el pueblo habían de servicio solo dos policías. Ni siquiera hay ronderos, se lamentaba. Sin embargo, se la oía segura de sí misma al hablar de sus travesías por la selva de Pozuzo.

Le insinué que podríamos seguir conversando en el pueblo y la invité a cenar. Le aseguré que estaba muy interesado en las historias que le había escuchado contar en el viaje. Me dijo que no tendría mucho tiempo y que, si se demoraba, podría perder su conexión que la llevaría a Santa Rosa. Sin embargo, me aseguró que de hallar una combi que saliera más tarde, me aceptaría la invitación con mucho gusto. Al decir esto último, me puso su dedito en el hombro, donde trato de remover un pelito.

Estaba oscuro. La combi seguía la ruta con la naturalidad de un buey. La gringa y su prole cantaban canciones en alemán. Era como si sintieran la necesidad de rendir un homenaje a sus ancestros. Reconocí una que la había aprendido en inglés: Twinkle twinkle little star, how I wonder where you are. La rubia cantaba con infinita ternura. El marido, sentado adelante también, cantaba mal. Minutos más tarde, la combi llegaba a Pozuzo. Un pueblo pequeño con luz tenue. Bajamos en el mismo puente. Allí quedaba la entrada a los bungalows de María Egg. La luna, tímida, proyectaba una luz tenue sobre las pequeñas cabañas. La rubia y su familia avanzaban hacia el hospedaje, siguiendo los bordes del río, con familiaridad. Quise seguirlos, pero estaban muy distantes. Yo no llevaba linterna. No pude seguirlos. Mis zapatos se hundían en lodo. Los saltamontes hacían notar su presencia con sus ruidos. Las grandes piedras de los caminos guardaban serpientes. A lo lejos se escuchaban las voces de los niños. Llegaban a una pared cuya superficie parecía iluminada por un farol a querosén. Yo estaba en la oscuridad, viendo cómo la luz de la luna iluminaba la pared, cuando advertí el culebreo de una serpiente perderse entre las piedras. El omnívoro se dirigía hacía ellos y yo, sin mucha pena, desistí seguirlos y, casi volando, llegué a la entrada del hostal.

La combi que nos trasladó de Oxapampa a Pozuzo

En el arco de la entrada comenzaba una calle de comercio. La primera tienda servía como agencia de transporte y también funcionaba como bodega. Al frente había un hotel. Ya era tarde, y las tiendas se preparaban para cerrar. Crucé la calle, hacía el hotel. Tenía su letrero. Simplemente leía: HOTEL. En la entrada, un hombre alto y delgado, con bigotes y botas, se mecía con dificultad en su mecedora. Sus piernas cubrían toda la longitud de la calzada. Sus tacos aperillados descansaban en la pista. El hombre fumaba una pipa que parecía se parte de su boca. Al divisarme, recogió sus extremidades para cederme el paso. Lo examiné rápidamente y comprobé, efectivamente, que sus botas eran marrones. Su piel blanca envolvía a un hombre huesudo. Vestía una camisa a cuadros marrones y blancos. Su bigote castaño oscuro, y bien cuidado, ya casi le tocaba las orejas.

- Buenas noches, señor - me saludó.

- Buenas noches - le respondí.

Le pregunté si tenía una habitación libre. Levantándose de su mecedora, me invitó a pasar. Me enseñó una habitación en el segundo piso. La ventana tenía los cristales rotos.
En la paredes y en el techo, podían verse mosquitos, arañas, telarañas y zancudos. Agradecí al señor de la pipa y bajé las escaleras. Me alcanzó con sus pasos largos. Me aseguró que tendría una habitación bonita, a mi disposición, para el día siguiente. Antes de llegar a la salida, en una habitación del primer piso, se encontraba una mujer fumando. Veía la televisión.. El hombre alto se adentró medio cuerpo y le dijo algo en el oído. La habitación daba la impresión de ser parte de su vivienda. Tenía una mesa rodeada por cuatro sillas. Dos gatos merodeaban por las patas de la mesa. El hombre me alcanzó nuevamente en la salida y me repitió la oferta. Le agradecí y me dirigí a la esquina del puente. Hacia la derecha, un camino curvo conducía hacía un restaurante. Afuera se parqueaban los carros piratas que llevaban pasajeros a Santa Rosa. También salían de allí carros para Oxapampa. Cerca, en otra esquina, se encontraba un hotel en el segundo piso. Me acerqué a él. La reservación de las habitaciones se hacía en una bodega del primer piso. llené mis datos en el libro y subí a mi pieza. Los corredores del hotel se encontraban vacíos.

El hotel olía a limpio. Sus losetas rojizas, fijadas a precisión, en sus paredes y pisos, lucían brillantes. También lucían resplandecientes las baldosas de las escaleras. Todo era pulcro en aquella residencia, pero en el preciso momento de llegar al corredor de mi habitación, divisé una rata gorda que corría, como loca, a lo largo de los corredores. Me quedé paralizado, espeluznado, mortificado. La rata ahora salía de un pasadizo. Mis ojos, con miedo, la seguían. Hubiera dado cualquier cosa por ver a la rata arrojarse por el balcón. Me quedé estupefacto. Así lo hizo. Muy alocadamente. Casi volando, se tiró por el balcón para encontrar la muerte. Lo comprobé, al amanecer, cuando la encontré fría con el cuello doblado.

Abandoné el edificio pavorosamente. En cada baldosa brillante me parecía ver una rata rojiza. Docenas de ratas que me perseguían. Bajé las escaleras corriendo. La calle de tierra me conducía a un puente. Muy cerca se desarrollaba una feria artesanal, los quioscos, iluminados con lámparas de petróleo, solo alumbraban la mercadería. Muy pocas personas quedaban en el campo ferial. Una herbolaria yacía sumergida entre sus bultos de yerbas. Me acerqué pensando en alguna aflicción de mi salud. Le pregunté sobre mi mal. Para responderme, e levantó desde el fondo de sus hierbas, en acto de levitación, y, mirándome a los ojos, me dijo:

- ¡Es frío, señor!

Me alcanzó una hierba de propiedades curativas: uña de gato. También vendía baba de caracol, buena para combatir las arrugas; llantén, para la inflamación; hierba luisa, para el corazón, y deecenas de otras para toda condición. Le agradecí. Ella se encontraba sostenida en el aire, con su cara y manos untada de tierra. Luego descendió de espalda hasta sus bultos de donde había salido, hace poco, como un espectro.

Continué mi recorrido ferial. La noche estaba oscura. Las lámparas de querosén iluminaban, muy debilmente, algunas mercaderías dispuestas para la venta.. Un comerciante se disponía a preparar su cama sobre sus mercancías cubiertas con un material plástico. Las luciérnagas, cerca del puentne, brillaban aquella noche. El río se iba hablando, soltando espuma. En serpenteo se iba. Repetía que se iba y que se iba.

La muchacha de la combi se paseaba por allí con dos hombres, a mi parecer, locales. La saludé al mismo tiempo que ella se despidió de ellos. Se acercó y dijo que había perdido su carro que salía para Santa Rosa. Ahora estaba yendo a encargar su maleta a un conocido que tenía en el mercado. Me preguntó si estaba pendiente mi invitación para la cena. Mirándole su potito le dije que sí. La esperé en la puerta del mercado por unos minutos. Al poco rato, apareció por la puerta. Sonriendo, me abrió los brazos. Cuando empezaba a entusiasmarme con la idea de darle un abrazo en apretón, aparecieron aquellos hombres con quienes ella había conversado minutos antes. Me los presentó, hablaron algo, y se volvieron a despedir. Cruzaron la plaza con dirección a la iglesia. Pero luego entraron a la cabina de Internet. Pregunté a la muchacha si tenía alojamiento. Demoró en responder. Entonces, sin esperar su respuesta, le propuse que se quedara conmigo. Me miró, me tomó del brazo y emprendimos camino por unos metros. Entramos a un restaurante. Nos sentamos. Sonó mi celular. Vacilé en contestar. Era Dorada. Hablaba agitadamente. Me decía que no podía olvidar las horas que pasamos en la habitación de El Parral. Me preguntaba que cuándo regresaría. Le dije que había conocido a gente en Pozuzo. Me pedía que tuviese cuidado, que era peligroso, y que volviese rápido. También me decía que me pensaba mucho. Esa última expresión no la había escuchado antes, pero me parecía correcta. Al menos, sonaba bien. También dijo que hubiese preferido seguir el viaje conmigo, hasta Pozuzo, pero que su jefe no le había querido dar permiso. Que le tenía cólera, me dijo. Que la había mandado a otro caserío muy lejano. Que había tenido que realizar una larga caminata por lugares donde pululan abigeos, terrucos, violadores y toda clase de choros. Se escondían por los árboles como monos, decía. Dorada parecía estar descontenta en su trabajo. Estaba seguro que venía pasando un mal momento laboral. Le recordé que su contrato terminaría pronto y que ya faltaba poco para regresar a Lima. Ella dijo que ya contaba los días para regresar. Dijo que en Lima tenía a su primo que había salido congresista. Este le daría trabajo. Dorada estaba segura de que en Lima ahorraría lo suficiente para irse a otro país.

Australis, dijo. Australia, volvió a repetir. Que ese sería su destino. Dorada, suavemente, cambió el tono de voz y dijo:

-¡Te extraño, mi bebé!

Dorada iría a La Merced para esperarme. Que podríamos encontrarnos en el restaurante de la plaza de armas. Probaríamos el sajino, el tacacho, la patarashca. Dijo que viajaría a La Merced cuando yo quisera porque ella saldría del trabajo sí o sí. A ella no le gustaba dejar de hacer sus labores de la oficina, pero esta vez haría cualquier cosa que nos permitiera pasar juntos unos días. Que sería lindo en La Merced, me lo aseguró. Que podríamos encontrarnos en la plaza. Eso último ya lo había dicho. Volvió también a decirme de la comida, tan rica, que probaríamos en La Merced. Allí, en el restaurante Shambari-Campa, me dijo, con conocimiento de causa.

Dorada pensaba en esos potajes exóticos. Yo, en cambio, me la imaginaba con sus ojos achinados y sus pechos grandes. Su espalda arqueada. Sus manos inquietas, como queriendo tocar el aire. Su cabeza bamboleando, gimiendo algunos vocablos indescifrables. Sus labios sedientos. Me preguntó si regresaría pronto. Que quería verme, estar conmigo. Volví a mi mismo. Le dije que la llamaría para darle la fecha en un par de días:

- ¡Te extraño, mi bebé! - volvió a decirme.

Mi acompañante, para disimular su incomodidad, escaneaba las paredes, los techos, los pisos. Miraba la carta, pero no leía. Tomó una servilleta e hizo con ella un perrito. Luego un monito y, para finalizar un conejito. Cuando terminé la conversación, sonrió, pestañeó y tomó con dos dedos su dedo índice.

- ¿La esposa? - me preguntó.

- Soy soltero - le dije.

Le aseguré que la que me acababa de llamar era una amiga que había conocido en Lima y que me había acompañado hasta San Ramón. En la pared del restaurante había una carta escrita en letras grandes que terminaban en rabitos. El encabezado leía: Chifa-Brostería. Me pareció extraño porque el lugar no olía a comida china. No había ningún ornamento chino. En otro letrero leía el nombre del restaurante: Chifa-Brostería Heidinger. Nunca antes había visto un restaurante chino con nombre europeo. La lista de refrescos aparecía en una parte de la carta que teníamos sobre la mes. Esos nombres tampoco me parecieron chinos.

- Aguajina
- Refresco de Cocona
- Refresco de Camu Camu
- Refresco de Ungurahui
- Refresco de Casho
- RC (Rompe Calzón) Tragos exóticos
- 7VSS (siete veces sin sacarla)
- 7 Raíces
- Chuchuhuasi

Yo me sentía con ganas de saborear algo sólido. Algo hecho de carne y sazonado con jugos de cebolla, tomate y ají. Su poquito de culantro. Todo sobre una camita de arroz graneadito. Seguí buscando en la carta. Al reverso de la página me percaté de los pescados de la región servidos con ensalada y papas sancochadas. Se me abrió el apetito. Ya podía venir ese pescadito, en todo su jugo, saliendo de la cocina en manos de aquella dama simpática que lo preparaba detrás del mostrador. En la lista pude leer otros potajes. La lista era bien larga: juane de arroz, cebiche de paiche, mazamorra de gamitana, humitas, empanada de yuca y tacacho. También preparaban tacacho con cecina, pango, sopa de motelo, inchicapi y caldo de carachama. Muchos de los nombres de aquellos potajes nunca los había escuchado en mi vida. También te podían servir sarapatera, sopa de carne de monte. La especialidad de la casa era un pescado que venía servido envuelto en unas hojas, le llamaban patarashca. En la carta también se podía encontrar algo que, definitivamente, a mí no me gustaba: el pescado ahumado. Pero de comida china, propiamente dicha, la carta no incluía nada, ni siquiera chaufa.

- No me has dicho tu nombre - le dije sonriendo.

- Milagros - me contestó.

Le extendí la mano, tomé la suya, suavemente, y le dije:

Eleodoro, Eleodoro Sandoval, le repetí, para servirte. Nos miramos nuevamente. Definitivamente, había química. Milagros hablaba, reía. Notamos las calles estaban poco iluminadas. Tan poca iluminación que un tendero había sacado a la fachada su lámpara de querosén para iluminar la calzada. En este pueblo solo hay dos policías, dijo Milagros. Y son policías locos, agregó. Salían en las noches borrachos para hacer carreras nocturnas en motocicleta. Pedimos una cerveza Cusqueña. Ordené el sajino. Ella, un lomo saltado que estaba en otro menú criollo. La dueña era una hermosa mujer de unos cuarenta. Nos traía los platos. Primero, el sajino. Después, el lomo saltado. Vestía un buzo plomo. Sus ojos europeos me miraban como se mira a un forastero. Yo la miraba como se mira a un buey.

- ¿Viene de Lima, señor? - me preguntó.

- Sí - le contesté.

- ¿Y usted es de Pozuzo, señora? . le pregunté.

- Sí, nací en este pueblo - me dijo.

- Bonitas las mujeres de aquí - le dije. No me volvió a mirar.

Esperaba que regrese con el pan que le pedimos, pero, en su lugar, mandó a un chibolito que se acercó a la mesa y nos tiró el plato. Cuando estaba por meterme un trozo de pan en la boca, me percaté de que por la puerta aparecían los dos amigos de Milagros. Se acercaron a la mesa. Le preguntaron acerca de su equipaje. Yo empezaba a presentir que se trataba de alguna cosa de drogas. No me quise poner nervioso y los invité a la mesa. Pedí más cerveza. La dueña tampoco vino esta vez. Los hombres conversaban de la falta de diversión en el pueblo. Decían que tenía pocas atracciones. Les pregunté acerca de sus ocupaciones. El menor me dijo que no se ocupaba.. Desocupado, me dijo. El gordito era enfermero en una posta médica a la cual se llegaba solamente haciendo el camino a pie. Al lugar no llegaba la carretera, y menos los carros. Ese pueblo quedaba a cincuenta y cinco kilómetros de Pozuzo. El gordito me decía que los treinta y cinco kilómetros finales los tenía que hacer por el camino de trocha. Me lo imaginé flaco. Hacía ese recorrido cada fin de semana, me dijo, para venir al pueblo. Siete horas de ida, siete horas de vuelta, en un día sin contratiempos. Sin el agravio de ataques terrucos, o ladrones, violadores o abigeos, que uno se encuentra por el camino, decían. Trabajaban, muy lejos, se quejaban. Venían todos los sábados al pueblo, a comer en el restaurante. A tomarse una chelitas. Así era la vida allí, decían. Lo que yo no me explicaba era por qué el desocupado tenía también que hacer esa caminata hebdomadaria. Vestía bien a la moda; parecía limeño, pero se mostraba huraño como andino. No parecía tampoco oriental. A mí, más que charapa u oriental, me parecía un choro. De haber bronca, me dije, éste sería el más maleao. La muchacha no podía terminar su lomo saltado. Le habían servido demasiado. ¿Ellos no querían comer o no tendrían para pagar?, me preguntaba. Después de beber algunos vasos de cerveza, sentí que estaba empezando a marearme. Lo supe, a ciencia cierta, cuando observé que a Milagros le habían crecido los senos. Fui varias veces al urinario para vaciar mi vejiga en un corral sin luz. Algunas gallinas, allí, cacareando, se cruzaban durante la micción. Algunas salían volando. Yo les aplicaba un poco más de presión para ver la reacción. Cuando regresaba a la mesa, encontraba a los sospechosos callados, y los senos de la muchacha, cada vez, más grandes. El enfermero se quejaba del gobierno. Decía ser enemigo del centralismo. Hablaba de la importancia de la educación para sacar al país de la pobreza.

- ¡Salud, compadres! - exclamé alzando mi vaso.

- ¡Salud, camarada! - me respondió el gordito.

Con más enfermeros como éste, me dije, borracho, la salud del país estaría asegurada. Milagros había terminado de comer y ahora bebía. Estaba un poco callada. Hablamos de Lima. Ellos conocían el distrito de Los Olivos y habían visitado Gamarra. Realmente, no conocían Lima. Habían estado solo por un fin de semana en la ciudad. Lima era muy cara, se quejaban. Ahora estaban animados. Hablaban de los salsódromos. El huraño se acercó a la cocina. Hablaba con la dueña. Yo pedí la cuenta sospechando peligro. No me explicaba por qué el desocupado estaba en la cocina hablando con aquella mujer. Le dije a Milagros que me iba. Todo me parecía extraño. Volví a confirmar si mi billetera estaba en mi bolsillo. Cuando trajeron la cuenta, el huraño puso cien soles sobre la mesa:

- Yo pago la mitad -dijo. Eso me sorprendió mucho más.

- No has consumido la mitad - le dije, y me miró como drogado.

- ¡La mitad! -dijo, tomando cincuenta soles de los míos. al tiempo que ponía su billete azul en el platillo.

- No era necesario - le dije con amabilidad.

Milagros se despidió de los amigos. Hice lo propio y me dispuse a abandonar el restaurante. Ella tomó mi brazo.

Llegamos al hotel. El dependiente me exigió un pago adicional al ver a Milagros. Lo escuché murmurar amargamente. Daba la impresión de que la conocía. Yo no pensaba que sería por buena fama. Ella subió las escaleras rápidamente. Fuimos a la habitación, que era pequeña. Tenía una ventana amplia y una puerta de madera que lucía nueva. La cama estaba puesta contra la pared, a lo largo, casi lo ocupaba todo. Había también una mesa larga sobre la cual reposaban dos diminutas barras de jabón, y salí de la habitación para tomar una ducha. El baño quedaba al fondo del corredor. La imagen de la rata todavía perduraba en mi memoria cuando salí al pasillo. El agua de la ducha no estaba fría. Salió, más bien, helada. Al girar la perilla del surtidos, sospechando, me agazapé, en el rincón del cubículo, esperando por una señal de vapor de agua caliente, pero, en su lugar, inadvertidamente, me despabiló un chorro de agua helada que irrumpió sobre mi cara haciéndome tiritar de frío.


-¡Concha de su madre! - dije y me acordé del loro.


El agua corrió por mi espalda y me dejó, cruzado de brazos, con mis rodillas juntas. Tomé ánimo, pero flaqueé cuando recordé que mi dinero había quedado desatendido en la habitación. Incursioné rápidamente, tres veces, bajo el chorro de agua y volvía a la habitación con la toalla ceñida a mi cintura. Milagros esperaba con su cepillo en la mano, lista para salir de la habitación. Iba también por una ducha. Le advertí que el agua estaba fría, pero pareció no importarle. La esperé echado en la cama. Mi mirada inspeccionaba cada una de las paredes. No tenían cuadros de paisajes como lo hubiese tenido cualquier otro hotel. No tenía un espejo ni mesita de noche. Tenía solo lo esencial: la cama y esa mesa larga. No había una silla. Incliné un poco la cabeza para ver el acabado de la mesa con patitas de león. Tampoco se exhibían en las paredes ese reglamento general que se suele encontrar detrás de las puertas, en todos los hoteles del mundo: No fumar. No roncar. No gemir muy fuerte después de las once de la noche. No mear en la cama. Tampoco lo haga por el balcón. No eyacule fuera de la boca.


Fije la mirada en la frazada de rectángulos de bicolor patrio, similar a un cobertor de barraca militar. Escuché el doble repique que producía Milagros con sus sandalias al friccionar el piso. Milagros regresó, todavía mojada, secándose el pelo que lucía negro, azabache. Sentía escalofríos, brrr. Sin terminar de secarse, brrr. Se acostó a mi lado, al tiempo que mis brazos se abrían, para abrazarla.Estaba helada. Cubrí con la frazada su cuerpo su cuerpo tembloroso. Ahora yo recordaba a sus amigos. Me preguntaba si su presencia en esa habitación no habría sido solo un ardid para apoderarse de mi billetera. Intranquilo, yo. Ella, de espaldas. Su cara contra la pared. La abracé. Rogaba, yo, a Dios que hiciese pasar rápido las horas. Quería ver pronto la luz de la mañana. Me animé a acariciarle el pelo. Parecía dormida, no despertaba. Yo estaba atento a cualquier ruido que pudiese escucharse en los pasillos, empecé a receptar sus sonoros ronquidos que le hacían silbar el pecho. Por un momento, pensé que, a lo mejor, esos ronquidos también eran fingidos. Seguía aún oscuro. La muchacha era una belleza silvestre. Estaba desnuda. Yo también. Pero me levanté de la cama, para vestirme el pijama, pensando que, de un momento a otro, podrían llegar sus compinches. También pensé que a la muchacha podría ocurrírsele levantarme una calumnia y denunciarme por violación. Iría al puesto policial. La imaginaba llorando, esgrimiendo su calumnia. ¿Cómo presentaría mi defensa?, pensaba. No, mejor ni pensarlo, me dije. En ese mismo instante me vestiría. Tomaría mi maleta y me iría de allí lo más rápido posible. No, pensé nuevamente, mejor esperaría. Mejor me iría al aparecer la primera luz del alba, en el instante mismo que termine la penumbra de la noche. En puntitas, saldría. Sin despertarla, retendría mi respiración y me iría.

- ¿Adónde vas? - me preguntó, abriendo un ojo.

Que iría a caminar, le dije, y que regresaría en unos minutos. me dirigí al puente que quedaba casi frente a la esquina del hospedaje. Una placa recordatoria, con la efigie del Emperador Guillermo I de Austria, se distinguía en el lugar. En ese puente inicié mi caminata. Por el camino se apostaban casas que parecían extraídas de algún paisaje teutón. El aire era puro. La vegetación, espesa. Árboles como el chontaquiro, el ulcumanu, cedros y taras, esparcidos por doquier, adornaban mi camino. Esta vegetación alimentaba a la ganadería. La explotación de la madera constituía una de las principales actividades económicas de la región. Me detenía a respirar aire puro. Un colibrí venía, y se iba, para de nuevo regresar. Me miraba. Yo lo miraba. Quedaba suspendido en el aire. Igualito lo había hecho la yerbatera, aquella que me vendiera la uña de gato. El colibrí me pareció medio loco, pero no tanto como la rata. Pasé la posta médica. Marche con dirección a las montañas. Éstas parecían muy cerca, pero, en realidad, esa fue solo una impresión. La lejanía, al poco rato, se constó absoluta. A mi diestra, en la esquina, yacía una casa que servía como hotel y restaurante. Había ajetreo en sus jardines. En el estacionamiento, había un ómnibus escolar que lucía una banderola con la inscripción: Colegio San José Maristas del Callao. Me acerqué a la casa. Tenía una entrada para el hotel y, en la parte lateral, otra puerta que conducía a un pequeño restaurante. Un hombre de la tercera edad se ocupaba de entrar y salir de la cocina. No me miraba. Entraba a una habitación que les servía de almacén. Sacaba botellas de aceite y las llevaba a la cocina. Esperé. Pasó tres veces y, él ni la tos, volvió a ignorarme. Carraspeé, y, cuando me encontraba decidido a llamar su atención, casi al tiempo que iba a levantar mi brazo, una hermosa mujer joven hacía su aparición como desprendida de algún telón histriónico. Se acercó. Sostenía en una mano un lapicero negro, como sus ojos, y en la otra, una libretita de notas.

-¡Buenos días! - saludo, añadiendo -. ¿Qué le sirvo, señor?

- ¿Qué tiene para servirme? - le pregunté.

Era una mujer joven, blanca, de pelo negro y de ojos intensos. Daba la impresión de tener unos veintitantos años. Veinticuatro como máximo. Me recomendó, de manera atenta, un surtido de carnes que incluían chicharrones. Me sirvió un café del lugar. Lo bebí, disfrutando su aroma, en la espera de esas carnes que, al llegar, se presentaron en porción generosa. Venía con papas doradas y verduras sancochadas. Ese plato, definitivamente, era europeo, supe decirme. Sin embargo, todos los ingredientes eran del suelo peruano. Si el potaje era europeo o peruano, no lo sabía, pero estaba seguro de que las papas o patatas, como las llaman en Europa, salvaron a millones de morir a causa de la hambruna que azotó al Viejo Continente hace ya más de un siglo.

Martha, la joven del restaurante en Pozuzo

Martha, la joven del restaurante en Pozuzo

La joven era hermosa. Le pregunté su nombre:

- Martha - me dijo.

Su descendencia era austriaca. Las fotos de sus predecesores, y el árbol genealógico de la familia, se exhibían en las paredes del restaurante. Sus ojos negros destellaban lucecitas. Cursaba el último año de secundaria. No tenía veinticuatro. Solo tenía dieciocho. Pero que bien puestos pensé. Las paredes del lugar estaban cubiertas con avisos de actividades ganaderas. Había una que me llamó la atención: Festival de la Carne de Pozuzo. Miré a Martha y me convencí de que en aquel lugar había muy buena carne. Le pedí la cuenta y que me permitiese tomarle una foto conmigo. Martha me dejó hacerle la foto en el jardín. Aceptó con una sonrisa. Sonreí cuando me pidió que posará para ella. Conservé aquella foto, por varios años, en mi celular. Un día, la imagen de Martha encontró un espacio en mi propia memoria. Entonces fue cuando decidí borrar la imagen del aparato fotográfico. Su pelo era ondulado y le llegaba a los hombros. Sus piernas largas eran cubiertas por un pantalón azul sobre el cual descansaban los bordes de una blusa blanquinegra.

Me alejé con pena de edad. Segundos después volteé para volver a admirarla por última vez. Ella ingresaba a esa casona como quien entra a la vida. Yo me alejaba de ella casi como queriendo morir. La seguí con la mirada. Desaparecía de mi vida, tranquila, serena. Apresuré mi paso. Volvía a voltear, esta vez, para fotografiarla en mi recuerdo. Ya no la encontré. Solo el letrero del hotel se quedaba solitario. El ómnibus escolar ya había salido. Leí el letrero: El Mango.

- ¡Qué buen mango! - me dije.

Desde la esquina, volvía a observar la belleza de los montes verdes que parecían empezar a elevarse al final de esa calle. Pensaba en los monos, los loros, en la espesura de esa naturaleza, cuando, súbitamente, recordé a Milagros, la joven del Codo de Pozuzo que había pernoctado conmigo la noche anterior.

Sin haberla tocado, la había deseado. Ese sentimiento de pecado enquistado en mi mente me hacía suponer culpable de algo que no había hecho. Me preguntaba ¿Qué hubiese sucedido si la hubiese animado, de alguna manera, a que se removiera el calzón? Una agarradita de pierna, una caricia de muslo. Un besito en la teta. ¿Y si me hubiese llevado al delirio? ¿A algún acto de perdición? ¿A una violación de la cordura? En ese momento, una ráfaga de miedo traqueteaba mi humilde condición humana. Si Milagros me denunciaba en el puesto policial, estaría perdido, me dije. Allí no conocía a nadie. La justicia peruana se encargaría de destruirme. Me sentía culpable por el solo hecho de haberlo pensado. No sé por qué pensé en Kafka.

Subí a la combi, me senté al lado de la ventana. Seguí pensando en la posible denuncia por la violación sexual. Y si me denunciara ¿Cómo lo haría?, me preguntaba a mi mismo, ¿Con qué evidencia lo haría? Me tranquilicé. No, no podría alzarme mas que calumnias. No me embaucaría en nada. Simplemente, yo no había hecho nada. Bueno, sí, pero solo con el pensamiento. Pero ¿Qué pasaría, me volvía a preguntar, si Milagros se agenciaría de algún pelito pelviano, unn pendejito, una babita? ¿Si llevara al puesto policial alguna evidencia forense, su calzón? De suceder ello, estaría perdido, porque la prenda tendría mi olor. Ya estaba próximo a pasar por la garita de control. Si me detectaban el miedo, estaría más que jodido, me dije. Cerré los ojos. Tomé fuerzas. La combi se estacionó a pocos metros de la garita. Sin embargo para mi alivio, mi miedo se esfumó. Sucedió que, a través de la ventana del vehículo, dos siluetas uniformadas yacían dormidas, aparentemente borrachas, sobre la mesa de madera rústica que servía como mobiliario al puesto policial. La mañana estaba clara y los rayos de sol se filtraban por las ranuras de los maderos de la caseta policial. Dos botellas de cerveza y dos vasos quedaban a medio consumir, cual únicos centinelas, sobre el mesón de la garita de control policial de Pozuzo.

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