Publicado por El Ayer en Historias
El primero de abril de 1971, el consulado de Bolivia en Hamburgo parecía un refugio seguro para Roberto Quintanilla. El coronel creía que estar en Alemania lo protegía del odio que sembró en Bolivia tras ordenar la ejecución de Ernesto Guevara y, peor aún, mandar a amputarle las manos al cadáver del guerrillero. Lo que Quintanilla no sabía era que la "ciudadana australiana" que esperaba en recepción era, en realidad, el brazo armado de una venganza que tardó cuatro años en madurar. De la sombra nazi al despertar guerrillero .
La historia de Monika es de una ironía cinematográfica. Llegó a Bolivia huyendo del colapso del Tercer Reich junto a su padre, Hans Ertl (fotógrafo de cabecera de la Alemania nazi), y creció entre criminales de guerra como Klaus Barbie. Pero en lugar de heredar el odio de sus "tíos" de la Gestapo, Monika se enamoró de la utopía revolucionaria. La muerte del Che en 1967 no fue para ella un final, sino un nacimiento: el de Imilla, la guerrillera del ELN que juró que las manos del Che no quedarían sin castigo.
Tres balas para la historia
Cuando Quintanilla abrió la puerta de su despacho, no vio a una enemiga, sino a una mujer elegante y rubia. No hubo discursos ni juicios: Monika sacó su revólver y disparó tres veces. En el piso del consulado quedaron las pruebas de su transformación: la peluca rubia que ocultaba su identidad, sus anteojos y una nota con el grito de guerra del ELN: "Victoria o muerte". Escapó de Hamburgo como un fantasma, dejando al gobierno boliviano y a la CIA en una cacería ciega por todo el continente.
El final en la sombra y la desaparición
Monika Ertl regresó a la Bolivia que amaba para seguir combatiendo, pero el destino de los cazadores suele ser el mismo que el de sus presas. El 12 de mayo de 1973, fue emboscada por las fuerzas represivas en Bolivia —algunas fuentes dicen que bajo la guía del mismo Klaus Barbie que la conoció de niña— y asesinada. Su cuerpo fue desaparecido, negándole incluso a su padre el derecho de enterrarla. Sin embargo, su misión ya estaba cumplida: las manos que amputaron al Che habían sido alcanzadas por la justicia de una mujer que prefirió la selva al privilegio.

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