Sociólogo - Escritor

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"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales.
Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.
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6 de septiembre de 2020

Diablo.



Por Jorge Aliaga Cacho

La Consuelo estaba en un rito extraño, sentada en la banca, frente a la mesa, sostenía cinco cigarrillos encendidos entre sus labios, exhalaba humo y repetía:

-¡Te engaña hija, te engaña!

-¡Te engaña! – repitió La Consuelo encendiendo sus ojos locos.

-¡Me engaña! – gritó Maruja conmovida al tiempo que se asustaba de los ojos violentos que anunciaban locura. La Consuelo cerró los ojos y los volvió a abrir grandes, diabólicos, para volver a decir:

- ¡Te engaña, te engaña!

Maruja ahora lloraba. Más que el anuncio de la infidelidad conyugal lo que la hacía llorar eran los ojos asesinos de La Consuelo que la sumergían en un estado de terror.

Al día siguiente, cuando Braulio se preparaba para desayunar se apareció en esa casa el diablo. Transformado en gato se apareció en el marco de la ventana con su mirada aterradora. Braulio quiso escapar de la habitación pero la única puerta de escape se trancó sin razón alguna. El demonio entonces le encendió la mirada irradiando maldad y Braulio se arrodilló en el suelo para pedir perdón y gritar de pánico: ¡Nooooooooooo!

Maruja logró abrir la puerta y encontró a su marido en el suelo, con los ojos cerrados de terror, pero el gato ya no estaba, se había fugado de la habitación.

-Esto te ha sucedido porque me engañas – le dijo Maruja

-Braulio tomó su maletín de cuero y salió como enajenado, corriendo, corriendo.

- El diablo, hijito, el diablo –le repitió Maruja.

Todas las mañanas ella hacía, con su mano y su brazo, la misma figura para entregarle la moneda de cincuenta centavos a su hijo. Metía los dedos en el monedero para rebuscar y pescar la moneda mediana de medio sol. Movía el brazo haciendo un arco que nacía en el monedero y terminaría en la palma de la mano de Marlo. Este metía los cincuenta centavos en el bolsillo del pantalón y bajaba las escaleras del edificio, de prisa, con rumbo al colegio. En las mañanas los pisos del edificio lucían limpios, el portero se esmeraba en la limpieza. Siempre lo veían limpiar, los pasadizos de los cinco pisos, con aserrín y kerosene.

En la puerta del edificio amanecía gente que venía de la sierra. Se sentaban en la grada de la puerta de la agencia de ómnibus. Algunos, a su vez, sentaban en sus faldas a un carnero o una gallina y los bultos ocupaban todo el espacio de la vereda. Los taxistas se los llevaban de a tres o de a cuatro. Sentaban primero a los pasajeros luego les ponían los bultos y, encima, los animales.

Los transportistas se aprovechaban de los recién llegados que no conocían Lima y les cobraban por la carrera lo que les daba la gana. Algunos de los sentados, en la grada de la puerta de la agencia, abrían sus fiambres para descubrir cancha, mote, habas y cuy. Vestían varias prendas superpuestas. El largo de sus pantalones alcanzaban sus canillas y eran sostenidos en la cintura por una pita o soguilla. Marlo pasaba frente a los pasajeros. Traían el olor de la sierra. Olor puro y natural allá en las alturas pero descompuesto cuando llegaba a Lima.

En la esquina de esa calle comenzaba la calle de los chinos con su diversidad de negocios: artefactos eléctricos, garajes, chifas, dentistas, imprentas, hoteles. Por esa calle se desplazaba la mancha de uniformes color caqui que se dirigían a la escuela fiscal. En la esquina divisaban al profesor Ríos y todos apuraban el paso haciéndose los puntuales. Todos se veían pero no se hablaban entre ellos. La señorita Ballero, profesora de setenta y cinco años cumplidos. Ella venía atrás de la mancha color caqui. La veterana caminaba firme y segura. El profesor Ríos llegaba primero a la fachada del colegio, subía la grada, giraba rápidamente y levantaba el brazo para saludar con su manota a los colegas. Los alumnos del Quinto Año que habían probado esa mano sentían escalofríos.

La escuela tenía un olor peculiar: cuadernos, borradores, lápices, tajadores, huevos duros, galleta de soda. Eran las 8 de la mañana. El Director acercaba un ojo a la mica del reloj pulsera y distinguía los números con dificultad, vacilaba.

-¡Empezar! –gritaba el gordo Director haciendo temblar la escalera de madera que lo llevaba al estrado, formado por un tembleque tabladillo.

-El profesor Ríos daba la voz:

-Uno, dos, tres…….

Los alumnos de todas las secciones hacían retumbar el patio con las notas del himno nacional:

¡Somos libres, seamos, seamos, seámoslo siempre!

Sus caras parecían poseídas por el demonio cuando cantaban el himno nacional. Las formaciones de la las secciones se hacían con el más pequeño, adelante, hasta el más grande, atrás.

El Dávila era el más alto. Se cuadraba al fondo con su insignia de policía escolar, reluciente. Los chiquitos no respetaban su autoridad. Lo llamaban Niño viejo. El profesor Ríos desde el estrado controlaba a todas las cabezas del Quinto Año. Reconocía a los alumnos por los cortes de pelo. Sabía a quién pertenecía cada cabeza.

Terminado el himno nacional los alumnos se dirigían a los salones de clase. Los del Primer Año se instalaban junto a la Dirección del colegio. El Director entraba primero al salón del Primer Año para darle un chape a la señorita Norma.

-¡Pero Señor Director!– clamaba la Señorita Norma - Las babas se le chorreaban al gordo. Antes él había ordenado a todos los alumnos cubrirse los ojos con las manos. Si observaba que alguien no cumpliese la orden, al salir del salón de clase, le arrancaría las orejas. Eso era lo que sentían los párvulos como si les hubiesen arrancado las orejas. Los de Segundo Año tenían su salón cerca a los baños. Hasta allí caminaban llevando el mismo paso que la Señorita Ballero. Los del Tercer Año eran los más relajados, pendejitos. Se dirigían al salón que tenían en el segundo piso silbando, peleando, empujándose, tirándose pedos, escupiéndose. Al Chino Tang le metían la mano, lo descontrolaban. Al negro Dávila le tiraban papeles y desde el segundo piso le disparaban con ligas y hasta con hondas. El profesor, del Tercer Año, era El teacher. El teacher llegaba al salón de clase primero. Se sentaba en su silla giratoria, apoyaba su cabeza en el escritorio y se quedaba dormido hasta la hora del almuerzo. Ese era el único salón alegre de la escuela. El profesor del Cuarto Año era Ballinger de Chicago. Llegaba a su salón del primer piso y sacaba la lista de los castigados quienes no habían guardado silencio en la formación. Uno a uno los llamaba al frente para cachetearlos hasta dejarlos medio dormidos. Ballinger gozaba infligiendo castigo físico. Sus ojos, cuando cacheteaba, se le tornaban rojos. Le salía espuma por la boca. Se ahogaba. Lloraba como si él fuese la víctima. Todos los alumnos se miraban aterrorizados pero no decían palabra alguna. Estaba prohibido hablar. Ballinger regresaba para hablarles con los ojos y los volvía a golpear con un batón de cuero relleno de arena. Les paleaba las espaldas, las cabezas, los brazos, las piernas. Cuando infligía castigo, cerraba la puerta del salón con llave y con cada golpe propinado maullaba. Se subía en el pupitre para blandir su palo de cuero y amenazaba con otra tanda de castigo. Cuando esto sucedía. Los alumnos se aterrorizaban en silencio. Nadie lloraba. Era extraño. Siempre sucedía el mismo abuso pero al salir del colegio todos olvidaban lo ocurrido. Era una pérdida de memoria colectiva. Al día siguiente todo se volvía a repetir de la misma manera. Un día memorable Ballinger se olvidó de hacer la lista de castigados pero para no perder la costumbre mandó cerrar las ventanas y poner el cerrojo a la puerta. Comenzaría nuevamente el castigo.

Esta vez Marlo le dijo que si no tenía la lista de castigados no debería castigarlos.

¿Queeeeeeé? - Replicó Ballinger

-¿Queeeeeeeé? -Volvió a preguntar incrédulo blandiendo su palo, amenazando, zigzagueando su palo en el aire.

Los alumnos se pusieron de pie y en coro gritaron:
‘Diablo, diablo, diablo, diablo’- al tiempo que tamboreaban las carpetas con repiques negroides que hacían bailar sus traseros sobre los asientos. El miedo se les había acabado y ahora todos gritaban eufóricos y llenos de risa.

- ¡Diablo, diablo, diablo, diablo!

Igual que el gato, que había desaparecido de la casa de Marlo, así desapareció Ballinger de la escuela y nunca más fue visto otra vez.
Les llegó profesor nuevo, ahora están en quinto, nadie habla de Ballinger. Hacen bulla, joden, pendejitos, como lo hacían en tercero cuando El teacher era el profe. Bandidos. Todos los días se escucha en el plantel escolar el tamboreo, el coro alegre, ojos encendidos, gritando:

-¡Diablo, diablo, diablo, diablo!

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