Jesús de Nazaret murió por razones históricas y políticas, no por una necesidad cósmica de redención ni por los1romano y de las tensiones internas del judaísmo del siglo I, no desde una lógica soteriológica posterior.
Roma no crucificaba por pecados, crucificaba por sedición. La cruz era un castigo reservado para esclavos rebeldes, insurrectos y agitadores políticos. El título colocado sobre Jesús —“Rey de los judíos”— no es simbólico ni espiritual: es una acusación política. En términos romanos, proclamarse rey, anunciar un “reino” alternativo o movilizar masas en un contexto explosivo como Pascua era potencialmente subversivo.
El Sanedrín, por su parte, no tenía autoridad para ejecutar, pero sí para denunciar. Jesús representaba una amenaza: cuestionaba autoridades, relativizaba el Templo, denunciaba hipocresías y generaba seguidores. En un sistema frágil, eso era peligroso. Por eso la acusación se formula en términos que Roma sí entiende: no blasfemia (que a Roma no le importaba), sino sedición.
Ahora bien, desde un punto de vista histórico, Jesús no encabezó una rebelión armada. La acusación fue exagerada, instrumentalizada y, en ese sentido, falsa. Pero Roma no necesitaba pruebas sólidas: necesitaba orden. La crucifixión fue una ejecución preventiva, un mensaje claro: así termina cualquiera que altere el equilibrio imperial.
Hasta aquí, historia.
Todo lo demás —la idea de que Jesús murió “por nuestros pecados”, como sacrificio expiatorio, como víctima necesaria para aplacar a Dios— no pertenece al Jesús histórico, sino a la reinterpretación teológica postpascual, especialmente paulina. Pablo transforma una muerte política vergonzosa en un acto salvífico universal, usando categorías tomadas del mundo greco-romano y de esquemas sacrificiales resignificados.
Ese giro no explica por qué murió Jesús, sino qué significó su muerte para ciertas comunidades creyentes décadas después. Confundir ambas cosas es un error metodológico grave.
Reflexión final:
Jesús no murió para redimir a la humanidad.
Murió porque el poder imperial elimina a quienes considera una amenaza.
La cruz no fue un plan divino: fue un instrumento romano de terror político.
La teología vino después.
La historia, antes.
Eso no niega la fe de nadie; simplemente pone cada cosa en su lugar.
Y cuando se separa historia de teología, el relato deja de ser mito… y empieza a ser comprensible.
(José Saramago).

No hay comentarios:
Publicar un comentario