Publicado por la Logia Millenniun N°122
EL HOSPITALARIO: MANOS QUE SOSTIENEN EL SILENCIO
En el templo masónico hay luces visibles y luces discretas.
Entre estas últimas camina el Hospitalario.
No busca reconocimiento. No preside columnas. No reclama palabra.
Su obra no resuena en el mármol, sino en el corazón del hermano que atraviesa la noche.
El Hospitalario es el guardián de la caridad activa.
Custodia el óbolo sagrado, recoge la ofrenda voluntaria y la transforma en auxilio silencioso.
Visita al enfermo. Acompaña al caído. Escucha sin juzgar.
Su deber no es solo entregar ayuda material, sino preservar la dignidad del necesitado.
En la tradición, su función es puente entre la fraternidad y el mundo profano.
Donde hay dolor, él llega sin ruido.
Donde hay escasez, él lleva discreción.
Donde hay desaliento, él recuerda que la cadena de unión no se rompe.
Actúa con prudencia, confidencialidad y tacto.
Jamás expone la debilidad del hermano.
Jamás convierte la ayuda en deuda moral.
Su caridad no humilla: eleva.
El Hospitalario encarna una verdad profunda:
la Masonería no se demuestra con palabras elevadas, sino con actos silenciosos.
Porque la auténtica iniciación no termina en el rito.
Se confirma cuando una mano extendida sostiene a otra sin que nadie lo vea.
En el latido oculto del taller,
él es la compasión hecha acción.
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