Sociólogo - Escritor

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"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales.
Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.
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2 de abril de 2025

EL REGRESO

Por Guy de Maupassant


El mar bate la costa con un vaivén monótono. Blancas nubecillas cruzan rápidamente sobre un cielo azul, como los pájaros, arrastradas por el viento; y en la aldea, en un repliegue del valle que desciende hasta el mar, se calienta al sol.

La casa de los Martín-Levesque, aislada junto al camino, es una reducida vivienda de pescadores, con paredes de barro y techo de paja; tiene frente a la puerta un jardín grande como un pañuelo, donde crecen algunas cebollas, coles y perejil, todo ello rodeado por una cerca

El hombre ha salido a pescar, la mujer está remendando las redes, tendidas a lo largo del muro, como una inmensa tela de araña. Una muchacha de catorce años, a la entrada del jardín, sentada en una silla de anea, cuyo respaldó se apoya en la tapia, repasando la ropa, una ropa vieja, zurcida, estropeada, puros andrajos. Otra muchacha, un poco menor, tiene en brazos a una criatura de pocos meses; y dos niños, uno de dos y otro de tres años, este último echado en el suelo, hacen montones de tierra y se tiran barro.

Nadie habla. Solo el pequeño se hace oír, llora con un sonsonete agudo. Un gato duerme acurrucado en la ventana, y los alhelíes abiertos forman, al pie del muro, un hermoso haz de flores blancas, a cuyo derredor zumba un enjambre de insectos.

La muchacha que repasó la ropa dice de pronto:

¡Madre!

La mujer contesta:

¿Qué quieres?

¡Se acerca otra vez!

Estaban inquietos desde muy temprano, porque andaba rondando un hombre que parecía pordiosero. Le vieron acompañar al padre; estaba sentado en la cuna frente a la puerta. Al volver, contemplaba fijamente la casa.

Parecía enfermo y miserable. Había permanecido inmóvil mi madre; luego, comprendiendo tal vez que infundía los recuerdos que infundía, se levantó y se fue arrastrando una pierna.

Pero pronto le vieron volver con paso fatigoso, volviéndose asentada lejos, como para observar.

La madre y las muchachas tenían miedo.

La madre, sobre todo, de naturaleza débil y asustadiza, pensaba con que su hombre, Levesque, no volvía a pescar hasta la noche.

Se llamaba Levesque el marido, a ella la llamaban Martin, y eran como dos Martin-Levesque. Veréis por qué razón: se había casado con un pescador llamado Martín, que iba todos los veranos a Terranova a pescar

A los dos años de matrimonio tenían una hija, y estaba embarazada seis meses cuando la barca de tres palos Dos Hermanas, en la que iba su hombre naufragó,

No hubo más noticias; ninguno de los tripulantes apareció, considerándolo todo perdido.

La Martín aguardó a su hombre durante diez años, educándolo y manipulándolo penosamente a sus dos hijas; luego, como era muy trabajadora y buscó a una mujer, un pescador de aquella costa, Levesque, viudo con un hijo, se con ella. Tuvieron dos hijos más en tres años.

Vivía humilde y trabajadora. En aquella morada iba escaso el pasto y la carne casi era desconocida. En invierno, compraban al fiado en el pan de ría durante los meses borrachos. Los niños crecían robustos, a pesar de la miseria.

La gente decía:

—Son muy buenos y muy honrados los Martín—Levesque. La Martínes trabajadora como ninguna, y Levesque no tiene igual en toda la costa

II

La muchacha, sentada junto al portillo del jardín, murmuró:

—Sin duda nos conoce. Debe ser un pordiosero de Epreville o de Au Zebore

Pero la madre no se engañaba. No, no era nadie conocido en la región, era un extraño, uno que venía de lejos.

Como el pobre no se movía y fijaba obstinadamente los ojos en la casa de los Martin-Levesque, la mujer, enfurecida y envalentonada por el mismo miedo, cogió una vara y salió al portillo, amenazadora.

¿Qué hace usted ahí? —preguntó al vagabundo.

El pobre respondió, con la voz enronquecida:

—Tomé el fresco. ¿Estorbo?

Ella insistió:

¿Por qué se puso usted de centinela como un espía delante de la casa?

El pobre dijo:

—No hago daño a nadie. ¿No se le permite sentarse a descansar?

Sin saber qué responder, el Martín entró en su casa.

Hacia el mediodía, el hombre desapareció. A eso de las cinco pasó de nuevo. No le vieron más en toda la tarde.

Levesque regresó por la noche. Le contaron lo que ocurría, y dijo:

-Es algún ratero, algún tunante.

Y se acostó tranquilamente, mientras su compañera pensaba en aquel vagabundo que la miraba de un modo tan extraño.

Al amanecer hacía mucho viento, y el pescador, decidiendo no salir al mar, se puso a recuperar las redes con su esposa.

A eso de las ocho, la hija mayor, Martín, que había ido a comprar pan, volvió corriendo, aterrada, gritando:

¡Madre! ¡Ya vuelve! ¡Ya vuelve!

La madre se conmovió, y, pálida, le dijo a su hombre:

-Háblale tú, Levesque, hasta conseguir que se vaya; esto me desespera.

Y Levesque, un marinerazo de barba espesa y rubia, de ojos azules con un punto negro, ancho y cuello robusto, vestido siempre con blusa de lana para resguardarse del viento y de la lluvia, salió tranquilamente, aproximándose al vagabundo.

Y hablaron.

La madre y los hijos los observaban desde lejos, ansiosos y agitados

De pronto, el desconocido se levantó, dirigiéndose con Levesque hacia la casa.

La Martín, espantada, retrocedió. Su hombre le dijo:

—Dale un pedazo de pan y un vaso de sidra, no ha comido nada antes.

Y los dos entraron en la vivienda, seguidos por la mujer y por el hijo. El vagabundo, sentándose, comenzó a comer con la cabeza baja.

La mujer, en pie, le observaba; las dos muchachas, las de Martín, pegándose a la puerta, llevando la mayor al pequeñuelo en brazos, clavaban igualmente sus ojos en el pobre, y los dos niños, acurrucados junto a la barbilla, dejaron de jugar con el ahumador para fijarse también en el desconocido.

Levemente, tomando una silla, le preguntó:

—¿Viene usted de muy lejos?

—Vengo de Sábado.

—¿A pie?

—Sí, a pie. Cuando no hay recursos, la necesidad obliga.

—¿Y a dónde va usted?

—Aquí

¿Conoces a alguien del pueblo?

Es posible.

Callaron. Comía lentamente, a pesar del hambre, y bebía de cuando en cuando un sorbo de sidra. Su rostro estaba envejecido, arrugado, con señales de hondo sufrimiento.

Le pregunté con brusquedad:

¿Cómo se llama?

El pobre contestó, sin levantar la cabeza:

Me llamo Martín.

Un extraño temblor sacudió a la madre. Avanzó un paso, como para ver de más cerca al vagabundo, y se quedó frente a él con los brazos caídos y la boca abierta. Nadie hablaba. Le pregunté al final:

¿Estás de aquí?

El pobre respondió:

Soy de aquí.

Y como al decir esto alzaba la cabeza, sus ojos y los de la mujer se encontraron, mirándose fijamente, confundiendo sus miradas en una sola

Y ella balbuceó, temblando, angustiada:

¿Serás tú mi marido?

El pobre dijo con calma

Sí, yo soy.

No se movía; seguía comiendo la sartén.

Levesque, más extraño que conmovido, insistió:

¿Eres tú Martín?

Y el pobre dijo sencillamente:

Sí, yo soy.

El segundo marido preguntó:

¿De dónde vienes?

El primero dijo:

De la costa de África. Embarrancamos, y sólo pudimos llegar a la orilla tres: Picard, Vatinel y yo. Nos cogieron los salvajes; Picard y Vatinel murieron; yo estuve doce años prisionero de los salvajes. Un viajero inglés me ha rescatado y me llevó a Séte. Aquí estoy.

La Martín lloraba, cubriéndose la cara con el delantal.

Levesque dijo:

¿Qué haremos ahora?

Martín preguntó:

¿Estás casado con ella?

Levesque respondió:

-Sí, nos casamos.

Se miraron en silencio.

Entonces Martín, viendo a los niños que le rodeaban, señalando a las dos niñas mayores, dijo:

¿Son las mías?

-Sí, las tuyas.

Ni se levantó, ni las acarició, limitándose a decir:

¡Cuánto han crecido!

Levesque preguntó:

¿Qué haremos?

Martín, perplejo, no sabía qué resolver. Por fin, se decidió:

—No quiero perjudicarte. Arreglémoslo todo. Hay dos hijas y tus tres. La mujer, ¿será tuya, será mía? Resuelve a tu gusto. Pero la casa es mía, por lo que mi padre me la dejó, porque nació en ella, y los papeles están en la notaría.

La Martín seguía llorando y, tapándose la cara con su delantal azul, lloraba. Las dos muchachas, acercándose más, contemplaban a su padre con inquietud. En cuanto acabó el pan, dijo:

—¿Qué resolvimos?

Le vi que tenía una idea.

—Vamos a casa del señor cura y que él lo decidió.

Levantó a Martín, y la mujer se arrojó sobre su pecho, sollozando:

—¡Mi pobre Martín, ya viniste! ¡Mi pobre Martín, ya estás en casa!

Y lo oprimí entre los brazos, se posó bruscamente por los recuerdos amorosos de muchos años atrás, que le recordaban su juventud y sus primeras caricias.

Martín, emocionado, le dio un beso en la cabeza. Los dos pequeños, en la chimenea, empezaron a berrear viendo que su madre lloraba, y el de las mantillas, en brazos de la menor de los Martín, se relajaba como un pífano destemplado.

Levesque, en pie, aguardaba, y dijo:

—Vamos, hay que arreglarlo todo.

Separándose de Martín, la mujer dijo a las muchachas:

—Abrazad a vuestro padre.

Se acercaron a él con los ojos secos, muy sorprendidas y algo temerosas. El hombre las besó en las mejillas. Al ver de cerca el rostro desconocido, el pequeñuelo lanzó convulsivamente gritos atronadores.

Luego, los dos hombres salieron juntos.

Al pasar frente al Café del Comercio, Levesque le preguntó a Martín:

—¿Quieres que nos tomemos una copa?

—Bueno —contestó el vagabundo.

Entraron, se sentaron y Levesque llamó.

¡Eh! ¡Mozo! Dos copas de aguardiente.

Cuando el camarero vino con el servicio que le habían pedido, Levesque le dijo.

-Mira, Martín ha vuelto, ¿sabes? Martín, el de mi mujer, el del barco Dos Hermanas que se perdió hace muchos años,

El mozo, aproximándose con dos vasos y una botella, preguntó sencillamente:

- ¡Hola! ¿Quién apareció Martín?

Y el repatriado contestó:

-Aquí me tienes.



Nota JAC: 
Guy de Maupassant (1853-1893) fue un escritor francés,  dueño de una excepcional obra narrativa, nació en Tourville -sur - Arques, ciudad de Normandía. Alternó con Flaubert y Emile Zolá. Falleció, en París, relativamente temprano, a la edad de 43 an̈os.