Yo sé que tú, a escondidas,
algunas veces lloras.
No tienes que negarlo,
yo también suelo hacerlo
cuando los negros dardos
de la ausencia se clavan
a mi puerta,
y florecen
añoranzas lejanas.
Yo sé que algunas veces,
a escondidas, tú lloras
como la Magdalena
ante el dulce Maestro;
y yo sufro contigo
porque tu llanto amargo
como un barco en naufragio
me alcanza y me lastima.
Después siempre te abrazo
fingiéndome dormido,
y me trago, en silencio,
abismo sobre abismo,
el fuego que me quema
los labios y los ojos.
Yo sé que tú, a escondidas,
te dueles de nosotros,
porque el amor es frágil,
porque la carne es débil.

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