Por Ildiko Nassr
Julia me había visto bordando. No dijo una palabra, fue a su casa y volvió con la manta de su hija. La habían agarrado los perros y parecía, más que una manta, un trapo lleno de agujeros y rasguños. Hablamos sobre upcycling y kintsugi, del bordado como reparación, del valor de los objetos amados. Me pidió que pensara si se podía recuperarla. Inmediatamente pensé en flores rojas. Al día siguiente, llegó con un exquisito café tarijeño y su sonrisa que todo ilumina. Me contó que su hija tiene un tatuaje con la flor roja de Kenzo. Son flores mágicas, delicadas y fuertes, puras, sensuales y urbanas y llenan de vida todo a su alrededor. Yo ya había detectado y remendado algunos jirones. Investigué sobre las flores de Kenzo, hice un patrón siguiendo las huellas de las mordidas y me puse a bordar y a empoderar esa manta que, poco a poco, recuperaba su vida. Este es el producto final. Cuando la lavé y estaba colgada en la soga, me impactó. Pensé en si le gustaría, en el poder del bordado y su belleza, en los perros, en la batalla por la atención de esos animales, en la esperanza de encontrar en la manta algo de su ama. En lo revolucionario que es reparar algo, devolverlo a la vida, empoderarlo, restaurar el encanto, la magia de las cosas.
La luz del sol modifica un poco la percepción de los colores, pero es la misma manta.
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