Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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15 de agosto de 2016

García Márquez cantaba boleros en París

Por Rafael Lam
especial de Cubasi
Muchas personas no saben que García Márquez cantó profesionalmente algunos años, en un Night club llamado L´Scala, en París, donde se reunían exiliados latinoamericanos, entre ellos el cubano Nicolás Guillén.
“En L´Scala nos reuníamos –cuenta el colombiano- no para consumir, sino para cantar y ganar algo. Cantábamos canciones mexicanas y boleros cubanos, junto al pintor venezolano de apellido Soto. Todavía existe un cassette con el mexicano Carlos Fuentes donde cantábamos un Long Play de canciones mexicanas.
Yo ganaba por noches unos francos (un dólar) con lo que iba agarrando algo. Pero no imaginas cuánto placer sentía cuando en la oscuridad las parejas se amaban al idilio de un bolero. Estas cosas ya las conté en la revista Opina (1989) de La Habana”.
Es curioso que García Márquez se haya atrevido a cantar en público, a pesar de que “les tengo miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, pero las necesidades obligan en la vida”.
En aquellos tiempos en que García Márquez vivía en París, siempre recordaba a los boleristas de Cuba, especialmente del Conjunto de La Sonora Matancera.
“Yo llegué a admirar tanto a Bienvenido Granda, que siempre he creído que yo me dejé el bigote para toda la vida, por Bienvenido Granda, que lo llamaban El Bigote que canta y en México, en los momentos de su gran apogeo, yo usaba el bigote muchísimo más grande, y más poblado que ahora, y me llamaban los compañeros de trabajo El Bigote que Escribe”.
Gabriel conoció a Bienvenido en México, en el Teatro Blanquita, y donde quiera que se presentara Bienvenido Granda, lo seguía. “Ya era un hombre mayor y continuaba teniendo ese chorro de voz, tan extraordinario. Eran épocas de mis malos tiempos en México, cuando escribía Cien años de soledad. La referencia para mí, siempre fue la de Bienvenido”.
Al escritor le gusta que le pregunten por Bienvenido porque hay una tendencia entre los intelectuales de evadir sus gustos populares. “Yo sé que a muchos intelectuales le gusta en secreto, pero les da pena que se sepa que les gusta. A mí no me da pena y me siento muy orgulloso que esto me guste, porque es parte de la cultura en la cual yo me formé y la cultura de la cual soy parte, que es la cultura del Caribe. Como chiva podemos decir, que por fin hay un Premio Nobel de Literatura, al cual le gusta Bienvenido Granda”.
Pero, volviendo a la etapa en que Gabriel estaba en París, entre 1955 y 1959, cuando vivían en pensiones de mala muerte, donde también pernoctaba Nicolás Guillén. Era justamente en el Hotel Saint Michel, el menos sórdido de la calle de hoteles baratos donde una cohorte de latinoamericanos y argelinos esperaban un pasaje de regreso comiendo queso rancio y coliflores hervidas.
“Viví pobre a morir, era corresponsal de El Espectador y los giros mensuales tardaban a consecuencia de la presencia del dictador Rojas Pinilla”.
En una de sus crónicas, titulada Punto final a un incidente ingrato, El colombiano ha tenido la sinceridad de reconocer que “He comido sobras de un cajón de basuras en París”, lo cual no debe asombrarnos en escritores de la bohemia de París, recordemos los avatares de Balzac.
Estas experiencias ayudan y es así como García Márquez llega a comprender el mundo de París y de la Europa aristocrática. “Aprendí a desconfiar de los intelectuales franceses y de la decadencia de Europa que ya estaba vieja; mientras que América era lo nuevo, renovado y vivo. En París me di cuenta cuál era mi cultura, allí comprendí que lo mío estaba en el Caribe. Por eso estoy comprometido, desde ese momento, con lo popular, esa es mi esencia, aunque haya llegado a la cima de la fama”.
García Márquez recuerda a Guillén en su cuartucho descolorido, sin baño y una cama donde se habían suicidado dos amantes lúgubres de Senegal. “Yo no logro evocar –recuerda el Gabo- la imagen del poeta cubano en aquella habitación”.
Aún en los tiempos más crueles del invierno, Nicolás Guillén conservaba en París la costumbre muy cubana de despertarse (sin gallo) con los primeros gallos, y de leer los periódicos junto a la lumbre del café. Luego abría la ventana de su balcón y despertaba a la calle entera gritando las últimas noticias de la América latina traducidas del francés en jerga cubana.
Total que el 1 de enero de 1959 Nicolás Guillén gritó en la pensión una noticia única: -¡Se cayó el hombre!
“Nosotros no sabíamos cuál hombre se había caído, qué dictador latinoamericano. –memoriza García Márquez-. Cuba siempre ha sido un país mítico, después de su azarosa guerra de independencia. Yo conocí de Fidel Castro, en 1953, a través de Guillén, quien padecía de un destierro sin esperanza. En aquellos días era todavía un enigma imprevisible. No podíamos imaginar que en la Sierra Maestra se estaba gestando la primera revolución socialista de América Latina. Por lo tanto, la noticia fue espectacular”.
Después de aquella noticia, el colombiano, en calidad de periodista, llega a Cuba por primera vez, a través de Venezuela que había colaborado tanto con la lucha revolucionaria de Cuba. “El 18 de enero de 1959, un hombre del Movimiento 26 de julio de la Revolución cubana buscaba periodistas que quisieran ir a La Habana. Yo era partidario de la Revolución Cubana y me enrolé sin pesarlo dos veces, junto a Plinio Apuleyo Mendoza.
Viajé sin pasaporte, sólo contaba con un recibo de lavandería, el agente de la aduana solamente me deseó un feliz viaje. Íbamos –como el Granma-, sobrecargado de gentes, con peligro de que no aterrizáramos felizmente. El piloto me dijo que llegaríamos solo con la ayuda de la Virgen de la Caridad del Cobre”.
A partir de 1959 traba contacto en directo con los cantantes y músicos cubanos que pululaban por los bares, clubs y cabaretuchos habaneros. “En La Habana la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en sus balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes. Todos los niños contaban con juguetes, turrones y cochinito asado por doquiera. Trabajé duramente todo el día como corresponsal de Prensa Latina, en la noche, ya tarde, vivimos la bohemia habanera que era de las más espléndidas del mundo”.
De aquellos tiempos de la década de 1960 el novelista siente mucha nostalgia, especialmente cuando escucha a Los Beatles. “Ellos contaminaron al mundo con una música sencilla, amable.
Cuando los escuché por primera vez yo residía en San Ángel, donde no teníamos nada de comodidades, pero había disco negros de pasta, de los clásicos europeos y el primer disco de Los Beatles, que lo escuchaba hasta los escritores como Carlos Fuentes. En México cuando escribía Cien años de soledad, gastaba los discos de Los Beatles, que escuchaba para estimularme. La apoteosis de la nostalgia de la década prodigiosa. Escucho la música de aquellos tiempos con cierto miedo porque siento que me acordaré de esa música por el resto de mi vida.
Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde sólo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes. Todos caímos en la trampa de la nostalgia que colorea nuestras vidas. A partir de entonces nada fue igual, todo fue más natural de lo que era antes. Yo estaba en esa etapa en que se está lleno de ilusiones y esperanzas”.
Desde aquellos tiempos de la bohemia, Gabriel apreciaba mucho a los cantantes. “Soy amigo de los cantantes. Me encanta andar entre la farándula. Cuando estoy con mis amigos íntimos no hay nada que me guste más que hablar de música. Tengo más discos que libros. Descubrí el milagro de que todo lo que suena es música, autos de las calles, claxon, vocerío…todo. Música es todo lo que suena. Soy un melómano empedernido, siempre digo mi lema: lo único mejor que la música, es hablar de música. Sigo creyendo que es la pura verdad. He escuchado tanta música como he podido conseguir. En las discotecas de New York he comprado discos caribeños que no se logran en ningún lugar”.
Ahora que García Márquez viaja poco, se refugia en su choza de México escuchando la música de todas partes: “Mis músicas preferidas, por supuesto, las de origen popular. Tengo una colección de música del Caribe, es la que más me interesa, sin excepción. Desde las canciones de Rafael Hernández y el trío Matamoros, hasta las plenas de Puerto Rico, los tamboritos de Panamá, los polos de la isla de Margarita, en Venezuela, o los merengues de Santo Domingo. Y, por supuesto, lo que más ha tenido que ver con mi vida y con mis libros, los cantos vallenatos de la costa del Caribe de Colombia. Cien años de soledad, es un gigante vallenato. Vi de muy niño al primer acordeonero, una verdadera revelación para mí. Después descubrí la literatura y me di cuenta de que el procedimiento es el mismo”.
Otras músicas que el colombiano aprecia son las de Jamaica, Martinica, Daniel Santos “quien me llamaba a mi casa para que le escribiera sus memorias. Admiro a Armando Manzanero, Toña la Negra. Las baladas del pop español. El inmortal Pérez Prado es uno de mis Ídolos más antiguos y tenaces, como debe constar en los archivos de los periódicos en que escribí mis primeras notas, en El Heraldo de Barranquilla (1951)”.
“Mira, hablar de la música sin hablar de los boleros es como hablar de nada…Tengo miles de boleros en disco de pasta negra, tengo boleros, rancheras, todo lo que es la época de Bienvenido Granda, de Miguel Matamoros, de Daniel Santos, de Quico Mendive”.
Yo pensaba que García Márquez escribía escuchando boleros, pero, en 1985 reveló a la revista Opina: “Yo no puedo escribir escuchando música, porque le pongo más atención a la música que a lo que estoy escribiendo. Tengo que escribir en absoluto silencio; pero en las notas que estoy escribiendo, oigo mucha música, especialmente boleros de mi tiempo. Y no sólo tomo información de otros libros y de la música, sino también de la música y según lo que este escribiendo, es la música que oigo”.
El novelista es amigo de grandes del bolero: “Hace unos años recibí en Barcelona un telegrama de alguien que solicitaba mi ayuda para escribir sus memorias y que se firmaba con el seudónimo de “El Inquiero Anacobero”. Un seudónimo cuyo titular es conocido de todo el Caribe. Daniel Santos, el Jefe”.
Rubén Blades musicalizó algunos cuentos de Gabriel y también hay muchos gigantes del bolero que llaman a su casa. Con Manzanero también ha hecho alianza musical. “Manzanero es uno de los más grandes poetas actuales de la lengua castellana. Yo estuve tratando de hacer un bolero junto a Manzanero, lo intente durante un año por lo menos. Y es lo más difícil que hay. Poder sintetizar en las cinco o seis líneas de un bolero, todo lo que un bolero encierra, es una verdadera proeza literaria”.
Manzanero llegó a pedirle a García Márquez que escribiera el argumento y él lo versificaría. “Pero yo lo que quiero es escribir la letra completa de un bolero.
Traté con el trovador Silvio Rodríguez también. Con Silvio fuimos tan lejos en el experimento. Yo le di el argumento, y él me dio en un casete la métrica; el número de silabas que podía tener cada verso, inclusive las terminaciones de la rima. Estuve meses tratando, pero no pude. Es muy difícil. Un bolero es algo que yo admiro muchísimo”.
El escritor de Cien años de soledad, le concede una importancia capital al bolero, “expresa sentimientos y situaciones que a mí me conmueven y que sé que a muchísima gente de mi generación conmovió. Un bolero puede hacer que los enamorados se quieran más y a mí me basta para querer hacer un bolero.
Lograr que los enamorados se quieran más, aunque sea un momentico, es culturalmente importante, y si es culturalmente importante es revolucionario”.
El movimiento de la salsa de la década de 1970 en Nueva York le llamó mucho la atención al novelista. “Acepto la salsa, con la conciencia de que no es una nueva música, sino la continuación exiliada y sofisticada para bien de la música tradicional de Cuba. Cuba fuera una gran potencia, aún mayor, si contara con una industria musical y estuviera en los circuitos de la comercialización, pero el bloqueo no se lo permite. Yo tengo muchos discos de salsa. Rubén Blades me ha hecho el honor de poner música a algunos de mis cuentos. Fue una endiablada aventura. Nada me hubiera gustado más en este mundo que haber escrito la historia tremenda de Pedro Navajas”.
Sigo pensando que García Márquez de haber contado con más tiempo para escribir, hubiera dejado crónicas musicales inmortales.
(Publicado en el facebook de Manuel Mosquera).

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