Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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8 de noviembre de 2015

Jorge Aliaga, en "La Veloz", del Norte de Salta a Lima

Estación de Autobuses de Güemes,Salta,Argentina,   8.20 am

Por Jorge Aliaga Cacho
De Salta a Lima, a bordo de "La Veloz del Norte", fue un viaje terrestre que dio como resultado la siguiente nota acerca del transporte público para los ciudadanos, que no toman avión, de los hombres y mujeres de a pie en nuestra América, que han hecho del autobús su medio de transporte. Cuando salía rumbo a Bolivia me había dado cuenta que en el aeropuerto limeño habían 'desalojado' el kiosko de comida peruana, "Manos Morenas",  para darle toda la cancha al negocio de las empresas transnacionales de comida chatarra. Es decir, las lineas extranjeras como LAN Chile, hacen negocio con el transporte de pasajeros y la Mac Donald's del tío Sam te saca los últimos cobres que queden en tu bolsillo por concepto de un refrigerio. Ellos siempre ganan.
Bueno, la historia que paso a contar es lo sucedido en Argentina,  a cuya frontera llegamos cuatro escritores compartiendo un automovil colectivo. El viaje hasta Aguas Blancas, ciudad del departamento de Orán, en Argentina, fue espectacular. Paisajes muy placenteros para la vista en territorio boliviano hasta llegar al rio Bermejo que le da el nombre a esa localidad del departamento de Tarija, en Bolivia. Comer chicharrones en Bermejo fue algo especial, gracias a dios allí no encontramos McDonald's ni Pizza Hut. Nos deleitamos con una suculenta porción de chicharrones por 25 pesos bolivianos y  una porción de pollo con arroz y papas fritas, por doce bolivianos. Luego vendría el cruce del riachuelo en las balsas, precio 2 pesos por pasajero y cuantas maletas lleves contigo. Dos pesos equivalen a menos de un nuevo sol peruano.
Hasta allí todo iba bien. Al llegar al puesto policial, Soledad Benages y Julio Albarracín, pasaron los controles policiales sin contratiempo alguno, la primera de nacionalidad española, el segundo, argentino regresando a su pago. Luego le tocó al peruano: 'Para qué ha venido a la Argentina', me preguntaron, ´cuánto dinero trae', cuántos días piensa quedarse, ¿Tiene pasaje de regreso? ¿Tiene algún documento que lo identifique como escritor? Le entregué una copia de mi libro de poemas "Mujeres malas Mujeres buenas". Espere un momento, me dijo, iba a consultar con su supervisor, llevaba el libro entre sus dedos. Demoraba. Tres, cuatro, cinco minutos. Mientras tanto otro agente me revisaba la maleta que iba cargada de libros. Regresó el primer agente, casi corriendo, disculpe, me dijo, ya pronto lo atiendo. Pero siguió atendiendo a la fila de pasajeros. Tres, cuatro, cinco minutos, y nada. Lo interrumpí: estoy esperando, le dije.  Ya, me dijo, y se fue casí corriendo a la oficina de su supervisor que quedaba afuera. Regresó sonriendo, 'ya está', me dijo, y me estampó en el pasaporte un sello de permiso de estadía en la Argentina por 90 días .  La escritora valenciana Soledad Benanges me esperaba en la puerta y Julio Albarracín ya estaba gritando, desde el paradero de buses que nos llevaría a Jujuy, Jorge! Jorge! gritaba como si el omnibus a Jujuy ya estuviese por partir, pero nada, nos quedó tiempo para hablar con una simpatica agente argentina que nos dio las explicaciones del caso y se quedó contenta cuando le ofrecí una copia de mi poemario, "Mujeres malas Mujeres buenas", editorial Vicio Perpetuo Vicio Perfecto. Había cruzado por mi mente decirle al agente masculino que veníamos de un evento en el cual había participado el mismo Vice Presidente de Bolivia. También, en otro momento, pensé pedirle mi pasaporte peruano y entregarle en su lugar mi pasaporte británico. Pero opté por dejar pasar todo y ver el final.Pasé días estupendos en Jujuy y Salta. Allí fui recibido por excelentes amigos. Confiado en mi experiencia viajera tenía contemplado visitar Tucumán, la tierra de Mercedes Sosa, para luego hacerle una visita sorpresa a una amiga que vive en Buenos Aires. Estaba seguro que ella, al responder el toque a su puerta, me iría a decir: 'por qué no avisas hinchapelotas'. Estaba en ello cuando fui a averiguar primero, por la compra de un vuelo de Salta a Lima. Setecientos dólares me dijo el hombre, no podía conseguir nada más barato. Yo me dije que por ese precio podría viajar a Barcelona o Madrid, entonces decidí la alternativa del viaje terrestre desde Salta a Lima. Me agradaba la idea. Crusaría por el desierto de Atacama y reconocería las ciudades norteñas del país mapocho. La estación de buses de Salta está cercana al centro de la ciudad. Habíamos disfrutado de una noche de peña salteña,  habíamos comido en los restaurantes de la plaza principal, también en los kioskos del mercado local, habíamos subido al teleférico. En Tarija, Jujuy y Salta,  comimos buenos helados. Ya en la estación averigué por el precio del pasaje a Lima. 2,800 pesos me dijeron. Pero si ayer me lo ofrecieron a 2,400 pesos, protesté. Ah! sí, sí, déjeme ver, sí, sí hay uno en 2,400 pesos. Bien, le dije, le pedía que me asegurará que sería un asiento cama. Sí, me dijo, es asiento cama pero que debería pagar 400 pesos adicionales. Acordamos entonces. Tendría que regresar a las 5.45am al terminal de buses de Salta. Allí me recogería un omnibus que me llevaría a la estación de Güemes. Con la ayuda de Soledad pude organizarme para llegar a tiempo a la estación. 
Primer desentendimiento: el bus hacía Güemes saldría a las 5.45 am y el bus de Güemes hacía Lima saldría a las 6.15 am.  Esto yo no lo entendía porque el tramo de Salta a Güemes demoraría una hora. Me dijeron que no me preocupara, que el omnibus de las 6.15 me esperaría. Al final fui yo quien esperaría el bus por más de dos horas. La unidad era de la empresa "La Veloz del Norte" que hizo su aparición a las 8.15 am. 
Esperábamos en la calle, bueno, en la calle está ubicada la estación de Güemes, en la calle también se encontraban los koskos de las agencias, las cuales no sabían nada de nada y menos la hora de llegada de sus vehículos. No había café para la venta. La gente esperaba, con frió, la llegada de los omnibus. Llegaban buses con destino a todas partes menos a Lima. Fui al kiosko de la 'veloz' empresa donde me dijeron que el bus estaba en camino, y que ya estaban en el lugar los tres choferes que se harían cargo de la conducción del vehículo. Efectivamente, divisé a tres hombres argentinos que preparaban las botellas de gaseosas que, me imaginaba, serían para el servicio de los pasajeros con destino a Lima. Ellos se la pasaron conversando amenamente durante las dos horas de espera, reían, fumaban, se abrazaban y de vez en cuando besábanse entre ellos. Ya abrían algunos kioskos. Pedí un café que costaba 20 pesos, lo puse en la barra y cuando me disponía a levantar el vaso caliente, el bus para Lima aparecía en una esquina. Dejé el café, sin probarlo, y en la corrida hacía el bus, sin darme cuenta, dejé caer mi lapicero. Como acto de magia un hombre de sombrero y vestimenta típica argentina, se aparecería ante mi, me alcanzaba el boli mirándome a los ojos. No supe como agradecerle, sobre todo, porque hace unos minutos lo habia visto sentado, junto a dos mujeres que suponía eran su esposa e hija. Ellas bebían mate. También vestían sombreros blancos, planos, y tenían una bella estampa. Parecían haber venido de otro mundo. La comunicación era solamente entre los tres y el lenguage que usaban no lo entendía. Ella, blanca, alta, vestido largo, me miraba por el rabillo del ojo. Yo no sabía que hacer, que decirle, me asustaba el padre. El mismo que corriendo vendría a alcanzame el lapicero que en mi torpeza hice caer al suelo. No se me pudo ocurrir nada y en mi mente quedó flotando la imagen de esa belleza típica argentina.
Subí al bus pensando en ella, posiblemente tucumana o de Santiago del Estero, no lo sé. Pensaba en mis veinte pesos y en el café que quedó caliente en la barra. Ahora nos sentábamos en los asientos del bus. Los choferes también se instalaban en su cabina.  En eso se escucharía por el parlante la presentación oficial de los choferes: Victor, Jesús y José, Me acordé del estribillo: 'la pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno, alegre y divertido sos un gordito simpaticón".  Y en efecto estos tres mosqueteros del volante eran simpaticones, como lo repetían en una época "Los tíos queridos".
Lo primero que nos dijeron era que dentro de diez minutos la empresa nos invitaría un desayuno en Güemes. Yo que había abandonado mi café, en medio de un carnaval de confusión, me alegré y ya empezaba a imaginarme esos huevos fritos, sus tostaditas. Y con suerte, tal vez, me decía: una sopita boliviana. Gran sorpresa sería cuando llegamos al lugar y lo encontramos cerrado. Esperamos. Al mismo tiempo los reyes del volante nos decían que aprovecháramos en comprar víveres para el camino porque ese sería el único alimento que tendríamos en Argentina. Luego, nos dijeron, que por cuestiones de divisas y al no permtirse parar en territorio chileno, no tendríamos nada que comer hasta llegar a la frontera con el Perú.  Nos esclarecieron que tendríamos la segunda comida que pagaría la empresa, en territorio peruano. Luego tendríamos una última comida en Camaná, pero nos explicaron que esa comida la deberíamos pagar los pasajeros y, que sería recomendable que, como la empresa había invitado dos veces, los pasajeros deberíamos pagarle el refrigerio a los chóferes, jajajajajajaja, eso fue lo que dijeron, seguramente en broma, jajajajajajajaja. Abrieron el café de Güemes. Yo esperaba llegásen mis huevos fritos, pero no. El desayuno que servían por cortesía de la empresa consistía de un café y una galletita, jajajajajajaja. Eso último no era broma. También nos recomendaron que al terminar nuestro desayuno debiéramos visitar la bodega contigua al café, que allí deberíamos agenciarnos comida para el camino.  Así lo hice yo. Nadie más lo hizo. Compré dos sandwchs de queso y jamón, ocho caramelos, dos botellas de fanta,y dos bolsitas de papas fritas.  Grave error, no era suficiente lo comprado para tan larga jornada que cruzaria el desierto de Atacama. Llegamos al Paso de Jama para entrar a Chile. Allí hubo revisión de documentos. Los conductotres dijeron que no deberíamos ensuciar el bus. Dijeron que ellos no sabían que cosas nosotros hacíamos para ensuciar el bus, jajajajajaja, muy serios lo decían. También dijeron que el bus debería permanecer limpio porque entraría una autoridad de salubridad y que si no manteníamos limpia la unidad podríamos tener contratiempos en el viaje, y que si queríamos llegar más rápido al Perú, deberíamos conservar limpio el autobus. Tan bien me convencieron que empecé a llenar mis desperdicios en una bolsita plástica, jajajajajajaja. Por último nos dijeron que para agilizar el paso en migraciones sería conveniente que dos o tres pasajeros ayuden a cargar las maletas, que migraciones tenía su gente para ello pero que con ayuda nuestra sería más rápido.  Allí sí que yo me asusté porque no tenía ganas de cargar nada y menos bultos ajenos, jajajajaja.  Pasamos el Paso de Jama que te recibe con vientos fríos, huracanados. Nos hicieron esperar en la puerta con nuestro equipaje. A algunos les pidieron que los remuevan de la entrada porque estaban pasando la maquina enceradora. Los agentes se hacían rogar para empezar la atención, veían sus relojes, entraban y salían de sus cabinas, algo así como cuando acomodan a los caballos para las carreras de caballos. 'Ahora!', dijo alguien, y la muchedumbre, la masa, algunos la llaman pueblo, avanzó hacía la autoridad con un sentimiento vallejiano. Paso de Jama no ofrece nada, no hay tiendas, nadie vende un refrigerio, un café, nada de nada. Todos abordan el bus que llevaba durante todo el camino solamente café caliente. Cruzaríamos el desierto, dormiríamos, luego vendría la policía de inmigración en Santa Rosa, Perú.  Allí detendrían a dos pasajeros que eran buscados por la policía. No los dejaron viajar con el grupo. Viajarían a Lima, su esposa y su hijita, una niñita de dos años de edad. También viajaría un joven con quien conversé en Güemes, un muchacho andahuaylino que había llegado a la Argentina, solo, a la edad de ocho años, ahora tenía 23 e iba por primera vez de regreso a Lima. Pensé que lo suyo era una odisea. Me dijo que tenía documentos argentinos, que trabajaba en la construcción civíl, hablaba como argentino 'Che', y que estaba casado y que tenía 'un chango, Che'. Con presentimiento kafkiano me preocupé por su llegada a Lima. No conocía Lima y no sabría como llegar a Andahuaylas, lugar muy alejado de la capital peruana. Lo ví como a un hijo y le desee lo mejor. Me alegré cuando lo vi en conversación amena con una joven peruana de su edad, reían, ella tenía una bebita, reían. El iba feliz pensando seguramente, como Vallejo, en el regazo de su madre.
Estas son las peripecias que pasan los hombres y mujeres de a pie cuando hacen viajes que cruzan las fronteras de países hermanos. Mientras tanto existe una minoría de personas que puede viajar por avión, primera clase, clase ejecutiva, VIP, que tienen lugares especiales de reposo en los aeropuertos, estos espacios los apartan de la 'chusma', de los comelotodo, de los vendelotodo, de los que lloran borrachos cantando el himno nacional, como diría Roque Dalton, 'mis hermanos'. Cuando le conté a mi amigo salteño Oscar Rallin acerca de estos sucesos, él intentó disculparse por el maltrato que había recibido de manos de "La Veloz del Norte". Pero Oscar no supo que yo había decidido que cuando vuelva a la Argentina, hasta su tierra, Tartagal, iría a bordo de un autobus de esta empresa de transporte, pues, muy pocas empresas te brindan oportunidades para escribir historias como esta. "Arena, arenita, arena tapa mi huella......".

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