Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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3 de octubre de 2015

Entrevista a Vallejo en el Heraldo de Madrid

Los americanos de París: El poeta César Vallejo, en Madrid
Trilce, el libro para el que hizo falta inventar la palabra de su título
Alguna vez escribiré un libro titulado Jefe de andenes, para acusar recibo de todos los grandes, pequeños y medianos hombres que vienen a "L’Espagne”. En estos días, dos poetas: después de Vicente Huidobro, que quedó reseñado en nuestro Heraldo, César Vallejo, peruano de raza, pasado por París.
Tenía viva curiosidad por conocer a este César Vallejo. "Ciap” ha lanzado hace poco una reedición de Trilce, su libro de poemas, que era ya famoso en los nuevos decamerones.
Y he aquí que se produce el milagro kilométrico, porque el viaje de un poeta siempre tiene mucho de milagro y anuncian en las ciudades los cambios de temperatura, por consonancia con la literatura. ¡Conmovedor!
Ha llegado el indefinible Vallejo. Yo recuerdo unas palabras del nuevo libertador de América, Carlos Mariátegui, que nos explicaba cómo el ultraísmo, el creacionismo, el superrealismo y todos los “ismos” son elementos anteriores en él, dentro del panorama de su sueño; elementos, en suma, que no permiten catalogarle tampoco en ninguna escuela. Así lo creo yo también. Asombra su autoctonismo y los lejanísimos mares, las remotas palabras que le sirven a este hombre desinteresado de partidos politicoliterarios para construir su poema con el mismo sentido personal y directo que las flores producen su olor. César Vallejo aprisiona en Trilce la precisión como principal elemento poético. Sus versos me dieron, cuando lo conocí, la impresión de una angustia sin la cual no concibo al verdadero poeta. Su desgarramiento por lograr la verdad -su verdad- me pareció terrible.
A otra cosa y otra cosa: la gracia de su cultura. Desde la primera poesía comprendí que no era el montañés peruano que me querían presentar algunos, creyendo favorecerle con la simulación de un poeta adánico, cazado en lazo de auroras en la serranía donde él comía soles, ignorando que sus zapatos eran de charol. No, no ¡No! Yo veía en él las conchas de la experiencia, la cultura del sufrimiento, la fosfatina poética convertida en la mermelada del hombre de los grandes hoteles de la tierra, que sabe que la luna no tiene nada que ver con la Luna de Montparnasse. Un hombre, en fin, que sabía pelar la naranja de sus versos sin poner los dedos en ella.
He aquí que ahora, traído por el gran Pablo Abril de Vivero, el fundador de Bolívar, el excelente escritor, a cuya labor americana en España se debe mucho más de lo que se aprecia, que tengo frente a mí a César Vallejo. ¿Cómo es César Vallejo?
Duros y picudos soles le han acuchillado el rostro hasta dejarlo así: finamente racial, como el de un caballerito criollo de Virrey nato, que con espuela de plata fuera capaz de hacer correr al caballo de Juanita y espantarle el Rívoli. Mazos de pensamiento sacaron su frente y hundieron sus ojos, a los que la noche daba el kool de quienes suspiran más hacia dentro que los demás. Este hombre, muy moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo, cuya risa tortura en cicatrices el rostro, habla con la misma precisión que escribe, y no os espantará demasiado si os juro que en el café se quita el abrigo y lo duerme en la percha.
—César Vallejo, ¿a qué viene usted?
—Pues a tomar café.
—¿Cómo empezó a tomar café en su vida?
—Publiqué mi primer libro en Lima. Una recopilación de poemas: Heraldos Negros. Fue el año 1918.
—¿Qué cosas interesantes sucedían en Lima en ese año?
—No sé... Yo publicaba mi libro..., por aquí se terminaba la guerra... No sé.
—¿Qué tipo de poesía hizo usted en sus Heraldos Negros?
—Podría llamarse poesía modernista. Encajaban, sí, en un modernismo español, en un sentido tradicional con lógicas incrustaciones de americanismos.
—¿Recuerda usted...?
Es Abril quien la recuerda:
Qué estará haciendo ahora mi andina y dulce Rita,
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre,
como flojo coñac, dentro de mí.
Lo ha recitado César Vallejo mal, muy mal; pero no tan mal que yo no aprecie las excelencias de esta estrofa, que revela -y más si se la mira con el sentido histórico de su fecha- un auténtico poeta. En ella veo, por lo pronto...
—Veo por de pronto, amigo Vallejo, algo importantísimo en un poeta y sin cuya condición no me interesan ni los poetas ni los prosistas ni las locomotoras; la precisa adjetivación: "flojo coñac”.
—La precisión -dice Vallejo- me interesa hasta la obsesión. Si usted me preguntara cuál es mi mayor aspiración en estos momentos, no podría decirle más que esto: la eliminación de toda palabra de existencia accesoria, la expresión pura, que hoy mejor que nunca habría que buscarla en los sustantivos y en los verbos... ¡ya que no se puede renunciar a las palabras!...
—En Trilce, por ejemplo, ¿puede citarme algún verso así?
—Vallejo busca en su libro que yo he traído al café, y elige lo siguiente:
La creada voz rebelase y no quiere
ser malla, ni amor.
Los novios sean novios en eternidad.
Pues no deis 1, que resonará al infinito.
Y no deis 0, que callará tanto,
hasta despertar y poner en pie al 1.
—Muy bien. ¿Quiere usted decirme por qué se llama su libro Trilce? ¿Qué quiere decir Trilce?
—Ah, pues Trilce no quiere decir nada. No encontraba, en mi afán, ninguna palabra con dignidad de título, y entonces la inventé: Trilce. ¿No es una palabra hermosa? Pues ya no pensé más: Trilce.
—¿Cuándo llega usted a Europa, a París, Vallejo?
—En 1923, con Trilce publicado el año anterior.
—¿Usted no conocía a los modernos poetas franceses?
—Ni a uno. El ambiente de Lima era otro. Había alguna curiosidad; pero concretamente yo no me había enterado de muchas cosas.
—¿Cómo pudo usted hacer ese libro entonces, ese libro que, incluso como poesía verbalista, pregona conocimientos de toda clase?
—Me di en él sin salto desde los Heraldos Negros. Conocía bien los clásicos castellanos... Pero creo, honradamente, que el poeta tiene un sentido histórico del idioma, que a tientas busca con justeza su expresión.
—¿Qué gente conocía usted en París?
—Poca. Desde luego no busqué escritores. Después encontré a un chileno, Vicente Huidobro, y a un español, Juan Larrea.
(Séame aquí permitido recordar a Juan Larrea, poco o nada conocido de nadie. Gran poeta nuevo. Le conocí en el Archivo Histórico Nacional, donde era archivero. Un día se despidió, abandonó la carrera y dijo que iba a hacer poesía pura a París. Dos o tres años. Se fue a París, diciendo que se iba a hacer poesía pura, y se metió en un pueblo peruano, donde, naturalmente, no se le había perdido nada. Dos años de soledad, de aislamiento. Nunca quiso publicar sus versos. Un día se cansará definitivamente, y diciendo que se va a hacer poesía pura, llegará al limbo de los buenos poetas, donde ángeles desplumados tocan violines de sueño. ¡Gran Larrea!)
—Para terminar, amigo Vallejo, ¿obras inéditas?
—Un drama escénico: Marnpar. Un nuevo libro de poesía.
—¿Qué título?
—Pues... Instituto Central del Trabajo.
Entrevista de César González Ruano a César Vallejo, publicada en Heraldo de Madrid, Enero de 1931.
Foto: limasocialdiary
fuente:http://portalperu.pe

1 comentario:

videlmo nùñez tarrillo dijo...

Es impresionante recordar aquellas anécdotas de nuestro poeta Vallejo en la hacienda de Mansiche /Trujillo),propiedad de Antenor Orrego cuando estaba refugiado al ser perseguido por la justicia,por una falsa acusación. Relata Antenor Orrego Espinoza: "Vallejo estaba asilado en mi rústica casa de campo-en Mansiche, pueblesillo rural cercano a Trujillo- El poeta eludía, por esa época, la persecución de la justicia a consecuencia de los sucesos de Santiago de Chuco. Dormíamos ambos en el único dormitorio de la casa. Una noche desperteme sobresaltado a los gritos angustiados de mi huésped que me llamaba desde su lecho. Cuando abrí los ojos en la penumbra, Vallejo estaba delante de mí, temblando como un azogado de la cabeza a los pies: "Acabo de verme en París-me dijo- con gentes desconocidas y,a mi lado, una mujer, también desconocida. Mejor dicho, estaba muerto y he visto mi cadáver.Nadie lloraba por mí". La figura de mi madre, levitaba en el aire, me alargaba la mano, sonriente. Inútiles fueron mis esfuerzos para calmarlo.No dormimos ya el resto de la noche. Hicimos café. El alba nos sorprendió conversando. El poeta solía llevar debajo del brazo un abultado fajo de papeles manuscritos (eran los versos, más o menos unas cuarenta composiciones), muy aturdido y nervioso.No podía serenarse. Orrego le promete comenzar la lectura esa misma noche y le da una cita para el día siguiente.
Después de unos años, en las postrimerías de su vida, Vallejo le escribe una carta a su amigo Antenor desde París, haciéndole recordar esa visión que tuviera en Mansiche, con un poema en la que anticipa la escena de sus propios funerales: "Recuerdas, Antenor, esa visión terrorífica que tuve una noche en tu casa y que me causó tan invencible pavor?
En realidad, fue Antenor Orrego,nacido en Montán(Chota-Cajamarca), quien -cuando nadie en el continente se atrevía a prologar el controvertido libro "Trilce"(1922)-él lo hiciera con mucho orgullo, con estas elogiosas palabras: "He aquí, a mi juicio,la posición fundamental de César Vallejo con respecto a la poesía...Ha descubierto que las artes no son sino versiones parciales, versiones escuetas, estilizadas del Universo.Ha descubierto los estilos y y los instrumenmtos para expresarlos: las técnicas. Vallejo está destripando los muñecos de la retórica. Los ha descubierto ya. Elpoeta quiere dar una versión más directa, más caliente y cercana de la vida. Ha hecho pedazos todos los todos los alambritos convencionales y mecánicos. Quiere encontrar otra técnica que le permita expresar con más veracidad y lealtad su estilo de vida.
La América Latina -cero yo- no asitió jamás a un caso de tal virginidad poética. Es preciso ascender hasta Walt Whitman para sugerir, por comparación de actitudes vitales, la puerelidad genial del poeta peruano. De esta labor ya se encargará la crítica inteligente, si no hoy, mañana.
Orrego, en su instrospección estética, refiere que Vallejo quería librarse del yugo de las técnicas para expresar el crudo temblor de la Naturaleza. Y, más todavía, quisiera matar el estilo para traducir la desnuda y fluida presencia de su ser. Termina su prólogo diciendo: "En este oscuro período del dicterio el espíritu del poeta crecióse superando su potencialidad creadora.Allí se estilaron con sangre de sangre, los mejores versos de Trilce. Donaba ritmos y marcaba agravios. Que América y la posteridad tengan en cuenta las ciliciadas lonjas cordiales que vale este libro". En realidad, había nacido ya en un pueblito lejano y olvidado del Perú,el poeta más grande de la humanidad; que en pocos años pudo influir mucho, en ambos hemisferios de nuestro planeta.
Antenor Orrego,filósofo peruano y prologuista de C. Vallejo, nació en la hacienda de Montán-Chota (Cajamarca), al norte del Perú, y vivió su infancia (sus diez primeros años) en el Jr. 27 de Noviembre de la ciudad de Chota; luego, sus padres, vendieron la hacienda y se trasladaron a vivir en la ciudad de Trujillo (La Libertad).

VIDELMO NÚÑEZ TARRILLO