Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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6 de abril de 2015

LA LEYENDA DE EDMUNDO CRUZ

ESTA ES LA ENTREVISTA QUE TIENES QUE LEER PARA CONOCER MEJOR LA LEYENDA DE EDMUNDO CRUZ

Fuente: 

El Útero de Marita 


La semana pasada se anunció que el gran Edmundo Cruz pasaba al retiro, para dedicarse a sus proyectos personales, a los 78 años. Edmundo es una inspiración para todo el equipo de Utero.Pe y, en realidad, para todos los que intentan hacer periodismo en este país. Los dejamos con la versión completa entrevista de Emilio Camacho para el número 5 de la revista Carta Abierta.
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De su carrera como reportero de investigación se ha escrito mucho. De hecho, es una de las figuras más respetadas del periodismo nacional. Lo que se desconoce es su pasado como militante del Partido Comunista. Esta entrevista trata de esas memorias, de eso y de redacciones, de los riesgos y presiones que enfrenta el periodismo.
Entrevista Emilio Camacho
Carta Abierta

La fecha exacta se ha perdido en el tiempo. Pero eran los sesenta, quizá eso explique las hormonas alborotadas. Los protagonistas fueron cuatro jóvenes comunistas que querían conocer de París algo más que el Louvre y la Torre Eiffel. Edmundo Cruz era uno de ellos. Los otros tres cambiaron con los años. Uno de ellos es hoy un “octogenario periodista y catedrático”, el segundo es “un ingeniero que llegó a ser viceministro de Industria en la época de Velasco” y el tercero, también ingeniero, falleció hace un tiempo. Así los describe Edmundo.
Pero esa noche, en el barrio de Montmartre, no tenían cargos tan pomposos, eran apenas cuatro muchachos ansiosos que morían por conocer a las Folies Bergère, la compañía de bailarinas de cabaret que rivaliza con la del también famoso Moulin Rouge. Tuvieron mala suerte. Cuando llegaron a la boletería les dijeron que los tickets estaban agotados. Mientras rumiaban su poca fortuna, un tipo se les acercó y les hizo un anuncio increíble. Esa noche, las mismas chicas Folies Bergère iban a bailar en su local, así que los invitó con todo tipo de zalamerías a que lo acompañaran.
Aquel local al que llegaron no era un cabaret para turistas, apto para todos, era más bien un lupanar. Y las chicas no eran glamorosas como las Folies Bergère, por el contrario estaban más interesadas en brindar con champán con sus visitantes y en sentarse en sus piernas. A la mesa de Edmundo llegaron una joven española, una francesa y una turca. Y así, la noche se volvió alegre. Secaron varias botellas. Pero de pronto, uno de los cuatro tuvo un momento de lucidez. Se preguntó cuánto iba a costar aquella juerga. Pidió la cuenta e hizo entrar en razón a los otros tres. La cuenta, efectivamente, era monstruosa. Reunidos en un improvisado comité del Partido Comunista contaron uno a uno los billetes que tenían y vieron con horror que no eran suficientes. Temblaron. Pero por suerte, el hoy octogenario periodista y catedrático tenía “un guardadito” que ocultaba en el saco. Con ese dinero extra completaron la cuenta y la pagaron, salieron rápidamente del local, sin despedirse de sus tres fugaces amigas. Cuando Edmundo termina de contarme esto, todavía sigue riendo. Antes de ser uno de los reporteros de investigación más respetados del país fue dirigente del Partido Comunista y viajó por el mundo. Esa época le ha dejado en la memoria buen número de anécdotas y el recuerdo de una militancia que ya no tiene más.
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1969. Jorge Aliaga y Edmundo Cruz, miembros de la Comisión Agraria de la CGTP, detenidos en la Comisaría de Huaral, en los prolegómenos de la expropiación de la Hacienda Huando. Foto y leyenda: Carta Abierta.

¿Tu vieja militancia política te dio alguna ventaja a la hora de convertirte en reportero de investigación?
Sí. La militancia que tuve fue en el Partido Comunista, en la versión soviética. Esto fue en la época de las discrepancias con los pekineses (la versión pro china del Partido Comunista), yo asumí esta militancia apenas salí del colegio, el año 57. En esos tiempos, acabábamos de salir del Odriísmo y en el mundo estábamos en medio de la Guerra Fría. Entonces, en ese marco la corriente comunista y marxista era muy perseguida. Había que leer los libros de Mariátegui escondido. Además, el Partido Comunista y el aprismo habían sido ilegalizados. En ese marco, tuve que acostumbrarme a trabajar seguido y observado por la policía.
Dices que te acostumbraste a trabajar sabiendo que te vigilaban, ¿cuántas veces te detuvieron como militante del PC?
A ver, en el 59, apenas triunfó la revolución cubana, yo salí del país a una reunión de las juventudes del partido en Chile. En Chile el partido era legal. No había que usar seudónimos ni nada, así que me identifiqué como quien era. Con eso se hizo pública mi militancia. En ese tiempo, recién se había restablecido el régimen democrático pero el partido seguía proscrito. Así que ni bien volví de Chile me apresaron.
¿Dónde fue eso?
Yo ya estaba en Lima. Me habían estado buscando en la tienda que tenía con mi madre.
¿En La Victoria?
Sí, en La Parada, dijeron que yo había atropellado a una persona, pero yo ni siquiera sabía manejar. Pero allí no me capturaron. Me pescaron en la Plaza San Martín, cuando yo salía de Unidad, el vocero del partido, donde yo trabajaba. Allí, frente a la oficina, siempre había dos investigadores, esperando, viendo quién entraba y quién salía. Ellos me agarraron y me subieron a un auto. Estaba aterrado.
¿Cuánto tiempo estuviste preso?
Me detuvieron a las ocho de la noche y me soltaron a las ocho de la mañana del día siguiente por lo que ahora es San Luis. Me mantuvieron despierto, interrogándome, querían las direcciones de algunos dirigentes, yo no les dije nada. Primero me preguntaron de buenas maneras y luego me dijeron: “Bueno, como no quieres colaborar, tú lo has querido”. Entonces me pasaron a otra sala, con un moreno. Pero fue una amenaza, nunca me maltrataron. Luego fui detenido algunas otras veces, por algunas manifestaciones. La carcelería más larga que tuve fue de casi un mes, en una comisaría que estaba al costado de El Sexto.
¿Por qué te detuvieron esa vez?
Había participado en un mitin, dijeron que habíamos atacado a la Fuerza Armada. Pero en realidad fue para romper relaciones con Cuba, nos usaron como pretexto. Allí detuvieron a unos 50, quedamos 11. Estábamos calificados. Yo estaba en segundo lugar.
Así que eras un tipo peligroso.
(Sonríe) Bueno, primero estaba un troskista. Nos hicieron un proceso, en la madrugada, y cuando formalizaron ese proceso nos soltaron.
¿No resulta una paradoja que habiendo tenido una relación complicada con las Fuerzas Armadas te asignaran la fuente militar en la revista Sí?
Yo creo que la experiencia ayudó. De todas maneras, para mí siempre hubo cierta familiaridad con las Fuerzas Armadas, particularmente con el ejército. Yo vi llegar a los infantes a mi pueblo (Negritos, Piura), durante la guerra (del 41). De niño me interesé por las tumbas de los soldados que había en mi pueblo.
Tú naciste en el 37, en Negritos.
Ajá…
Que estaba en el área de influencia de la International Petroleum Company…
En su primera etapa fue el centro mismo de las operaciones de la IPC, agrupó a varias familias…
Ok, eso hizo que en este lugar hubiera una vida sindical muy fuerte, ¿dirías que eso también marcó tu orientación política?
Sí, Negritos marcó mi vocación. Estuve viviendo y conociendo la actividad sindical en todos los aspectos. Yo jugaba en el local de uno de los sindicatos.
¿Y cómo eras de muchacho, Edmundo? Yo pienso que eras un poco religioso y que cantabas los mismos pasillos ecuatorianos que le gustaban a tu madre.
Sí, yo era un chico tranquilo. Recuerdo haberme trompeado una vez nada más.
¿Ganaste o perdiste?
Salí medio abollado (se ríe). El otro era un bandido. Por orientación de mi padre, procuré ser estudioso. Mi padre era un hombre que no había terminado la primaria, pero se preocupó mucho en reforzar nuestra educación. Después de la escuela, todos íbamos al maestro particular.

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Edmundo utiliza audífonos. “Son mis antenas”, dice cuando pide que le hablen con volumen más alto. La causa de su problema auditivo fue un ejercicio mal ejecutado durante su preparación en el uso de armas. Olvidó la instrucción de abrir la boca mientras disparaba y sintió que algo le explotaba dentro del oído. Foto: Alejandro Guzmán / Carta Abierta

Volvamos a la cosa partidaria, ¿cuál fue el cargo más importante que ocupaste en el Partido Comunista?
Yo he sido miembro de la Comisión Política, Secretario de Organización, Secretario de Asuntos Sindicales…
Y también fuiste director de Unidad, de su vocero oficial.
Sí, sí, pero hasta allí nomás… (se ríe)
Ahora, me decías que tú empezaste tu militancia en plena fractura del comunismo, entre la corriente china y moscovita, ¿tú te reconoces a ti mismo como un pro soviético?
No, no me reconozco así, pero fui dirigente en su momento de una organización que se alineaba conscientemente y deliberadamente con la Unión Soviética.
Estuviste en tres ocasiones en la Unión Soviética, ¿qué es lo que más te marcó de estos viajes?
La Unión Soviética me permitió tener una visión más realista de lo que nosotros entendíamos como socialismo, creo que eso fue lo más importante. El vivir un tiempo allí -yo estuve seis meses en un período- me dio la oportunidad de conocer la realidad allí, en su salsa, no solo a nivel partidario sino en la convivencia con la gente.
Yo pienso que además de tu experiencia política, los viajes a la Unión Soviética te dieron experiencias personales únicas. Y no solo me refiero al tiempo que pasaste allí sino al camino que hacías para llegar o volver de la Unión Soviética. Me acuerdo de un caso puntual, creo que es el 63, en el que estás volviendo de la URSS, pasando por Chile, y no puedes entrar al Perú, ¿qué pasó allí?
En la primavera del 62 yo salí por primera vez a la Unión Soviética, a un curso político de la juventud comunista. A 30 kilómetros de Moscú había una especie de universidad política, con una nave para cada continente y una nave central para el dictado de clases. Era toda una ciudad universitaria, aislada, junto a un gran lago, hermosa. Pero no llegué a completar los seis meses de preparación. Lo que pasa es que recibí un mensaje a fines del 62, para que volviera al Perú, se había dado la ruptura con los pekineses. Pero yo no podía volver legalmente, por varias razones, primero porque yo estaba pedido.
El partido seguía siendo ilegal.
Claro, pero además habían ocurrido algunas cosas feas, en las que habían tenido participación algunos dirigentes de la juventud comunista.
¿Hablas del levantamiento de Héctor Béjar?
No, no. Había muerto un policía, acá, en Lima, y como yo estaba fuera me habían cargado la pelota a mí.
¿Quiénes te habían acusado?
Mis propios compañeros, que habían sido torturados. Tenían que responder cualquier cosa para evitar la tortura. Y ellos mismos me advirtieron, me enviaron una carta a través de mi hermana en la que me decían: no vuelvas. Pero el partido me pedía volver, había que resolver lo de los pro chinos, que se habían ido con los más jóvenes del PC. En febrero de 1963 llegué a Chile, yo debía entrar ilegalmente al Perú el 16 mayo. Pero cuando estoy en Arica, ya para entrar, ocurre en Madre de Dios el enfrentamiento del ejército con una columna del ELN de Héctor Béjar, en el que muere Javier Heraud. Ante eso, los mismos compañeros chilenos ordenan desde Santiago que me quede.
¿Cuánto tiempo tuviste que esperar?
Si mal no recuerdo, hasta las elecciones que debían ser en junio…
Las que ganó Belaunde.
En las que compitieron Belaunde, el Apra y el odriismo.
Es en esas circunstancias es que conoces a Pablo Neruda.
Claro. Yo recuerdo que el día de las elecciones, pasó por Santiago un dirigente del Partido que se llamaba Juan Barrio, que me invitó a almorzar. Fuimos a Teatinos, donde estaba el local del Partido Comunista en Santiago. Recuerdo que éramos cuatro en la mesa. Luis Corvalán, el secretario general del PC en Chile, Juan Barrio, yo y un señor calvo y ojeroso que se presentó como Pablo Neruda. Yo era el personaje desconocido en esa mesa, casi un chiquillo, tenía menos de 30 años, y lo primero que hizo Neruda fue preguntarme qué hacía allí. Le conté todo mi problema, lo de Heraud, y lo de las elecciones, que esperaba que Belaunde ganase para entrar de vuelta al Perú. Me miró y me dijo: “O sea que hoy puede ser tu día, o tu noche” (Se ríe cuando lo cuenta). Así fue nuestro encuentro.
En el libro de Santiago Pedraglio que ha salido hace poco (Conversaciones con ojos del siglo XX), tú dices que en los 60, los partidos de izquierda trabajaron en la eventualidad de tener que pasar a la vía armada, y que sobre ello no se ha hecho una autocrítica abierta, ¿tú, por ejemplo, recibiste instrucción militar ante la posibilidad de pasar a la vía armada?
Sí (hace una pausa de unos segundos), claro.
¿Cómo fue eso?
Era una situación especial, por varias razones. Primero, el factor de la revolución cubana, sin el cual no se puede explicar lo que pasó en los 60 y 70 en América Latina.
Con experiencias en el Perú, como la de Luis de la Puente Uceda…
…O Hugo Blanco, Guillermo Lobatón Milla o Héctor Béjar. Había un gran debate en América Latina. El Che Guevara decía que en América Latina había una situación revolucionaria.
¿Pero esa visión era realista?
La posición del Che era muy subjetiva, él sobreestimó el estado de ánimo de la población. Él decía: Basta con prender la mecha en cualquier país de América Latina para hacer la revolución. Esa era su teoría. Y entonces, ese debate estaba vigente, por la propia realidad de los países de América Latina que despertaban de los efectos de la Guerra Fría. Acá, por ejemplo, el movimiento campesino empezó a reverdecer, en Cusco una gran actividad que se expresaba en la gran federación.
Pero eso no era suficiente para aventurarse en una experiencia guerrillera.
Por supuesto, pero habían una serie de movimientos, los estudiantes, los sindicalistas. El movimiento sindical era muy fuerte en América Latina.
¿Y en qué consistió tu preparación militar?
Ah.. (sonríe) Bueno, en ese marco hay que decir que todos los partidos en América Latina no negaban la posibilidad de la vía armada. Y si bien, no todos fueron a los hechos, la mayoría se prepararon. Esa preparación consistía en un adiestramiento discreto, secreto, elemental, de manejo de armas, de técnicas de guerrilla, de técnicas de trabajo de información, de inteligencia, y eso se llevaba acá o fuera del país. Pero, esta era una corriente política que tenía un eje de respeto por los derechos humanos. Digo eso porque cuando surge Sendero, la izquierda se ve en una posición difícil. Ellos habían elegido un camino que la izquierda no había descartado, ¿cómo se enfrentaba eso?
¿Tú eres crítico en ese lado? ¿Piensas que no hubo un deslinde rápido en la izquierda?
Sí, no hubo un deslinde. Aunque en Huamanga sí lo hubo. Carlos Tapia es un exponente del enfrentamiento a la vía armada en el mismo punto que nació Sendero. Pero eso no bastaba. Cuando surge Sendero, habíamos tenido cuatro experiencias guerrilleras, hasta el 63. Sendero irrumpe el ochenta. Y sí, yo pienso que hubo debate en Ayacucho, pero no lo hubo a nivel de todas las fuerzas de izquierda. Allí hubo un vacío. Eso hace que la gente no diferencie a las corrientes de izquierda y Sendero.
O que sus enemigos asocien el terrorismo con la izquierda.
Sí, eso es algo que la izquierda no supo sacudirse a su tiempo.
Tú dejaste el Partido Comunista el 74, ¿por qué?
La razón puedo definirla en una palabra: desencanto. Y fue un desencanto profundo, vital. El partido no se preocupaba por formar cuadros. Y al vivir la experiencia en la dirección del partido, vi pujas, pugnas, luchas, en el terreno de la discusión ideológica, para cambiar el estilo de trabajo, ya no hablemos de las posiciones.
Edmundo, demos un gran salto en el tiempo. En el 89, con 51 años, empiezas a hacer periodismo de investigación en la revista Sí, algunos dirían que tardíamente, ¿por qué? ¿cuál fue tu principal motivación?
Después de salir del partido me dediqué a hacer periodismo institucional, hacía periodismo para sindicatos, para algunas empresas, y fui profesor. No me iba mal como periodista independiente, pero siempre sentía que había una suerte de desperdicio de la experiencia que yo había acumulado. Fue Ricardo Uceda el que se dio cuenta de que yo andaba medio perdido en ese mundo sindical, y él siempre me decía por qué no me metía al periodismo masivo. En el 86, Uceda me llevó al diario La Razón, que duró pocos días. Años después, en el 89, el mismo Uceda me lleva a la revista Sí.
¿Y no había riesgo de que tu formación marxista sesgara tu visión a la hora de reportear?
No, yo ya había aprendido que en la prensa partidaria tenías que defender lo que decía el partido y no la verdad, eso estaba claro para mí. Esa fue una de las razones por las que me aparté del partido. Pero la prensa masiva era distinta.
¿Cuál es la presión más fuerte que reciben en este momento los periodistas? ¿Es la presión política o la económica?
La presión de los poderes, en general, puede ser económica, política, o delincuencial. Lo que más preocupa es aquel poder que viene cargado de perversidad, de falta de valores. Eso es lo más peligroso.
¿Y sientes que los periodistas le ponen la puntería a los intereses económicos más que a los políticos?
El gran problema de los medios es el mercado. El mercado impone sus reglas, somete las reglas del periodismo profesional a sus intereses. Y los medios son el sistema circulatorio del mercado, los canales por donde circula.
Una pregunta más y terminamos, ¿Edmundo, quién es Miguel Carbajal?
(Lanza una carcajada) Bueno, ese es un seudónimo, el que usaba en la vida partidaria, en los 60. Siempre, en la militancia marxista, se acostumbraba usar un seudónimo.

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