Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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10 de enero de 2015

CRÍA CUERVOS Y TE SACARÁN LOS OJOS

CRÍA CUERVO Y TE SACARÁN LOS OJOS

Por Dr. Hugo Salinas


El asesinato de doce personas en las inmediaciones y en el propio local del hebdomadario “Charlie Hebdo”, en Paris, ha inmediatamente hecho reaccionar a la población a los gritos de “No al terrorismo”, “Viva la libertad de expresión”, “El 11 de setiembre de Paris”… Luego de esta primera reacción, sería bueno preguntarse, ¿por qué tanto odio, tanto ensañamiento, entre los unos y los otros?

“El 11 de setiembre” en Paris no es un acto casual, como no lo fue tampoco el 11 de setiembre del 2001 en Nueva York. Las heridas son profundas, de uno y otro lado. Para Estados Unidos e Irak la historia era reciente. Miles de muertos sobre la base de un argumento que ahora se sabe con certitud que era totalmente falso. ¿Han sido castigados los responsables de este genocidio o, por lo menos, existe un proceso judicial en curso? Nada. En cambio, la posición económica y militar de Estados Unidos en esa región se ha incrementado notablemente.

Los odios y los rencores no son casuales. Los países colonizadores hasta el siglo XX siguen manejando a los países africanos, principalmente, como a sus antiguas colonias. Miles de muertos en aras de la pacificación. El desempleo, la pobreza y el racismo campean. La época del esclavismo no ha sido resuelta todavía. Y las huellas de la humillación, del despojo, de la muerte, son todavía vivas en la memoria de las poblaciones. De ser la cuna de la civilización europea, ha pasado a ser “nada”, sin presente ni futuro. Es atroz, anti-natura. En esas condiciones, ¿cómo impedir los excesos?

Es como pedirle a los “indoamericanos”, a los “latinoamericanos”, que olviden el terracidio de su continente, el Tawantinsuyo; que olviden que fueron despojados de todas sus pertenencias para lanzarlos a vivir en la punta de los cerros, si por desgracia estaban todavía vivos. Bastó no entender lo que era una Biblia para considerarlos gentes sin alma y, por consiguiente, menos que nada. Pero el objetivo no fue ni la religión ni la evangelización. Fue el saqueo y la matanza.

¿Cómo olvidar fácilmente que nuestros ancestros fueron lanzados de por vida a los socavones de las minas, para satisfacer las ansias de oro y de plata del invasor? ¿Cómo olvidar que una población de más de veinte millones se viera reducida, en poco tiempo, a menos de 5 millones? No se conocen las cifras exactas del genocidio, es cierto, pero sí estamos seguros de que todos ellos, aquellos que construyeron la civilización tawantinsuyana, fueron despojados totalmente de sus bienes y lanzados al ostracismo. Una herida que la “independencia nacional” ha agravado.

Si olvidamos nuestro pasado, difícilmente podremos entender nuestro presente y, menos aún, saber construir nuestro futuro. Esta civilización occidental se sigue tejiendo en el horror, la matanza, la opresión, la pobreza, el desempleo… Grandes males en aras del desenfreno y la arrogancia de una parte insignificante de la población mundial. Sin lugar a dudas, estas no son las condiciones ideales para forjar una sociedad unida, coherente, solidaria. Pero es sobre esta realidad que estamos obligados a construir nuestro futuro.

Las grandes desigualdades socio-económicas, que no han caído del cielo sino que han sido construidas por los propios seres humanos en un desenfrenado interés individualista, deben terminar. No es posible seguir sosteniendo un modelo de desarrollo que conduce a extremos, tanto de los unos como de los otros. La base que sostiene esta civilización occidental debemos cambiarla por otra, que garantice la cooperación y el respeto entre los unos y los otros.

Es urgente rendirnos a la evidencia que estos grandes males son factibles de solución definitiva, y no de simples amortiguamientos de inclusión social. Nuestra mirada debe apuntar a erradicar el mal desde la raíz. Nos hace daño a todos, a los de arriba como a los de abajo, a los de la derecha como a los de la izquierda. No es un mundo habitable en el que actualmente vivimos. Se ha roto todo lo sano y bueno que tenía nuestro tejido social y económico.

No podemos ser indiferentes ante el enfrentamiento de los unos contra los otros, y contentarnos solamente con luchas reivindicativas, de mejoras salariales, ambientales, y mejores condiciones de trabajo. No debemos actuar con el criterio de esclavos, siervos, asalariados. Debemos recuperar nuestra condición de seres humanos, y luchar por la construcción de una nueva economía y de una nueva sociedad.

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