Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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8 de julio de 2014

Las mujeres malas de Vallejo

Nota de JAC.- Un interesante ensayo acerca de las posibles causas de la muerte de Vallejo y de las relaciones del vate con personalidades de su tiempo.  Rosas Ribeyro nos entrega en este brillante ensayo, evidencia irrefutable con la que su mente inquisidora rompe la tradicional predisposición de santidad con la que, generalmente, se juzga la vida y obra del gran vate universal. 
José Rosas Ribeyro nació en Lima y vive en Francia desde 1977.   Es periodista y productor de programas culturales en Radio Francia Internacional.



Un Vallejo propio y mío
Por José Rosas Ribeyro




Mientras Vallejo le informa a Larrea sobre su gonorrea y admite las dificultades para combatirla, le confiesa también sus problemas sentimentales, en carta del 10 de julio de 1926: “A Henriette la tengo que mandar mañana a su casa otra vez. Me jode siempre”. Un poco más tarde, el 26 del mismo mes, le escribe de nuevo a Larrea y da libre curso a sus obsesiones eróticas: “… habrá mucho calor allí y estarás culeando en dosis superlativas. ¡Ah! ¡zorrillo! En tanto, aquí, Marie Louise me pregunta siempre por ti, deseosa, sin duda, de charlestonear en el dancing y en la cama contigo”. ¿Y quien es ésta Marie Louise que parecen frecuentar tanto Vallejo como Larrea? No hay que ser adivino para darse cuenta de que se trata de una de las tantas prostitutas a las que recurría Vallejo para satisfacer esa “vayna” del sexo. Una de las que le habría contagiado la gonorrea de la que le es tan difícil deshacerse. No, Vallejo no era un santo, ni practicaba la castidad como podría parecer cuando se lee lo que escribió la señora Philippart sobre él. Y precisamente a ella, a la mujer con la que estará más o menos unido durante ocho años, le escribe una de las pocas misivas en francés que figuran en esta recopilación (in)completa de la correspondencia. Estas líneas escritas en una tarjeta que lleva impreso “César Vallejo” en mayúsculas al centro y debajo “Correspondant de ‘Mundial’ et ‘Variedades’ de Lima” son también las únicas, que se incluyen en el libro, destinadas a ella. Traduzco un fragmento en el que la alusión sexual es más que evidente: “Acabo de decirte adiós y mi corazón palpita aún con una felicidad imposible de expresar. Me siento arrebatado y loco por la emoción de haberte tenido por entero en mis brazos. ¡Estuviste tan llena de comprensión femenina!  Me siento verdaderamente feliz y eres tú quien opera ese milagro en mi vida”. Unas líneas más abajo vemos que la señora Philippart ha censurado dos frases, probablemente porque aludían a cosas sexuales de manera aún más cruda. La primera empieza por: “Tal vez yo…”, y la otra por: “Es porque te pedí…”. El misterio queda abierto, y como Georgette borró lo que Vallejo en verdad decía, cada lector puede completar las frases según le parezca que corresponde a su propia idea del autor de Trilce.
¿Cuál era la relación real de Vallejo con la señora Philippart? Unas líneas de la carta que le escribe el 5 de mayo de 1927 a Juan Larrea dicen mucho sobre ello, tanto que Georgette, que en sus propias aproximaciones biográficas hizo del poeta un santo varón, se indigna por lo escrito y se lo reprocha explícitamente al que fuera su compañero sentimental. Escribe Vallejo: “En cuanto a zorrillas, peleé con Georgette y he hecho volver a Henriette. Así son las cosas de inesperadas. En todo caso, estoy más tranquilo, porque, además, me he venido al Hotel Garibaldi, para evitarme complicaciones mujeriles”. Quizás sea triste decirlo, pero si damos crédito a estas líneas, Georgette para Vallejo era una “zorrilla” más, como Henriette y las otras mujeres de su vida: amigas, amantes o prostitutas. En sus Apuntes biográficos sobre Cesar Vallejo, la señora Philippart comenta: “Vallejo, injustamente, se expresa en forma poco menos que injuriosa de una adolescente. Digo adolescente con el significado absoluto del término…”. La adolescente injuriada es, por cierto, ella. Y para explicar las palabras tan duras de Vallejo, refiere que estando en la clínica Arago el poeta “quizás” sintiera hacia ella “remordimiento y desesperación”. ¿Por qué? De eso no dice nada.
El tema de la enfermedad vuelve con fuerza en carta del 30 de mayo de 1928 dirigida a Pablo Abril de Vivero. Ha trascurrido poco más de un año desde la alusión a las “zorrillas”  y las “complicaciones mujeriles”. Vallejo, en diferentes cartas expresa su deseo de quedarse en Europa “para toda la vida”; dice que en Lima, entre los limeños es difícil hallar “amigos verdaderos”; quiere pedirle al gobierno peruano que auspicie económicamente la publicación en francés de su “novela de folklore americano Hacia el reino de los Shiris”; menciona la posibilidad de ir a Nueva York “a liquidar mi vida de un solo golpe”; escribe: “tengo 34 años y me avergüenza vivir todavía becado”; planea volver al Perú “por unos cuantos meses”; se queja: “sólo este pobre indígena se queda al margen del festín”, y recién el 18 de abril, en carta a Abril de Vivero, expresa cierto sentimiento de revuelta contra el sistema establecido: “Puesto que no hay hombres dirigentes con quienes contar, necesario es, por lo menos, unirse en un apretado haz de gentes heridas e indignadas y reventar, haciendo trizas todo cuanto nos rodea o está a nuestro alcance. Y, sobre todo: hay que destruirse a sí mismo y, después, lo demás. Sin el sacrificio previo de uno mismo, no hay salud posible”. Así, pues, llegamos a ese 30 de mayo en que la enfermedad vuelve a expresarse: “Hace un mes estoy enfermo de una enfermedad de lo más complicada: estómago, corazón y pulmones. Estoy hecho un cadáver. No puedo ya ni pensar. Sufro también al cerebro. Un mes que no duermo. Una debilidad horrible”. Con ayuda de unos y otros Vallejo va a descansar a “un campo de los alrededores de Fontainebleau”, como lo señala en carta del 8 de septiembre de 1928 a Abril de Vivero. En esa misma misiva, refiriéndose a Georgette, dice: “la pobre chica que me acompaña”, lo cual tampoco debe de haberle gustado mucho a su fiel admiradora, aunque Vallejo diga inmediatamente después que la “pobre chica” “se ha portado con mucha nobleza…”. Y al mes siguiente, tras casi noventa días de reposo en el campo y haber conseguido un dinerillo, anuncia: “Hoy parto para Moscú”. Tiene la idea absurda de quedarse allá, lo “que sería mi ideal”, dice. Lenin ha muerto cuatro años antes y las grandes purgas de Stalin aún no han empezado, y la Rusia que descubre la parece a Vallejo “un país formidable”. En otra carta a Abril de Vivero escribe: “Lo del Soviet es una cosa formidable. Más todavía: milagrosa”. Pero por más formidable que fuera la Rusia soviética, tendrá que irse de allí y regresar a París, la otra “prisión” que conoce bien, además de la cárcel de Trujillo. Es una prisión sin murallas ni rejas y él vuelve incluso al hotelito de la rue Molière. En carta del 27 de diciembre de 1928 le confesará a la misma persona: “no pude sacar más del viaje” (a la Unión Soviética). Y ya casi para terminar la misiva escribe la frase que Georgette y demás feligreses de la religión comunista-vallejiana llevarán al cuello por los siglos de los siglos como un sambenito: “Voy sintiéndome revolucionario y revolucionario por experiencia vivida, más que por ideas aprendidas”. Esta frase contradice por completo la descripción del poeta realizada por la señora Philippart cuando escribe: “Vallejo trabaja como un presidiario en su iniciación, casi profesional, al marxismo”, ya que ella presenta a un Vallejo que en París estudiaba de la mañana a la noche los textos esenciales y sagrados del marxismo-leninismo y dejaba su salud en ese tremendo esfuerzo intelectual. Es, empero, una contradicción más entre las muchas de Georgette, pero sigamos adelante.
El 5 de julio de 1929 Vallejo se confía a Juan Larrea, el amigo entrañable con el que suele acudir a bares cabarets y maison closes parisinos: “Me he separado de Georgette y ya no vivo allí sino en 32 rue Ste. Anne”. Veintitrés días más tarde, en fecha en que suele festejarse en el Perú el día de la patria, le escribe a Abril de Vivero una frase en la que, una vez más, la enfermedad aparece ligada a cuestiones “mujeriles”: “Tras de que estoy enfermo, acabo de tener un encuentro violento con Georgette, que me ha puesto en un estado verdaderamente fuera de mí mismo”. Y unas líneas más abajo, arrepentido al parecer por la violencia, escribe: “Estoy pulverizado”. Dos meses y medio después, otra vez en tono confesional, le dice misterioso a Juan Larrea que la mujer que ama “sigue siendo, ella objetivamente, un problema terrible”. Y luego añade: “Sudo a chorros con ella. O me salvo, salvándola, o me salvo sin ella”. Vallejo un tanto misógino y siempre misterioso: las mujeres le hacen daño, tiene que huir de las mujeres.
Pasan los años, 1930, 1931, 1932… Vallejo sigue pidiendo dinero prestado a un amigo y a otro contrariado siempre “por mil dificultades económicas”. No obstante, viaja por Europa. “Hoy parto para Berlín”, le escribe tanto a Abril de Vivero como a Larrea y Domingo Córdoba, y luego envía cartas o tarjetas postales, tanto de esa ciudad como de Leningrado, Moscú, Praga, Budapest, Viena, Venecia, Roma, Niza, sin dejar de pensar, a veces, en un regreso definitivo al Perú y, otras veces, en una visita breve, “sólo por pocas semanas”. Va también, de nuevo, a España en abril de 1930, y en carta desde Salamanca a Abril de Vivero, escribe: “Esto es asqueroso”. París, la prisión a la que vuelve tras sus viajes, se le hace también “cada vez más insoportable”, como le escribe a Juan Domingo Córdoda el 10 de octubre de 1930. De regreso a España en enero de 1932, le escribe a Juan Larrea desde la capital: “Madrid es insoportable para vivir aquí”. Ya de regreso en París, el 15 de agosto de 1932, le cuenta al mismo amigo, con quien comparte sus intimidades, que Georgette “recayó como era de temer y ha vuelto al hospital. Esto debido a sus imprudencias”. ¿Cuáles son las imprudencias de la señora Philippart?, ¿acaso los embarazos indeseados que llevaron a abortos sucesivos? No hay que olvidar que, según ella, un revolucionario (y Vallejo, para Georgette, tenía que ser un revolucionario) no debía tener hijos. Leamos lo que ella escribe en sus Apuntes biográficos: “César Vallejo, marxista-leninista, se negaba terminantemente a tener hijos, por ser ellos, para todo militante revolucionario, las más graves trabas, pues son trabas humanas, inculpables e indefensas”. En febrero de 1933, en carta a Gerardo Diego, otro de los amigos que le ha prestado dinero en diversas circunstancias, le informa que Georgette está enferma “y acaban, al fin, de operarla. Hace tres meses que está en cama”. Otra misteriosa enfermedad, otra operación, ¿otro aborto? 
Vallejo muere el 15 de abril de 1938. Un mes antes, exactamente, le escribió a Luis José de Orbegoso: “Un terrible surmenage me tiene postrado en cama desde hace un mes, y los médicos no saben aún cuanto tiempo seguiré así”.

Hambre, tristeza, hipo y hasta paludismo…
¿De qué murió Vallejo? No soy el primero ni el último que se ha hecho esta pregunta. Su muerte un tanto misteriosa forma parte de la leyenda del poeta y se ha convertido incluso en tema de obras literarias recientes, como Monsieur Pain de Roberto Bolaño. Se ha dicho de todo, sea en el registro realista, sea en el metafórico. Que murió de tristeza. Que murió de Perú. Que murió de hambre. Que murió de hipo. Que murió de España. Que murió víctima de una enfermedad de los pulmones o del estómago o del corazón. Tuberculosis o cáncer. Y la última verdad revelada sobre el tema es que Vallejo murió de “un viejo paludismo, reactivado como consecuencia de factores exteriores desfavorables actuando sobre un organismo debilitado”, como escribe la señora Philippart en el texto ya varias veces mencionado. Sin embargo, en la correspondencia del autor de Trilce no hay ninguna referencia a dicha enfermedad y eso por una razón sencilla: ¿dónde pudo Vallejo infectarse del paludismo? ¿Acaso en Santiago de Chuco? ¿En Trujillo? ¿En Lima? ¿En París? ¿En Moscú? ¿En Madrid? ¿Dónde? Seamos serios: el paludismo o la malaria es una enfermedad de las regiones tropicales que se transmite sólo de dos maneras: a través de la picadura de un insecto o de la madre embarazada al feto que lleva en el vientre. Vallejo nunca estuvo en una de las zonas tropicales del mundo en donde una hembra del mosquito anófeles le hubiera podido transmitir el plasmodium de la malaria ni nació con el paludismo en la sangre porque lo contagió su madre. Que el doctor Lejard, que atendió a Vallejo en la clínica Arago en los momentos finales de su vida, le haya prescrito quinina, sustancia que se utilizaba para combatir el paludismo, no prueba nada sino la absoluta ignorancia francesa en relación a los países latinoamericanos, identificados todos con un exótico trópico que forma parte de un imaginario que subsiste hasta nuestros días. Cuarenta años después de la muerte de Vallejo, cualquier latinoamericano que acudía a un hospital francés era casi automáticamente dirigido hacia el servicio de enfermedades tropicales aunque viniera de las alturas andinas. Las recetas del doctor Lejard no prueban nada aparte de su incompetencia.
“¡Nunca se hubiera visto morir a un hombre que sólo está cansado!”, dice la señora Philippart que exclamó el doctor Max Arias Schreiber al visitarlo a Vallejo en la clínica y encontrarlo con fiebre y sin apetito. Y el propio poeta había escrito poco antes: “Un terrible surmenage me tiene postrado en cama desde hace un mes…”. ¿Pero se muere acaso de cansancio? ¿No era más bien el cansancio una manifestación de la enfermedad crónica que estaba matando al poeta? ¿Qué enfermedad? En vez de especulaciones vanas y antojadizas propongo que se vea el caso médico de Vallejo sin anteojeras, basándonos sólo en signos irrefutables. Y para ello su correspondencia es sumamente útil, ya que, además de una “hemorragia intestinal” y diversas manifestaciones del “abatimiento espiritual”, Vallejo sólo menciona concretamente una enfermedad, la blenorragia o gonorrea. Sobre ella dice, además, que no la trata debidamente y le produce fiebres y cansancio. ¿Y qué explica la ciencia médica sobre la gonorrea que no se cura con el debido cuidado? Pues que puede producir meningitis (inflamación de las membranas que cubren el cerebro), ceguera, pulmonía, enfermedades del corazón, hígado, riñones, próstata, artritis, esterilidad, etcétera. O sea, algunas de las cosas de las que sufrió Vallejo y que lo llevaron a la tumba.
¿Por qué el ocultamiento? Por la sencilla razón de que, tras los pasos de Georgette Philippart, se ha querido hacer de Vallejo un santo. Y un santo no muere a causa de una enfermedad venérea, sino de algo como el paludismo que remite al sacrificio de los misioneros en tierras de evangelización en el trópico, sea éste africano, asiático o americano. A pesar de todo lo que hemos leído en la correspondencia del poeta sobre sus problemas de salud, la que fuera su compañera sentimental se permite escribir en sus Apuntes biográficos: “En nueve años que estuve a su lado, ni una vez se enfermó Vallejo”. La mentira habla por sí sola. ¿Pero por qué miente Georgette? Por fervor ciego hacia Vallejo, porque desde que lo conoció en febrero de 1927 y lo arrancó de los brazos de Henriette Maisse, hizo de él el objeto absoluto de su vida. Creo que ella no amó al Vallejo real, sino a un Vallejo que se construyó en la imaginación, lo cual ocurre a menudo en las relaciones erótico-afectivas. Al describir en los Apuntes las circunstancias en que lo conoció, en la calle Montpensier, “a media cuadra de la casa donde mi madre y yo vivimos”, la señora Philippart escribe esta frase increíble que ilustra perfectamente lo que digo: “Vallejo quitándose el sombrero me saluda y veo una gran luminosidad blanco-azul alrededor de su cabeza”. En otras palabras, nos está diciendo que el sombrero de Vallejo escondía la aureola de santidad que emanaba de su cabeza. El amor es ciego, es loco, y por amor se dicen muchas tonterías y mentiras. Eso es tan viejo como el mundo.

Falsos amigos, impostores e inmorales  
No hay prácticamente quien se salve del odio de Georgette Philippart hacia todos los seres humanos que frecuentaron al poeta o que, de una manera u otra, tuvieron que ver con él. Una excepción que confirma la regla es Raúl Porras Barrenechea, otra, Francisco Moncloa, ya que ambos se plegaron amablemente a sus exigencias y caprichos. Probablemente el personaje más detestado sea Juan Larrea, el escritor español, amigo íntimo de Vallejo, a quienes le están destinadas 39 cartas de los 281 documentos que contiene la Correspondencia completa. El “querido Juan” de las cartas de Vallejo es calificado, entre otras cosas, de “impostor” y es víctima de los peores ataques e insultos a lo largo de los Apuntes biográficos. En verdad, lo que no le perdona la señora Philippart a Larrea es el haber dado a conocer las cartas que pintan a un Vallejo humano y contradicen la imagen celestial que ella construyó. Odia también, con toda el alma, a quienes han mencionado lo que todo el mundo sabe cuando se  leen las cartas: Vallejo vivía de préstamos que por lo general nunca devolvía. Y entre ellos, uno de los prestamistas desinteresados es Gerardo Diego.
Yo era un adolescente cuando concurrí a una conferencia que este señor, Gerardo Diego, ofrecía, creo, en el Museo de Arte del Paseo Colón. Debo confesar que sobre él, en ese entonces, no sabía gran cosa. Al leer Trilce me había dado con “Valle Vallejo”:
Albert Samain diría Vallejo dice
Gerardo Diego enmudecido dirá mañana
y por una sola vez Piedra de estupor
y madera dulce de establo querido amigo
hermano en la persecución gemela de los
sombreros desprendidos por la velocidad de los astros…
Y me había enterado después que este amigo de Vallejo, una vez derrotada la República, había colaborado con el régimen franquista. Así que, cuando fui a escuchar su conferencia, lo hice más por curiosidad por Vallejo que por simpatía hacia el conferenciante. Nacido en 1896, Gerardo Diego tendría entonces poco menos de setenta años. Era un señor discreto, extremadamente amable, que hablaba con voz pausada y sin cambios de tono. No recuerdo detalles exactos de lo que dijo, sólo sé que rememoró su relación con Vallejo, la vida de éste tanto en Francia como en España, y sus constantes dificultades económicas. Y que al hacerlo evocó algunas ayudas pecuniarias que él mismo le hizo. Nada había en sus palabras que denigrara al autor de Trilce, ni ironía, ni burla ni desprecio. Mostraba más bien un profundo respeto por el poeta que, pese a dichas dificultades, había escrito algunas de las páginas más importantes de las letras contemporáneas en castellano. No obstante, de repente, sin que yo ni nadie, creo, se espera un tal exabrupto, una mujer también de cierta edad se acercó a la mesa de Gerardo Diego y le lanzó monedas a la cara mientras le gritaba que con eso le pagaba lo que Vallejo le debía o algo así. Ella misma relata que años antes, durante una conferencia en la Universidad de San Marcos, se acercó una primera vez al poeta español, amigo de Vallejo, y al alcanzarle un sobre con billetes dentro (que él no aceptó) le dijo: “Aquí tiene su dinero”. Como puede apreciarse, la segunda vez el acto fue mucho más violento. Me quedé frío: yo a los quince años (más o menos) había sido testigo presencial de una de las tantas manifestaciones de los odios de la señora Philippart. Odios que he vuelto a encontrar al leer los Apuntes biográficos que ella exigía que se publicaran acompañando las Obras completas de Vallejo.
Georgette a veces opta por ignorar a ciertas personas y, por lo general, prefiere recurrir al insulto. Ignora casi por completo a Alfonso Silva y a Pablo Abril de Vivero, a pesar de la enorme importancia que ambos tuvieron en la vida de Vallejo. E insulta a todos los demás amigos y conocidos o minimiza la relación que tuvieron con él. Pese a las evidencias que contradicen su afirmación, para ella la relación con Juan Larrea “no tuvo mayor gravitación en la vida de Vallejo”. Este intelectual y otros, como Luis Monguió, André Coyné y James Higgins, a los cuales menciona, son “loros descerebrados”. Según la señora Philippart, “Vallejo no tenía amigos apristas sino relaciones apristas”, aunque el poeta en una carta califica a Haya de la Torre de “amigo” y cuenta que se ha emborrachado con él en París. Tampoco se salvan de su furia los comunistas, ya que, según ella, Gonzalo More no es sino “un amigo relativo de Vallejo” y un ser “totalmente amoral por no decir inmoral”. En otro momento, vinculando a More con el “impostor” Larrea, escribe: “Juanito Larrea y Gonzalo More, igualmente reaccionarios, igualmente oportunistas e igualmente inmorales en la circunstancia de la guerra civil de España”.
El odio no tiene fin y una vez que empieza se alimenta con más odio. Y así, a Armando Bazán, otro amigo de Vallejo, el odio le cae con particular virulencia: “Me parece más cerca del enfermo que del hombre sano”, dice. Y añade luego: “Creo comprender que Bazán sufre de impotencia sexual”. Casi nadie se salva de la lengua viperina de Georgette Philippart, y Vallejo, allí en Montparnasse, 12ª división - 4 ligne du Nord, número 7, se da vueltas y más vueltas en su tumba y alimenta en el dolor su misoginia. ¿Ninguna de las personas que frecuentó Vallejo valía nada?, ¿todos eran lo peor de lo peor? Difícil creerlo, ¿no?

Salida por la calle Moliére: mis días ordinarios
El 18 de mayo de 2008, con mi caligrafía infantil y desordenada anoté en un cuaderno rojo de Los días ordinarios: “Me detengo ante el hotelito, rue Molière, donde viviste tres o cuatro años. La Ópera ya estaba allí mismo, al lado, y más al lado todavía, la Comédie française. Los señores en esmoquin y las damas encopetadas ya lucían sus joyas y su cultura en espectáculos que les estaban destinados, mientras tú soportabas el frío, la suciedad, las fiebres de la gonorrea y a la insoportable Georgette. Soportabas y escribías, sobre todo poesía, felizmente, porque sino te hubiéramos olvidado como se olvida a los narradores mediocres y a los ensayistas y cronistas poco lúcidos. Tú eras sobre todo poeta. Y a ti no te he olvidado. No por la placa en la que figura tu nombre, en el hotelito de la calle Molière, hacia la izquierda, sino precisamente por los poemas que escribiste allí y en otras partes a pesar del frío, el hambre, las borracheras, las enfermedades, las zorrillas y Georgette. ¿Fuiste alguna vez a la Ópera o a la Comédie française a ver un espectáculo? No recuerdo que haya indicios de ello en tus crónicas. Qué triste la calle Molière el domingo (como hoy) al morir la tarde, qué triste tu tristeza que me llega a través del tiempo y se me incrusta en el pecho. Te confieso que no vine a tu barrio especialmente a visitarte. Estuve antes con Sophie Calle (¿una zorrilla acaso?). No, no la conociste, ella recién nació en 1953 y tú ya estabas muerto y enterrado. Fui a la vieja Biblioteca Nacional, que ya estaba allí cuando tú vivías en el barrio, para ver la carta de despedida de un ex amante de Madame Calle y los ciento y no sé cuántos comentarios especializados de sus diversos y variados invitados. Y al salir de allí, divagando mientras erraba por las calles me di con la tuya, la rue Molière, y me detuve frente al hotel en el que viviste. Y ahora por fin, en Saint-Michel, te nombro: César Vallejo”.
Cierro mi cuaderno y repito contigo, mi Vallejo propio y mío: ¡Cúidate del leal ciento por ciento! ¡Cúidate de los que te aman! ¡Cúidate del futuro!
© José Rosas Ribeyro, 2009

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