Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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28 de noviembre de 2013

Mufida, La angolesa

"Mufida, La angolesa"
Libro de cuentos de Jorge Aliaga Cacho
Editorial Altazor
Alonso nació en La Mezquita de Jarque, un lugar yermo en la región de Teruel que no le ofrecía ni la vitalidad ni el encanto que su juventud requería. Allí, decía que no pasaba nada ni siquiera el viento. Algo peor, parecía que el Señor había dejado inconclusa la creación y en donde lo único que parecía moverse era la cola de un perro vagabundo venido de Valdeconejos.
Un día, Alonso sintió como si al lugar se le hubiese apagado el sol y decidió mudarse a la villa de Aliaga que, aunque no tenía nada de espectacular, por lo menos ofrecía un bar donde los fines de semana se reunían los muchachos venidos desde Teruel y Zaragoza. La villa tenía un castillo construido hace más de mil años por los árabes, también tenía una iglesia en la que se oficiaba la misa en latín y un cementerio en donde descansaban más «habitantes» que en toda la región. En el Ayuntamiento se impartían clases de Sevillanas para las dos únicas mozuelas que vivían en el pueblo, y el bar Don Alfonso servía para que los viejos esperaran el paso del tiempo entre carajillo y carajillo.
Los sábados, los mancebos traían su paga para derrocharla en el bar. Libaban desde tempranas horas y se embutían todas las tapas[1] preparadas por el cocinero, quien también era el propietario del bar. Se llamaba como el Sabio rey Don Alfonso, aunque este y su mujer no poseían abolengo y se jactaban de provenir de una familia de agricultores de Jalca. Después de emborracharse, los chicos salían del bar cantando y se dirigían por las viejas calles de la villa. Pasaban por el edificio del Ayuntamiento y, antes de dirigirse a la Ermita de Nuestra Señora de La Zarza, se orinaban sobre el puente del río Guadalope entonando canciones republicanas:
Que tururururú, que tururururú.
Que tururururú, que tururururú.
Que tururururú, que la culpa la tienes tú.
Más de cien pesetas cuesta la ternera
ni que el animal un hijo de Franco fuera…
Que tururururú, que tururururú.
Que tururururú, que la culpa la tienes tú.
Luego, algunos meando todavía, perdíanse por el cementerio del pueblo desolado.
     Ese villorrio era lo único que retenía a Alonso en esa parte del mundo, al menos allí esperaba a sábado para ver llegar a los muchachos. Nada más había en la zona porque hasta la central termoeléctrica del lugar, que era la única fuente de trabajo, se encontraba cerrada hace ya muchos años. «Y si no fuera por el Parque Geológico, que a veces atrae a estudiantes, estaríamos jodidos —se dijo».
Un día tomó la bicicleta Hércules, que había usado su bisabuelo, y enrumbó por esa ruta que va desde la villa de Aliaga a La Mezquita de Jarque. Pedaleó dieciocho kilómetros de ruta serpenteante y con repechos. Todo fue silencio lunar por un buen trecho, pero él apuró sus sueños. Dejó la zona rocosa y entró a los campos de cereal. Respiró hondo, sentía que le faltaba el oxígeno. Pensó que a lo mejor podría encontrar una chavala en alguna tierra lejana. Así lo habían hecho sus ancestros cuando decidieron dejar la pobreza para buscar fortuna en el Nuevo Mundo. «Se casaban con princesas incas» ―pensó—, y perdió el aliento en la subida de Cuevas de Almudén. A la siguiente pendiente divisó la mezquita y poco después entró en el pueblo que venía celebrando la fiesta de San Antonio. Ese festival callejero había reunido a los lugareños para renovar sus votos de fe en el Santo Patrón.
Tamborile, tamborile ―repetían incesantemente anunciando que llegaban al punto prominente de ese año. Sus ojos, destemplados por el alcohol, no escondían la tristeza de sus almas…
«Porque no todo es bueno en España —se decía Alonso especulando del pasado morisco desu pueblo que venía ahogándose en una generalizada dipsomanía católica».
El Festival de Tamborile estaba en su punto. Todos libaban alcohol como queriendo adormecer sus penas, sin proyectos ni mañana. Ese cuadro sombrío de fiesta agria sulfuró su congoja y tomó la decisión de marcharse ese mismo día porque la permanencia en el lugar de su natalicio, así sea por un día más, podría convertirlo irremediablemente en eterno tamborilero.
Tamborile, tamborile ―gritaba la gente y nadie sabía por qué.
       Ese día, como despedida bebió dos tragos con sus coterráneos y tomó la decisión, iluminado por la Virgen de Zarza, de dejar la región, el país, el continente y cruzar los mares para dedicarse a matar toros en el Perú. En la misma plaza vendió la bicicleta que le procurara el costo del pasaje para llegar hasta Madrid e inmediatamente después, con lágrimas en los ojos, se enrumbó hacía la carretera por donde pasaba el autobús, casi siempre vacío, caleteando por los pueblitos de Aragón. Había un paradero en medio de un silencio fantasmagórico en donde no sucedía absolutamente nada y por donde pasaba a lo más, por suerte, media docena de vehículos al día. Al rato llegó el perro de Valdeconejos para moverle la cola. El animal le dio la despedida con un ladrido cuando Alonso todavía lloroso subió al vehículo.
Antes de llegar a Madrid, sus ojos vieron el abandono en que se encontraban los lugares que cruzaban. Todos parecían muertos con la excepción de Calanda, lugar en donde nació el gran cineasta, nacionalizado mexicano, Don Luis Buñuel Portolés. Pensando en el realizador de Un perro andaluz, que había hecho su carrera cinematográfica en el país azteca, se dijo que él, al igual que su paisano, podría intentar suerte en los cosos taurinos que se repartían a lo largo y ancho del suelo peruano.
Cuando llegó a Madrid, quedó impresionado con la modernidad que se presentaba ante sus ojos por primera vez y que solamente había visto a través de los noticieros de la televisión.
Luchó por conseguir empleo visitando bares y restaurantes donde refregar platos, copas y todo lo demás que tuviera que refregarse. Un día llegó a la calle de La Montera y descubrió un panal de mujeres bellas que vendían sus cuerpos por una cantidad de pesetas similar a la que había adquirido por su bicicleta. «Muy caro», pensó. Las habían rubias, pelirrojas, blancas, negras, todas limpias, maquilladas y bien aliñadas. Caminó tres cuadras hasta La Puerta del Sol, pero tanto fue su entusiasmo por ver a esas ninfas que subió y bajó la calle tres veces para verlas nuevamente, escuchar sus voces y si pudiera, también olerlas. Casi con miedo les preguntaba cuánto cobraban por brindarle sus encantos. Estaba en ese afán cuando en una esquina cercana a la Gran Vía divisó un letrero: Se necesita ayudante de cocina. Y grande fue su sorpresa que al preguntar por la vacancia, el dueño del restaurante le tirase un mandil y le dijera: «Ahora mismo chaval, a la cocina».
¡Cuánta alegría sintió Alonso después de haber aguantado tantos meses de paro! Lo primero que pensó fue en ir con su primera paga semanal donde la mujer angolesa que lo había cautivado con su piel negra y labios finos untados de rosado. Tenía el cabello naturalmente rizado, piel tersa y mate su cara, piernas, brazos y manos. Un collarín también rosado le combinaba con el esmalte de las uñas.
De pronto dejó de pensar en la africana para atender una orden y hundir suavemente el cuchillo en una pierna de jamón serrano. No sabía como suavizar la espera hasta el fin de semana para visitar a aquella morena que exhibía su exótico y esbelto cuerpo allí en la calle de La Montera.
Pasados seis meses, Alonso juntó lo necesario para comprar su pasaje en un chárter a Lima. También compró algo de ropa de vestir: una chaqueta de gala y una taleguilla para su futuro trabajo, también un capote de paseo con los que completaría su traje de luces. Llevaba en su equipaje la montera de tres puntas que perteneció a su abuelo y abrigaba la esperanza de vestirla cuando ganara el máximo trofeo: dos orejas y el rabo del toro de lidia, en algún coso importante de América. Su última noche en Madrid se fue a buscar a la angolesa. Sentía deseos de «despedirse» de ella.
Pasaron toda la noche en el hotel Aliste. Habían entrado sin que su regente se percatara de la mujer. El administrador, un distinguido señor que siempre atendía el negocio solo, usaba el tercer piso como vivienda. En el segundo piso, Alonso tenía una habitación con balcón, agua caliente y televisión. Ese lecho de cojines y colchón de plumas, sábanas blancas y calefacción, fue el escenario en donde la angolesa le hizo a Alonso la tienta, la prueba de su bravura.
A la mañana siguiente, muy temprano, Alonso tomó una ducha, se afeitó, peinó, cogió sus maletas y se marchó, no sin antes haber dejado doscientas pesetas sobre la mesita de noche y besado en la frente a Mufida, la angolesa. Ella, al advertir su partida, lo atrajo hacía sí para abrazarlo fuertemente y entregarle un pendiente de bronce, un muñequito africano sentado.
—Esto te dará suerte ―le dijo sacándose el amuleto del cuello, lo puso en la mano de Alonso y se la cerró en un puño. La estatuilla acompañaría al novillero por el resto de su vida.
Alonso cogió el metro hacia el aeropuerto en la esquina misma del Aliste. En el terminal del Barajas se aprestó a hacer la facturación de equipajes y luego se procuró una guía del Perú para leerla durante el vuelo. Le quedaba tiempo para desayunar en el aeropuerto. Se acomodó en una mesa de un restaurante horriblemente moderno y pidió una variedad de bocadillos: gambas (de la forma de langostinos) con salsa brava, chorizo a la sidra con tortilla de patatas, jamón ibérico con aceite de oliva y una caña. Se estaba despidiendo de su mundo culinario.
Instalado ya en el asiento de la nave abrió su maletín para sacar su Guía, versión española del Rough Guide to Peru. Abrió el libro al azar que lo condujo a una página con información de un pueblo entre la sierra y la ceja de selva del Perú: Huasahuasi. El nombre le pareció exótico. Vio las imágenes de una danzanta en traje colorido y la fotografía de una plaza de toros de cemento rodeada de cerros, y musitó que ese sería su destino final. Se informó que Huasahuasi era la Capital Semillera de la Patata y pensó que lo mejor sería llamarla por su nombre original, papa. Pensando en ese paisaje montaraz se quedó dormido soñando con verónicas, largas, gaoneras y faroles[2] que incitaran al respetable a cargarlo en hombros y abandonar el coso por la puerta grande, allí, en Huasahuasi.
Estaba próximo a su aterrizaje en el Jorge Chávez, lo había deslumbrado el ver a través de la ventanilla la majestad de los andes con la primera luz del alba. Se preguntó si uno de esos pueblitos sería el lugar de su determinación. Al sobrevolar Lima ya no pudo ver nada. Todo estaba nublado. El aterrizaje vino acompañado de un estruendoso aplauso de los pasajeros que, en su mayoría peruanos, regresaban a sus hogares después de haber pasado algunos años fregando platos, tendiendo camas u ocupándose en oficios que para los peninsulares eran poco atractivos y hasta detestables.
En la Guía había leído de un alojamiento económico cerca de la Plaza de Armas de Lima. Se dijo que ello le permitiría hacer un tour por el centro de la ciudad. Podría visitar la catedral para ver los restos de Francisco Pizarro. El Hotel Europa quedaba al costado del Palacio de Gobierno y a pocos metros de la Estación de Desamparados. A la salida del aeropuerto llamó a un taxista, pero lo acorralaron una veintena de ellos que a puntapiés se batían por cargar las maletas del novel matador. Aturdido, solo atinó a desenvainar «el estoque» para defender sus pertenencias. Ya calmado, sarcásticamente siseó: «Bienvenido a Lima»
Un taxista escuálido se había posesionado de la maleta grande en la que el toreador había empacado su traje de luces. Alonso miró a sus ojos fijamente al tiempo que el famélico casi rogándole pronunciaba:
―¿Taxi, señor?
El viajero como seña de aquiescencia envainó su estoque y susurró:
―¡Vamos!
En veinte minutos llegaron a la Plaza de Armas. Se impresionó al ver el monumento de Pizarro custodiando la catedral. A cien metros quedaba el hotel. El flacucho frenó en seco frente a la puerta y dijo con la satisfacción que da una tarea cumplida.
Ya tamos, señor. Alonso tomó su maletín de mano al tiempo que el taxista subía las maletas, que sobrepasaban los sesenta kilos, a la recepción del hotel.
Alonso llegó cansado al segundo piso. El canijo, a su vez, llegó casi muerto. Al presentarse al mostrador, el matador se despidió del taxista entregándole el dinero convenido por la carrera y un par de soles más como reconocimiento a «la humillación». La recepcionista pidió a Alonso llenar en el libro sus generales de ley y ordenó a otro dependiente «cautivo» llevar las valijas del español a su habitación.
Alonso se aventuró a recorrer la Plaza de Armas deteniéndose en el monumento ecuestre en homenaje a Pizarro. Se sentía conquistador y orgulloso de su ascendencia que lo estimulaba para hacer las cosas bien y triunfar como toreador. Antes de ingresar al hotel, entró al tradicional bar Cordano donde saboreó una butifarra y una cerveza Cristal que apeló a su gusto. Minutos después subió a su habitación y encontró su equipaje ya dispuesto. ¡Ah, sorpresa!, cuando se adentró en la habitación para correr las cortinas de la ventana se percató del cuerpo de un hombre echado bocabajo en la cama. Pensó que el hombre había confundido el número de su recámara. Quiso despertarlo, pero bajó para avisar a la dependiente del hotel. La mujer lo acompañó para despertar al dormido; pero cual sería su asombro que al solicitarle que abandonara la habitación, este no respondiera ni diera señas de vida. Entonces Alonso lo tomó del hombro, lo movió y removió y nada. La mujer le volteó la cara. Los dos se quedaron pasmados al comprobar que el hombre, en efecto, estaba muerto.
¡Joder! —dijo Alonso,  y regresó al Cordano para beberse un trago seguido de otros hasta que llegó la policía para pedirle sus declaraciones.
¡Joder! —volvió a exclamar, y retornó al hotel para pedir que trasladaran su equipaje a otra habitación.
Ese fue su primer día en Lima y ya no quiso quedarse más tiempo en la tres veces coronada ciudad. Decidió viajar a Tarma con la primera luz del día siguiente. En ese lugar organizaría su viaje a Huasahuasi. No desempacó y al primer canto del gallo se levantó, tomo una ducha casi fría y llamó un taxi.
En la agencia de autobuses ya estaba el vehículo llenándose de bultos y pasajeros. Alonso compró el periódico para leer la noticia del muerto. El periódico informaba que el cadáver no había sido identificado y que no había sospechosos de su terrible muerte. El titular decía: «Hallan hombre muerto en hotel». Le costó leer el artículo para comprender que el susodicho había recibido un balazo en el culo con silenciador. «¡Ostias! ―se dijo esta vez asustado». Pasarían unas horas antes de calmar su nerviosismo, pensaba que en cualquier momento alguien podría acercársele para dispararle por debajo del asiento. Solo la grandiosidad del paisaje peruano relajó su ansiedad. La Guía le recomendaba el hospedaje El Dorado, en Tarma. Vaciló, pero tomó ánimo y llegó a esa casona a dos cuadras de la plaza principal de la ciudad.
La arquitectura de la casa lo traslado a España: balcones, ventanales y zaguanes señoriales, y el precio era razonable. Su habitación era amplia e incluía un balcón y un ventanal hacia una calle pobre, pero la casa en sí guardaba una distinción que lo hacía sentirse seguro. No salió ese día del hotel y se dedicó a contactar telefónicamente con el Centro Taurino San Juan Bautista de Huasahuasi. En la noche respondieron a su llamado y se interesaron en ofrecerle al toro Botafuego para la corrida del día domingo 28 de junio. Un torero español había declinado a última hora y Alonso, por ser español, era el reemplazo ideal para atender el mano a mano con el torero crédito del pueblo de Tarma, Pepito Sifuentes.
El carro se escurría por la carretera. Gudrun admiraba el esplendido paisaje. La camioneta blanca parecía huir a través de una vegetación montañosa, la selva central peruana. Con los ojos inyectados, el chofer miraba lujurioso por el espejo retrovisor el reflejo de una hermosa joven sentada en la parte posterior del vehículo. Gudrun tenía los ojos verdes que armonizaban con la naturaleza del lugar. Viajaba evocando recuerdos de índole familiar. Sus padres le habían contado acerca de los colonos austro-alemanes que llegaron al Perú para cruzar ríos, fangos, abrir trochas y descubrir el sudor de selva y las picaduras de los mosquitos. Luego de amansar la naturaleza se afincarían en parcelas domadas por ellos mismos. El chofer, de tendencia libidinosa, respiraba hondo para sentir el aroma de la bella. Ella, piernas largas, esbelta, casi una diosa, trataba de reacomodarse en el asiento; encendía su mirada al ver pasar a los gallitos de las rocas que adornaban el camino con sus distinguidas figuras.
Las líneas de los cerros conformaban figuras de bellas durmientes que ofrendaban sus pezones al sol. El chofer seguía manejando sin preocuparse de lo que sucedía en la ruta frente a su automóvil. Gudrun sacó un labial y un espejito. Antes de empezar a delinear sus pulposos labios, advirtió los ojos azabaches del chofer que a través del retrovisor le dirigían entorpecidos destellos de frenesí. Gudrun fingió ignorarlo y continuó con su cometido. El chofer iba anonadado sin mover la mirada del retrovisor.
En cualquier momento y en cualquier lugar de la carretera, el vehículo se detenía para dejar o cargar pasajeros. En la maletera iban valijas, costalillos de fruta y toda índole de bultos que los pasajeros usaban para recostar sus cabezas con medio cuerpo echado. Esta era una modalidad establecida en el transporte nacional no para abaratar el costo del pasaje, sino porque en el Perú se viaja, se muere o se vive, de cualquier manera.
Gudrun ahora contaba las cabezas de doce viajeros entre sentados, arrodillados, casi parados y hasta echados. Al lado del chofer iban tres viajeros sentados uno encima del otro. En la parte superior iba un párvulo que friccionaba su cabeza contra el techo de la Station Wagon. Al costado viajaba un señor de terno desgastado que había pagado dos pasajes por el derecho de sentarse solo.
El vehículo subió una cuesta con dificultad y al empezar la bajada, Gudrun se percató de que el vehículo era conducido en neutro y con el motor apagado para ahorrar combustible. Las cimas de las montañas parecían inalcanzables. Sus ojos uva Italia seguían la belleza exótica que se volcaba ante su mirada de diosa teutona. Relajaba a tan bonita vista su cabeza sobre el espaldar del asiento cuando apresuró su pensamiento hacía lo que realmente quería hacer desde que asistió a su primera corrida de toros en Tarma: conocer y enamorarse de un torero.
Gudrun vivía en La Merced, y en secreto había entregado su corazón a un desconocido matador que estaba segura conocería pronto. ¡Qué alegría le causaba a la Gudrun, cómo le latía su corazón! Se acercaba la corrida en honor de San Pedro y San Juan Bautista en Huasahuasi. Vendría una banda de músicos trujillana. El Alcalde los haría ensayar en la puerta del coso. Hasta allí bajarían las gentes de todas las comunidades. Traerían sus papitas para venderlas o hacer trueque con otros productos. Ya faltaban pocos días para el evento.
Gudrun trabajaba en Villa Rica, en la chacra de su padre. Juntó dinero todo el año para su viaje taurino y para comprarse el mejor vestido. En La Merced se compraría un chal rojo que estaba segura llamaría la atención del matador, del picador, de los banderilleros y hasta del mismo toro. Gudrun tenía una belleza infinitamente desperdiciada. No tenía partido en su terruño. Los comuneros, ante las amenazas del padre, no podían ni acercarse a conversar con la niña. La madre, Doña Trinidad, le había advertido que se conservara virgen hasta de la mirada, porque estaba segura que su futuro marido vendría algún día a la fiesta de Villa Rica para pedir su mano. Ese varón ―la aleccionaba― sería de buen apellido y de billete. La sacaría de ese lugar mugriento donde no había nada. La llevaría a algún lugar próspero donde por lo menos tendría la suerte de ver pasar carros y también el ajetreo de la gente caminando diligente, subiendo a las combis, haciendo cola en los supermercados. «La gente en Lima ―la advertía― es emprendedora». Aprendería a hablar como costeña.
«Ahora, hija, ya no se dice señora, sino seño. Ya no se dice lerda a una persona lenta, sino lenteja. Ya no se refieren a sus maridos como maridos, sino como a sus mariachis. Como ves, hija, ese es el avance, la modernidad, son las cosas que tú tienes que aprender para no perennizarte en la vida de la selva donde todo ahuele a aire, a café, y a cosas insofisticadas, fundamentalmente malas. Acá no tenemos buenos restaurantes ni supermercados ni nada como las cosas que hay en Lima. Acá la chacra nos brinda lo básico y todo es aburrido. Si queremos comer pollo, tenemos que matarlo y lo peor es que antes tenemos que alimentarlo. Y si se nos antoja algo de beber, tenemos que extraer el néctar de las frutas y no como hacen en Lima, de las botellas, de las latas. En Villa Rica, si deseamos una taza de café, tenemos que cosecharlo para, después de tanto trabajo, molerlo en el batán. No es como en Lima donde lo tienen instantáneo. Comprar esos productos en la selva es muy caro. Es por eso que la ambición de los padres es que sus hijos viajen a Lima. Allí se vive mejor. Y mucho más si logras viajar a Europa, al extranjero».
Cuando Gudrun escuchó Europa, pensó en un torero español. Había leído, en un periódico de La Merced, un artículo sobre el torero venido de la península que tendría una faena en Huasahuasi. Había visto la foto de Alonso, la panorámica de su pueblo y sus dos importantes land sites: su mezquita y su paradero de autobuses, usado por el único ómnibus que tiene ese pueblo. También vio en la foto al perro que alzaba la pata para orinar en el poste de aquel paradero solitario. Gudrun se sintió confusa, no comprendía dónde estaba la modernidad de esa España. Esos silogismos se desplomaban cuando Gudrun miraba la fotografía de La Mezquita que había sido publicada en Selvandina, el periódico de La Merced.
Sin embargo, lo cierto era que a Gudrun no le interesaba ni Lima ni Teruel ni La Mezquita ni ninguna otra parte del mundo. A ella lo único que le interesaba era encontrar la mirada del torero frente a frente y tal vez, desde sol o desde sombra, ofrendarle ese chal rojo para que se lo devolviera impregnado con el olor de sus dedos y hasta quizás con el roce de un beso, todo bajo el estruendo de fanfarrias y pasodobles. Sus miradas encontradas como descubriendo la vida a pleno sol. Llegó el día en Huasahuasi. Oleeee…, en las galerías. ¡Oleeee…!, aun en las lomas que colindaban el coso. Muchos no tendrían los veinte soles para la entrada, pero la naturaleza les permitiría disfrutar del espectáculo desde las cumbres y las faldas de los elevados. Hasta allí llevaban su coquita, su chichita y sus chelitas para seguir con la tradición que España les trajera hace ya medio siglo. Traían también habas, mote, cancha, papitas sancochadas con queso y ají. Era un día especial. Era el día del Santo Patrón, una celebración semanaria de borrachera generalizada, el día de las pedidas de mano y de las trompadas que los faites se propinaban para zanjar una cuenta, para vengar una honra, un amor. Era el día de los sánguches de chicharrón que preparaban las mozas y que se adquirían en la puerta del coso por cincuenta centavos o a sol de una fuente adornada por la cabeza sancochada del chancho, el que lucía una mirada resignada. Era, definitivamente, un día de comida, de sangre y de toros; un día de pasodobles y marineras en el que se mezclaba lo moro, lo castizo, lo indio y lo cholo. Era un día en el cual se conjugaba la palabra, los espíritus y la música al unísono para celebrar la muerte.
Entró Alonso al coso. Era un ángel, el ángel vestido de luces, que en un sueño le había dedicado un toro bravo. Alonso le arrojó su montera, hizo verónicas, medias verónicas, largas y gaoneras.
Oleee...! ¡Oleee...! ¡Oleee...! —todo Huasahuasi lo repetía.
(En el toreo, primer tercio: suerte de varas. El picador se sirve de la puya para hacer sangrar al toro, comprobar su reacción ante el tormento y le resta el ímpetu a su embestida).
Cuando entró el picador, un gordo él, le llovieron botellas por haberse ensañado con el toro Botafuego. Los músicos trujillanos dejaron de tocar para dar paso a los pincuyeros vestidos con ponchos rojos. Las tonadas de la quena y el repique del tambor parecieron ser del deleite de Botafuego. Pero inmediatamente empezaron otra vez los trujillanos con sus ritmos de pasodoble. Entonces Alonso citó al animal como para una verónica, pero cuando el toro metió la cabeza, el diestro giró en sentido contrario al del morlaco: ¡una chicuelina perfecta!
¡Plas, plas, plas! ―aplausos del público.
Pasa el capote por encima de su cabeza y gira el cuerpo para quedar situado frente al toro al terminar el lance. El respetable empieza de nuevo a aplaudir al torero cuando se percata de la entrada del picador que hace sangrar profusamente a Botafuego. Las rechiflas son ensordecedoras y se calman solo cuando los trujillanos empiezan a tocar la marinera. Al mismo tiempo, los pincuyeros también le entran con su ritmo animando al toro que está arrodillado como pidiendo perdón. Pero luego viene otro tercio de banderillas que en lugar de amilanarlo lo estimulan para la pelea.
Ya el toreador y el toro estaban frente a frente. Gudrun había quedado maravillada con su valentía, aunque desaprobaba tanto ensañamiento con el animal. Deseaba verlo muerto lo más pronto posible para evitarle tanto sufrimiento.
―¡Mátalo, Alonso! ―le gritó desde la gradería―. ¡Mátalo, por el amor de Dios! ―le repitió.
Luego, otro tercio de banderillas bien puestas, con un saltito, dos banderillas de patrio bicolor quedan prendidas en el animal.
Al momento, de la otra dirección, apareció un banderillero colombiano que logró clavarle solo una banderilla en el pescuezo, la otra rebotó y cayó salpicando sangre en la arena observada por más de tres mil espectadores entre público local, pueblos aledaños y gente venida de Lima. Alonso le hizo dos pases de capote y el toro parecía írsele al cuerpo. Desangrado, pero con furia, el animal acudía al llamado del torero. Cuando el picador estuvo a punto de entrar otra vez al coso, el público se puso de pie para empezar una silbatina que hacía eco en los cerros de Huasahuasi. Entonces Alonso tomó la decisión de acabar con el animal y ordenar al picador retirarse de la arena.
La Junta Directiva del Centro Taurino quedó estupefacta con la decisión, pues a pesar de las banderillas y el trabajo del picador, ese toro parecía sacar de tripas corazón. Los oferentes estuvieron a punto de levantar los pañuelos amarillos ofreciéndole el indulto al animal por su bravura; pero Alonso ya palmoteaba la muleta con el estoque como preámbulo del encuentro final.
Algunos cuerpos seguían subiendo los cerros para ver desde allí el final de la corrida. Gudrun nunca había visto tanta gente interesada en este espectáculo. Copaban todos los cerros circundantes y el sol arreciaba. Los trujillanos surgieron con fuerza tocando música española. A Gudrun esos acordes le levantaron un poquito el espíritu. Dentro de poco Botafuego estaría muerto y ella echaría el chal al coso para su torero.
Alonso llamó al toro y este lo pasó como un rayo esquivando la estocada final. Gudrun hizo contacto con los ojos de Alonso. Él se tomó la cintura y miró a Gudrun al tiempo que hacía un movimiento de espalda y cabeza hacia atrás, su larga cabellera se movió como semejando el paso de un cometa. Ya estaban nuevamente frente a frente el toro y el matador. Gudrun quería ver el final, sonreía y todavía se acordaba de los oles. Los pincuyeros empezaban a tocar su música milenaria.
Alonso empuñó el estoque y poco a poco se acercó a la bestia. Esta también se le acercaba, pero en zigzag. Alonso se descontroló y quiso regresar a posición, pero ya era tarde porque Botafuego al pasar por su lado lo había cogido de la cadera izquierda y lo izaba en su cuerno a la manera de mástil. Gudrun se volvía loca y no lloraba, sino gritaba. Era su matador ensartado, desangrándose en el asta del toro. Corrió a la arena y lo besó, lo cubrió con el chal rojo de La Merced. Él, en su último aliento, solo atinó a entregarle aquel amuleto de la buena suerte que le había entregado Mufida, la angolesa.

[1] En la cultura gastronómica española: antojitos que acompañan a la bebida.
. [2] Lances de capa en el toreo.

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