Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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7 de junio de 2013

Vladimir Maiakowski


El 14 de abril de 1930, a las 10:15 de la mañana Vladimir Maiakovski se pegó un tiro en el callejón de Lubianski con el revólver que le había servido doce años antes para su papel en la película "No nací para el dinero". 
 

Militante bolchevique, a los 13 años lo detienen por primera vez acusado de formar parte de la imprenta clandestina del Partido Comunista. Luego, será detenido otras dos veces, la última en 1909 por organizar una fuga de mujeres encarceladas, por lo que cumple un año de prisión: tenía 17 años. 
 

Editó poesías, escribió obras de teatro, guiones cinematográficos, canciones para el Ejército Rojo y para las instituciones del Estado obrero. Participó en las batallas teóricas de los formalistas, compuso el "Manifiesto Futurista Ruso", diseñó afiches y otros objetos molestos. Fue amigo de Shklovski y enemigo de Gorki y Marinetti. En 1948 los estadounidenses prohibieron la reedición de los poemas de Maiakovski en Alemania, que estaban ya traducidos, editados y dispuestos para la venta. 

Contínuamente perseguido por la burocracia revolucionaria, el 9 de marzo de 1930 el diario Pravda realiza una dura crítica titulada "Sobre los caprichos del izquierdismo" en contra de su obra teatral Los Baños. Decía: "la intelectualidad pequeño-burguesa revolucionaria, que se unió al proletariado cuando ya se había definido y establecido firmemente su victoria, comienza a sentirse la sal de la tierra. Desconectada del pasado proletario, de su tradición de lucha, la intelectualidad tiende a considerarse como más a la izquierda, más revolucionaria que el proletariado mismo. No cabe duda de que oímos una falsa nota izquierdista en Maiakovski". 




«Soy poeta. Eso es lo que me hace interesante.» Escribe Maiakovski en 1922. Veintiocho años antes nacia en un pueblo transcaucasiano, Bardad, que hoy lleva su nombre. Su padre era guardia forestal y solía llevar al pequeño Vladimirovich en sus rondas a caballo por el distrito. El trato íntimo con los campesinos, el conocimiento de sus problemas y de las injusticias que tenían que soportar, desarrolló en el niño sensible y apasionado que era entonces Maiakovski, un desgarrado amor por el pueblo, que llegará a convertirse en la nota dominante de la sinfonía multicolor de sus futuras composiciones literarias. Una tarde, la bruma se abre a los pies del jinete para dar paso a un «un brillo más claro que el cielo»: la electricidad. Padre e hijo estaban en las inmediaciones de una fábrica de duelas. Tras descubrir la electricidad -Sigue contándonos-, la naturaleza perdió interés, no le pareció lo bastante perfeccionada. La precisión aplicada, la invención técnica es el puente que, más tarde, le lleva al mundo moderno y lo vincula con el movimiento literario acaudillado por el italiano Marinetti y llamado Futurismo. 
La familia Maiakovski se muda a un pueblo más importante, Kutaissi, y Vladimir es admitido, tras los exámenes correspondientes, en la escuela local. También data una anécdota que, respetada muchos años después por la memoria autobiográfica, pone de relieve la índole iconoclasta y modernista de aquel iluminado por la electricidad, que, más adelante, le permitirá tutearse con la vanguardias literarias y politicas. Durante uno de los exámenes de admisión, un examinador le pregunta por el significado del vocablo «oko», a lo que el candidato contesta que es una medida de peso georgiano. Aunque correcta, su respuesta no es completa. En efecto, «oko», en antiguo eslavo religioso, significa ojo. Desde aquel momento -recuerda Maiakovski-, «odié todo lo que es viejo, todo lo que es eslavo, todo lo relativo a la iglesia». Es posible -agrega- que ello esté en el origen de mi futurismo, de mi ateismo y de mi internacionalismo. 

Entre los confines de su enorme país, donde la noche es también blanca, y particularmente la Georgia natal, patria chica, por lo demás, del entonces activista Stalin, se propaga la agitación revolucionaria. En la casa Maiakovski se reciben algunas revistas (Noticias rusas, La palabra rusa, la riqueza rusa) cuyo contenido y efervescencia, simultáneamente nacionalista y revolucionario, soliviantaban el espíritu ya brioso de Vladimir. Una de sus hermanas trae de sus viajes a Moscú ejemplares de octavillas antizaristas. 

Estamos en 1905. Vladimir ya no tiene la cabeza para meras tareas escolares. Sus ojos le revelan los hechos que llaman a la acción. De pronto, descubre que todo es desafío y que habita un terruño sojuzgado por el centralismo moscovita. «Para mí -escribe-, la revolución empezó de la siguiente manera: mi compañero de escuela Isidoro, ayudante de cocina de la casa del cura, saltó de contento al frente al horno: habían matado al general Alikanov, jefe de la represión unitaria en Georgia. Manifestaciones y mitines. También yo asistía. Era algo hermoso de ver. Conservo impresiones de carácter pintoresco: los vestidos de negro, son los anarquistas; de rojo, los ess-er (social revolucionarios); de azul los ess-de (socialdemócratas); los otros colores correspondian a los federales...» 
Maiakovski pasa de la lectura de novelas (Cervantes, Julio Verne) a la de opúsculos de contenido político: Abajo los socialdemócratas. Charlas sobre economía, etc. Se siente atraido por la figura del socialista alemán Ferdinand Lassalle «probablemente porque no lleva barba. Parece más joven. Lassalle y Demóstenes se mezclan en mi mente. Pronuncio arengas ásperas y provocadoras». Como vemos, no es precisamente humor lo que le falta al joven agitador. 

En 1906 muere el jefe de la familia y la señora Maiakovski, tras vender los pocos y modestísimos bienes que poeen, emprende viaje a Moscú con sus tres hijos, adonde llegará no sin pasar por algunas vicisitudes. La pensiñon de viudedad que recibe no es suficiente para alimentarlos a todos. «Mamá se vio obligada a aalquilar los cuartos restantes y a preparar comidas. Los cuartos son tristes. Los estudiantes que los alquilan son pobres. Socialistas. Todavía me acuerdo de uno de ellos, el primer bolchevique que conocí.» Para aumentar los ingresos familiares, Vladimir se inicia en la pintura decorativa, concretamente huevos de Pascua de madera. Sigue estudiando, a pesar de todo, y sus lecturas paralelas lo consolidan, políticamente, en su elección ética primitiva. «Ninguna obra de arte me apasionó tanto como el Prefacio de Marx y los escritos de Hegel.» Escribe por entonces sus primeros versos pero, un día, considera que eso es incompatible con su dignidad social. 

En 1908 se adhiere al Partido socialdemócrata (bolchevique). Poco después es elegido miembro del comité juvenil moscovita. Acusado de redactar octavillas, lo arrestan y encarcelan en el penal de Presnia. Sale en libertad, aunque no lo estará por mucho tiempo. Unos huéspedes de su madre cavan un túnel para propiciar la evasión de unas mujeres detenidas en la prisión de Novinsk, cosa que logran. Vladimir es arrestado por supuesta complicidad con los autores del hecho y pasa once meses en la cárcel de Beutirki (que sin duda tienen relación con el paródico poema de la Cárcel de Reading que escribirá años después). Libre una vez más, Maiakovski se vuelve hacia la literatura y lee con avidez: la poesía de los simbolistas rusos, algunos «clásicos» como Byron, Shakespeare, Tolstoi y Puschkin. «La novedad formal me excitaba -recuerda en su autobiografia-. Pero lo sentía ajeno. Los temas, las imágenes de esos autores no pertenecían a mi vida. Sin embargo, traté de escribir del mismo modo, pero sobre otra cosa. Muy pronto comprobé que del mismo modo, pero sobre otra cosa era algo imposible de hacer.» 
A Vladimir le pesa, pura y simplemente, la falta de una base cultural «sólida»; le pesa su falta de «experiencia del arte». «Soy ignorante -confiesa-. Tengo que buscarme una escuela seria. Si me quedo en el Partido, deberé pasar a la ilegalidad.» En aquellos momentos le parecía que en la ilegalidad no podría aprender nada. ¿Qué le hubiera quedado entonces? Escribir octavillas toda la vida, exponer ideas extraidas de «libros justos» pero cuyo autor no era él mismo. «¿Qué me quedaría si me vaciasen de lo que leí? El método marxista. ¿Pero no había caido esta arma en manos de un chiquillo?» El problema tenía, por supuesto, su trasfondo vital para un espiritu artista como el suyo: «¿Qué puedo oponer a la estética de las antiguallas en circulación?» En definitiva está convencido de que la Revolución le exigirá haber pasado por una escuela seria; en consecuencia, da por terminado su trabajo de militante y se pone a estudiar. 
Maiakovski no está encandilado por sus dones; no se escatima la autocrítica: como los textos que escribe le parecen pobres comparados con los poemas de los autores que admira, decide intentar la pintura, el dibujo (para lo cual muchos contemporáneos coinciden en que estaba dotado). Tras frecuentar los talleres de un paisajista y un realista, y siempre con la certidumbre de que es imprescindible «dominar el trazo» (cosa que puede también entrelíneas), ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes de Moscú, único establecimiento educativo donde no se exigía al alumno un certificado de «lealtad política». En esas aulas conoce un buen día a David Burliuk, un joven algo mayor que él, atrevidamente vestido, burlón, iconoclasta e inteligente, sino brillante. Congenian pronto. Juntos se aburren escuchando una tarde, por obligación, un concierto de Rachmaninov; juntos vagabundean por las calles y avenidas moscovitas; juntos critican y se mofan de la rigidez académica de la Escuela, «David, con la ira del maestro que ha superado a sus contemporáneos; yo, seguro de que el pathos del socialismo demolerá todas esas antiguallas.» De esta estimulante y osada camaradería nace, en opinión de Maiakovski, el futurismo ruso. ¿Curioso? A primera vista lo es. Pero a sólo a primera vista. La tecnología y sus creaciones, el aerodinamismo y la fascinación burbujeante del proceso rápido, musa del futurismo italiano, por un lado, y la insurrección reivindicatoria bolchevique, tenían un origen común: la certidumbre de que el progreso sacaría a la masa humana de su alienación animal y al individuo civilizado de su anacrónica torre de marfil. Claro está que Marinetti y otros vanguardistas no hacían mucho hincapié en la condición social del hombre ultrajada por las variadas formas del despotismo; pero se alzaban contra el pasado, en bloque: el continente de la opresión; su rebeldía positiva entroncaba insidiosamente con ciertas energías optimistas del naciente siglo XX. La nueva belleza de las formas nuevas entrañaba una modificación de sus contenidos sociales. El optimismo y el arrojo. El manifiesto para los unos, la cárcel para los otros. Pero ambos estaban luchando por la supervivencia de su juventud en marcha, de sus ideales rápidos, genuinos y filosos. El dios interior es el impulso, ese movimiento hacia afuera que, como el pelñicano, se alimenta de sus entrañas. En fin, de esa camaradería nace también la celebridad prematura de maiakovski. En efecto, un día, tras haberle leído a Burliuk un poema de reciente data, Vladimir le oye exclamar: «¿Eres tú quien ha escrito esto? ¡Pero eres un poeta genial!» Al día siguiente, Burliuk presentaba a Maiakovski a uno de sus conocidos de esta manera: «¿No lo conoce usted? es mi genial amigo, el célebre poeta Maiakovski». Y después, una vez a solas con él, le dice con la delicadeza soberbia de su exigencia: «Ahora, tienes que ponerte a escribir. O me pondrás en una situación absurda». Así pues, Burliuk resulta un visionario, un futurista en el sentido menos comprometido del término. Pero Burliuk no se limitó a tamaña desmesura; leía a los poetas franceses y alemanes de su elección, le hablaba sin cesar con la voz inolvidable y aguijoneante del que no necesita pararse a pensar en lo que desea. Y, por si fuera poco, le daba 50 kopeks cada día, para que pudiese escribir sin morirse de hambre... Poco más tarde publican juntos un manifiesto en el que exponen sus planteamientos futuristas «sui generis», La bofetada que quiere el público. 
Vladimir Maiakovski pasa a ser pues un personaje en el ambiente literario juvenil moscovita; no tanto por lo que escribe, todavía poco seguro de su expresión, como por sus modales y declaraciones, producto de la influencia de su amigo pero también de su genio personal. Su ancha camisa amarilla, su desparpajo y su fluidez verbal producen un impacto que hará historia, y dará paso a los calumniadores de siempre. Pero Vladimir se ha tomado en serio a si mismo. Aquellos años -escribirá- estuvieron dedicados a trabajar la forma, a dominar el lenguaje. 

A principios de 1914, Vladimir se siente literariamente seguro, capaz de «dominar un tema», tema que, claro está, debe ser revolucionario. La consigna puede ser una fuente de inspiración. De aquél período ha quedado su poema La nube en pantalones. 

En 1915, es enrolado en el ejército soviético, pero se las arregla para no ir al frente. Conoce a Ossik y Lili Brik, una pareja que tendrá un papel protagonista en su vida. Ossik, bnuen amigo y mecenas, le compra los poemas que escribe y publica La flauta de las vértebras y La guerra y el universo, textos que Maiakovski escribiera entre 1915 y 1916. Lili se convertirá en su amante. 

Estamos en 1917. La revolución toma el poder. El partido bolchevique se afianza. Como tantos otros intelectuales y artistas, Vladimir exalta y anima los nuevos viejos valores de la cruzada humana. Cree poder consolidar, ahora a la luz del día, una estética revolucionaria. En esa época empieza sus giras de conferenciante y recitador, ininterrumpidas hasta el fin de su vida. En el podio alterna charlas del estilo Los bolcheviques y el arte con poemas ofensivos como Orden nº 2 al ejército del arte, dirigidos tanto a los literatos todavía aferrados a las tablas de la salvación de la retórica aceptada como a la muchedumbre de anarquistas y semi-místicos tan abundantes en la vieja Rusia, todos ajenos al torbellino polifacético entonces, pero cada vez más embridado, de la revolución social: 

¡Acabad de una vez! 
¡Olvidad!, haced a un lado 
rimas y romanzas, roseledas 
y tantas otras merdancolías 
....................................... 
Hoy necesitamos maestros, 
no predicadores melenudos... 
Camaradas, haced un arte 
que saque del fuego a la República.


Claro está, ningún verdadero poeta necesita de tales exhortaciones, sencillamente porque son pronunciadas por los labios empeñosos del irrealismo de fondo. Pero también es cierto que un hombre dotado como Maiakovski pueda haber creído vivamente que su arenga ayudaría a conjurar una vez por todas las diversas formas de tradición y de sabotage literarios que años después serían radicalmente substituidas por el monumentalismo estaliniano. Por el momento, la revolución se kerenskisa. Maiakovski no tiene necesidad de preguntarse si debía o no adherirse al partido: lo que está viviendo «es su propia revolución» (cosa que también se sienten los otros futurustas soviéticos). ¿Qué diferencia hay entre la mágica textura de un aeroplano y la imagen granítica de un obrero pisando fuerte y mirando al horizonte? El futurismo y la revolución rusa tienen, ya se ha dicho, un enemigo común: el inmediato pasado. En la capital proliferan todavía los cafés literarios, los salones ddonde Vladimir fascina con su ardiente oratoria e ilustra con imágenes rápidas, leves y optimistas aquellas jornadas que poco a poca entrarán en las sombras de su personalidad. Escribe su primera pieza de teatro, Misterio, representada en una sala céntrica y en muchas fábricas con el éxito suficiente para aumentar su prestigio, sobre todo entre los intelectuales comunistas... pero también le granjea nuevos impugnadores. 

En 1920 termina de escribir 150.000.000. Un año después, abriéndose paso «a codazos a través de la burocracia, la envidia, el papeleo y las estupideces», logra llevar a la escena una variante de Misterio, que será representada durante el III Congreso del Komintern. 

En 1923 funda, con otros colegas, la revista Lef (Frente Izquierdista del Arte), que dirigirá hasta 1925. su propuesta estética está impregnada de la ética revolucionaria: tratar un tema social con los medios del futurismo. Una de las consignas del grupo que se nuclea en torno a Lef, una de las «grandes conquistas de esa publicación, es la de desestización de las artes aplicadas, el constructivismo. Su suplemento poético es el poema de agitación económica... La técnica europea, el industrialismo, y las tentativas de unirlas con la vieja Rusia todavía encenagada, tal ha sido siempre la idea primordial del futurismo-lefovista.» La revista tira pocos ejemplares pero se lee y comenta. El problema mayor parece ser el de su distribución, dada «la simple y burocrática falta de interés por determinadas revistas de parte del gran plácido mecanismo de las Ediciones del Estado». 
Maiakovski viaja al exterior. En París vuelve a encontrarse con su antigua amiga, Elsa Triolet -hermana de Lili-, conoce a Luis Aragón, el pintor Robert Delaunay. Lo triste del caso es que la comunicación con varios de los principales vanguardistas europeos debe hacese medianamente un intermediario, ya que Vladimir no habla otro idioma que el suyo. Para una persona tan oral como él, fue una prueba muy dura. Su ira callada al sentirse incapaz de expresarse le confiere, a los ojos de los extranjeros, un aire atractivamente bárbaro. Además no olvidemos, los europeos estaban ávidos de noticias sobre la revolución de octubre, sobre todo de boca de un auténtico soviético. En efecto, escribe en las Izvestias, su aparición causaba sensación, «una sensación matizada por la sorpresa, la admiración y el interés... Uno es de inmediato blanco de la curiosidad y del interés de la gente: he notado cierta tendencia a hacer cola delante de mi persona...» Pero no todos se interesaban de esa manera por el viajero moscovita. Más de un comunista le preguntó por qué no se había afiliado al Partido. En realidad, la pregunta era plausible desde el punto de vista político, ya que, dentro y fuera de su patria, Maiakovski actuaba en nombre de la revolución institucionalizada por el Partido. Es evidente que, a pesar de las declaraciones citadas más arriba, mantenía en reserva una decisión que un «arribista» o un espíritu gregario no hubieran vacilado en tomar desde un principio. Todo lo que se mueve, paree pensar Vladimir, pertenece a la vida; pero lo que se mueve sin soltura, es peligroso. ¿Por qué no estoy en el Partido?, se pregunta por fin. «Los comunistas trabajaban en diversos frentes. En arte y educación eran conciliadores. Me habrían mandado a pescar a Astrakán.» Recuerda quien nunca comprendió que arte y educación no tuviesen que ser la vanguardia de la revolución. Pero tampoco se trataba de echarse atrás porque unos cuantos burócratas y fiscales voluntarios le mirasen con creciente desconfianza. 

En el año 1924 Maiakovski comienza un nuevo ciclo de conferencias a través de la URSS, cuyo tema es Lef. Escribe y luego lee en público "Aniversario", dedicado a Puschkin. Termina su "Lenin", que lee en varias reuniones obreras; tema delicado, si lo hay, sobre todo por la facilidad con que podía caerse en la mera narración política. Pero «la reacción de los auditorios obreros me reconfortó y me afirmó en la certidumbre de que ese poema era necesario». 
El futurismo imaginista que, aparente o soterrado, estaba en la base del poema maiakovskiano no era fácil de ser transmitido a un público inculto. Ese poema, sin embargo, tenía la peculiaridad, en boca de su autor, de presentarse eficazmente a su oralidad. Y oral era el conocimiento que esos auditorios tenían de la cultura autóctona, tradiciones y leyendas; en una palabra, un público familiarizado con la audición. «La tribuna y el estrado serán continuados, desarrollados por la radio. La radio es el camino (uno de los caminos) de la palabra, de la consigna, de la poesía. La poesía ha dejado de ser solamente eso que se ve con los ojos. La revolución ha dado la palabra que se oye, una poesía que se oye... Con todo, la dificultad de «comunicación» habría persistido de no ser que en los textos la expresión directa de estados de ánimo e ideales alternan sabiamente con imagenes más creadas. No es nada curioso, puesto que Maiakovski ejercía su inspiración también en el periodismo, en la octavilla. «En mi trabajo me encauzo intencionadamente en el periodismo. El articulo, la consigna. Los poetas aúllan, pero no saben hacerlo y la mayor parte de ellos colaboran en publicaciones irresponsables. A mi, sus elucubraciones líricas me dan risa, ¡es tan fácil y tan poco interesante para cualquiera que no sea tu esposa!» La poesía debía ser como el viento: oírla y sentirla; un acto verbal público, claro, rico -¡en la medida de lo posible!- que diese ese placer justo que merecían sus fuentes de inspiración: la revolución, el pueblo en marcha, los trovadores y los ministriles. Voy de ciudad en ciudad y digo mis versos.» Y esas ciudades no son pocas ni siempre soviéticas: Novotcherkas, Karkov, París, Rostov, Tifflis, Berlín, Kazán, Tula, Praga, Leningrado, Yalta, Eupatoria... Maiakovski tiene un público que cada vez se parece más al que quiere. Un nuevo viaje, en el que pensaba dar la vuelta al mundo, le lleva a los Estados Unidos, en el enemigo fascinante. Naturalmente, le reciben con euforia y con espanto. «Tengo la impresión de que, embrujadas por mi acento, arrebatadas por mi ingenio, conquistadas por la profundidad de mi pensamiento, las mujeres, con sus piernas kilométricas se quedan pasmadas, mientras que los hombres enflaquecen a ojos vista y se ponen pesimistas ya que les resulta imposible rivalizar conmigo». De este viaje data, entre otros textos su "Puente de Brooklin" donde, bastante sumariamente, se admira y se conduele del país de los rascacielos. 

Lef, que había dejado de ser publicada en 1925, reaparece dos años más tarde con el nombre de Nuevo Lef. Su posición es considerada fundamental por Maiakovski: contra la ficción, contra el esteticismo y la psicología del tres al cuarto; a favor de la obra de agitación, del periodismo de calidad, de la crónica. Mi trabajo principal está en el Komsomolskaia Pravda (diario del Komsomol (Juventudes Comunistas), en él colaboró hasta su muerte); hago horas suplementarias para escribir ¡Qué bien! Vladimir está convencido de que este poema es un manifiesto. Su método de composición: limitación de los procedimientos poéticos abstractos (hipérboles, imágenes en viñetas válidas de por sí) e invención aplicada a un material de crónica y agitación. Otro elemento: la ironía patética para describir detalles que en sí mismos son insignificantes, pero que representan un paso en la buena dirección... Casi a continuación de ¡Qué bien! (entre varios guiones cinematográficos y libros para niños), Maiakovski escribe otro poema cuyo título no es ni más ni menos que la contrapartida del anterior: ¡Nada bien! Además, prepara un nueva pieza de teatro y su biografía literaria. Como siempre a lo largo de su corta vida, la canalla oficial y semioficial le salen al paso: «Su biografía no es muy seria que digamos» amenazan. Vladimir tiene una respuesta coherente con su vida pública: «Todavía no me academicé, y no tengo por costumbre tratarme con damasiado respeto. Por lo demás, lo que hago me interesa cuando encuentro en ello un poco de alegría.» 

Por eso, quizá, para no verse obligado a trabajar sin ganas, dos años después, exactamente el 14 de abril de 1930, Vladimir Maiakovski se dispara una bala en el corazón. Su extraordinaria fibra vital, cuenta Elsa Triolet, le impedía estar en un movimiento entre comillas cuando éste tendía a estancarse o a degradarse; así por ejemplo, el antiguo constructivista, hoy poeta proletario, critica duramente a los constructivistas de 1930. Sobre todo, lo que más le enervaba era ver cómo por distintos caminos, los reaccionarios, los unos adoradores de la técnica, los otros de la burocracia literaria y política, intentaban a toda costa separar su poesía de la revolución, su voz tonante del pueblo. El suyo era un idealismo encarnado.

Antes de suicidarse escribió: 

¡A todos! 
No se culpe a nadie de mi muerte y, por favor, 
nada de chismes. Lili ámame. 
Camarada gobierno, mi familia es: Lili Brik, mi madre, mis hermanas y Verónica Vitaldovna Polonskaya. 
Si se ocupan de asegurarles una existencia decente, gracias. 
Por favor den los poemas inconclusos a los Brik, 
ellos los entenderán. 
Como quien dice 
la historia ha terminado. 
El barco del amor 
se ha estrellado 
contra la vida cotidiana 
Y estamos a mano 
tú y yo 
Entonces ¿para qué 
reprocharnos mutuamente 
por dolores y daños y golpes recibidos? 


Obra


Su obra poética, aunque vinculada a la Revolución Rusa, supera con creces el estigma de la poética revolucionaria que, algunos críticos, le asignaron por esta relación emotiva y por la búsqueda de una nueva forma de poetizar, henchida de impresiones y emociones sensuales. 

En su obra teatral La chinche (1929), ridiculizó la falsedad de la burguesía de su época, sin embargo su Hablando a gritos (1930), la gran obra épica que dejó sin concluir, se califica como su legado idealista. 

Al final de su vida se desengañó de la vida soviética, los pequeños burgueses soviéticos no le comprendieron y le acosaban con crítica acerada. 

Maiakovski se suicidó de un disparo en el corazón el 14 de abril de 1930 sin que se hayan podido dilucidar, con claridad, las causas de esa determinación; probablemente intervinieron factores emocionales, así como algunas críticas severas por su expresivo «individualismo». 

En 1918, Maiakovski escribió el guión de la película "Закованная фильмой" (Atrapada por la Película) e interpretó el papel del gamberro en la película Bárishnia i juligán (Una señorita y un gamberro). 

Las obras más destacadas 

* Yo mismo, colección de versos, 1913 (Я!) 
* ¡Vea Ud.!, 1913 (Нате!) 
* Vladímir Maiakovski, 1914 (Владимир Маяковский) 
* La Nube en Pantalones, 1915 (Облако в штанах) 
* La Flauta Vertebral, 1915 (Флейта-позвоночник) 
* Guerra y paz, 1917 (Война и мир) 
* Hombre, 1918 (Человек) 
* Misterio bufo, 1918 (Мистерия-буфф) 
* 150 000 000, 1920 
* Amo, 1922 (Люблю) 
* Acerca de Esto, 1922 (Про это) 
* Vladímir Ilich Lenin, 1924 (Владимир Ильич Ленин) 
* ¡Bien!', 1927 (Хорошо!) 
* La chinche, 1928 (Клоп) 
* El baño, 1929 (Баня) 
* Hablando a gritos, 1930 (Во весь голос) 

Obras traducidas 

* Misterio bufo, Cuadernos para el Diálogo, 1971 
* Yo mismo, Alberto Corazón, 1971 
* El baño: Drama en tres actos, con circo y fuegos artificiales, Escelicer, 1972 
* La rebelión de los objetos, Fundamentos, 1972 
* Poemas 1913–1916, Alberto Corazón, 1972 
* Poemas 1917–1930, Alberto Corazón, 1973 
* La chinche; El baño, Edaf, 1974 
* Poesía y revolución, Península, 1974 
* Hoja tras hoja, un elefante o una leona, Progreso, Moscú, 1978 
* Vladímir Ilich Lenin, Akal, 1978 
* Poesía, Akal 
* Poemas (1912–1920), Laya, 1984 
* La nube en pantalones, Mondadori, 1999 
* ¿Qué está bien y qué está mal?, Hiperión, 1999 
* Poemas, Ediciones 29, 2002 
* España; Dos monjas, Editorial Límite, 2004 
* Mi descubrimiento de América: 1925: en 12 poemas, Euskoprint, 2005 
* Yo mismo. Cómo hacer versos, Traducción Agustín García Tirado y Eulalia Soldevilla, Editorial Alberto Corazón 
* Conversaciones con el inspector fiscal y otros poemas, Ediciones 29, Barcelona, 1997 


Poemas


EL POETA ES UN OBRERO 

Se le ladra al poeta: 
«¡Quisiera verte con un torno! 
¿Qué, versos? 
¿Esas pamplinas? 
¡Y cuando llaman al trabajo, te haces el sordo!» 
Sin embargo 
es posible que nadie 
ponga tanto ahínco en la tarea 
como nosotros. 
Yo mismo soy una fabrica. 
Y si bien me faltan chimeneas, 
esto quiere decir 
que más coraje me cuesta serlo. 
Sé muy bien 
que no gustáis de frases vacías. 
Cuando aserráis la madera, es para hacer leños. 
Pero nosotros 
qué somos sino ebanistas 
que trabajan el leño de la cabeza humana. 
Por supuesto 
que pescar es cosa respetable. 
Echar las redes. 
¿Quién sabe? ¡Tal vez un esturión! 
Pero el trabajo del poeta es más beneficioso: 
la pesca de hombres vivos, esto es lo mejor. 
Enorme, ardiente es el trabajo en los altos hornos, 
donde se forma el hierro chisporroteante. 
¿Pero quién 
se atrevería a llamarnos holgazanes? 
Nosotros bruñimos las mentes con áspera lengua. 
¿Quién es más aquí? 
¿El poeta o el técnico 
que procura a los hombres 
tantas ventajas prácticas? 
Los dos. 
Los corazones son también motores. 
El alma es también fuerza motriz. 
Somos iguales. 
Camaradas de la clase trabajadora. 
Proletarios del cuerpo y del espíritu. 
Solamente unidos 
solamente juntos podremos engalanar el universo, 
acelerar el ritmo de su marcha. 
ante una oleada de palabras, levantemos un dique. 
¡Manos a la obra! 
¡Al trabajo, nuevo y vivo! 
Y a los que discursean 
que se les mande al molino. 
¡Para que el agua de sus discursos haga girar sus aspas! 


CONVERSACIÓN CON EL INSPECTOR FISCAL SOBRE POESÍA 

Ciudadano inspector, 
perdone la molestia. 
Gracias, 
no se preocupe, 
me quedaré de pie. 
Quiero tratar 
un asunto bastante delicado: 
qué sitio ha de ocupar 
el poeta 
en las filas obreras. 
Igual que los que tienen 
tiendas y terrenos 
también yo debo pagar 
impuestos. 
Usted me pide 
quinientos al semestre 
más veinticinco 
por no declarar a tiempo. 
Mi trabajo 
es igual 
a cualquier otro. 
Mire 
cuántas pérdidas, 
cuántos gastos 
invierto en materiales. 
Usted sabe 
naturalmente 
eso que llaman rima. 
Si la primera línea 
termina en "ajo" 
entonces, la tercera, 
repitiendo las sílabas 
debe poner 
algo así 
como "cascajo". 
Si utilizo su lenguaje 
la rima es un cheque, 
hay que cobrarlo alternando los versos 
y buscas 
con detalle sufijos y prefijos 
en el cofre vacío 
de las declinaciones, 
de las conjugaciones. 
Coges una palabra 
y quieres meterla en la estrofa 
pero si no entra 
y aprietas, 
se rompe. 
Ciudadano inspector: 
le juro 
que el poeta paga caras 
las palabras. 
Hablando mi lenguaje 
la rima es un barril 
de dinamita, 
y la estrofa es la mecha. 
La estrofa se consume, 
y estalla la rima, 
y por el aire y la ciudad 
la estrofa 
vuela. 
¿Dónde hallar, 
y a qué precio, 
rimas que estallen 
y de golpe maten? 
Quizá sólo sean 
cinco las rimas 
increíbles 
y sin estrenar, perdidas 
más allá 
de Venezuela. 
Me voy a buscarlas, 
haga frío, haga calor, 
atado por anticipos, préstamos y deudas. 
Ciudadano, 
tenga en cuenta 
el pago de los viajes. 
La poesía 
toda 
es un viaje a lo desconocido. 
La poesía 
es como la extracción del radio 
-Un año de trabajo 
para sacar un gramo. 
Sacar una sola palabra 
entre miles de toneladas 
de materia prima verbal. 
Pero ¡qué ardiente 
el calor de estas palabras 
comparado 
con la humeante 
palabra bruta! 
Esas palabras 
mueven 
millares de años, 
millares de corazones. 
Claro 
que hay poetas 
de distinta calidad. 
Muchos 
de hábil mano, 
como prestidigitador, 
sueltan estrofas de la boca, 
suyas y de otros. 
Y para qué hablar 
de los castrados líricos. 
Meten un verso ajeno 
y están felices. 
Eso es 
robo y despilfarro 
uno más entre los que azotan el país. 
Esos 
versos y odas 
aplaudidos 
hasta la saciedad 
entrarán en la historia 
como gastos accesorios 
de lo hecho 
por dos o tres buenos versos 
de nosotros. 
Muchos kilos de sal 
habrás de comer 
como suele decirse, 
y fumar cien cigarrillos 
hasta 
sacar 
la palabra preciosa 
de las honduras artesianas 
de la humanidad. 
Rebaje por eso 
los impuestos, 
quítele 
una rueda 
a los ceros. 
Uno noventa 
cuestan cien cigarrillos. 
Uno sesenta 
la arroba de sal. 
Demasiadas preguntas 
su formulario tiene: 
Ha viajado 
o no ha viajado? 
Y si le respondo 
que en estos quince años 
he reventado 
decenas de Pegasos, 
¿qué? 
Póngase usted 
en mi sitio, 
piense en el servicio 
¿Qué ha de contestarme 
si le digo que soy 
caudillo popular 
y al mismo tiempo 
trabajo a su servicio? 
La clase obrera 
vibra en nuestras palabras, 
somos proletarios 
motores de la pluma. 
La máquina 
del alma 
se gasta con los años. 
Dicen entonces: 
estás gastado, 
fuera. 
Cada vez amas menos, 
te arriesgas menos 
y mi frente 
desgastada 
por el tiempo no arremete. 
Entonces llega 
el desgaste mayor, 
el desgaste 
del alma, del corazón. 
Y cuando 
este sol, 
grande y redondo 
se alce 
en el futuro 
sin lisiados ni tullidos, 
ya me habré 
podrido, 
muerto en una cuneta 
junto 
a decenas 
de mis colegas. 
Hago 
mi balance final. Afirmo, 
y no miento: 
entre los vividores 
y actuales fulleros 
seré 
el único 
con deudas impagables. 
Nuestra deuda 
es aullar 
como sirenas de bronce, 
entre la niebla filistea 
y el fragor de la tormenta. 
El poeta 
siempre adeuda al universo, 
paga con su dolor 
las multas, 
los impuestos. 
Adeudo 
las calles de Broadway, 
los cielos de Bagdad, 
el ejército rojo, 
los jardines de cerezos del Japón, 
todo aquello 
sobre lo que aún 
no pude cantar. 
Al fin y al cabo 
¿para qué 
tanto jaleo? 
¿Para disparar rimas 
y atronar con el ritmo? 
La palabra del poeta 
es su resurrección, 
su inmortalidad, 
ciudadano inspector. 
Dentro de cien años, 
en un pliego de papel 
cogerán una estrofa 
y resucitarán este tiempo 
Y ese día 
surgirá 
con fulgor de asombros, 
y olor a tinta 
le envolverá en su vaho, 
señor inspector. 
Usted, habitante convencido 
del día de hoy 
saque en el Comisariado de Caminos 
un pasaje para la eternidad, 
calcule 
el efecto de mis versos, 
divida 
mi salario 
en trescientos años. 
Mas la fuerza del poeta 
no estriba 
en que le recuerden a usted en el futuro 
y se asusten. 
No. 
Hoy 
la rima del poeta 
es caricia también, 
consigna, 
látigo, 
bayoneta. 
Ciudadano inspector, 
pagaré cinco 
quitando los ceros que van detrás. 
Por derecho 
yo 
reclamo un hueco 
entre las filas 
de los obreros 
y campesinos más pobres. 
Y si usted piensa 
que todo consiste 
en saber utilizar 
palabras ajenas, 
entonces, camaradas, 
aquí tienen mi pluma, 
y escriban 
ustedes 
cuanto quieran. 


VLADIMIR ILITCH, LENIN (FRAGMENTOS) 

Es tiempo- 
comienzo 
el relato sobre Lenin. 
No porque 
no haya pena 
más grande, 
es tiempo 
porque 
la honda tristeza 
sea ya 
dolor claro y consciente. 
Tiempo, 
vuelve a flamear los lemas leninistas. 
¿Es justo 
derramar 
lágrimas y lágrimas? 
Lenin sigue siendo 
el hombre 
más vivo entre los vivos. Es 
nuestra sabiduría. 
nuestra fuerza 
y el arma que blandimos. 
Los hombres son como barcas, 
aunque sin agua. 
Mientras 
vivimos 
se nos pegan 
a los costados 
muchos 
caramujos sucios. 
Y después, 
sorteada ya 
la tempestad furiosa, 
te sientas 
bajo el rayo del sol 
y te quitas 
la barba verde 
de las algas 
y la barba lila 
de las anémonas. 
Yo también 
me limpio 
para semejarme a Lenin 
y seguir remando 
por la revolución. 
---------------------------------------------- 
De noche 
dormimos. 
De día 
hacemos las cosas. 
Nos gusta lo ilusorio. 
Cuando alguien es capaz 
de poner las cosas 
en su lugar, 
le llamamos 
«profeta», 
lo llamamos 
«genio». 
No tenemos 
grandes ambiciones, 
si no nos llaman 
no acudimos. 
Agradar 
a nuestra esposa 
ya es bastante. 
Pero cuando 
alguien diferente 
avanza 
con su cuerpo y su alma 
juntos, 
murmuramos 
«majestuosa figura», 
nos admiramos 
«don divino». 
Eso es lo que dice 
la gente 
ni demasiado ingeniosa 
ni demasiado imbécil. 
Las palabras aparecerán 
y desaparecerán como el humo. 
De esas cabezas huecas 
no sacarás nada más... 
Pero ¿cómo medir a Lenin 
con la misma vara? 
Lo vio todo 
y todo el que quiso 
ese «tiempo» 
no tuvo que agacharse 
para pasar 
bajo el dintel. 
---------------------------------------------- 
Ayer, 
a las seis y cincuenta 
murió el camarada Lenin. 
Este año 
ha visto 
lo que no verán muchos otros. 
Este día 
entrará 
en la leyenda triste de los siglos. 
El horror 
hizo brotar un estertor 
de acero. 
Una ola de sollozos 
pasó sobre los bolcheviques. 
¡Terrible peso! 
Nos arrastrábamos 
como una masa extraviada. 
Saber- 
¿cómo y cuándo? 
¡Saberlo todo! 
En las calles, 
en las callejuelas 
boga 
como una carroza fúnebre 
el Gran Teatro. 
La alegría 
es un caracol que repta. 
La desgracia 
es un corcel indómito. 
Ni sol 
ni brillo de espejo, 
todo 
tamizado por los diarios, 
salpicado 
con negra nieve. 
La noticia asalta 
al obrero 
delante de la máquina. 
Una bala en el alma. 
Y es como si 
se derramasen lágrimas 
sobre cada instrumento de trabajo. 
Y el mujik 
que ha pasado por todas 
y que, 
más de una vez, 
miró la muerte a los ojos, 
se aparta de las mujeres, 
pero se traiciona 
por los regueros negros 
que enjuaga con el puño. 
Aun los hombres más duros 
-de silex- 
se mordían el labio 
hasta sacarse sangre. 
Los niños 
quedaron serios como viejos, 
y los viejos 
lloraban como niños. 
Por toda la tierra 
el viento 
llevaba el insomnio 
sin pensar, soplando y volviendo a soplar, 
que allá 
en el hielo 
de un pequeño cuarto de Moscú, 
estaba el ataúd 
del padre y del hijo 
de la revolución. 
El fin, 
el fin, 
el fin. 
¡Qué difícil 
creerlo! 
Un vidrio- 
y vemos lo que está abajo... 
Es a él 
a quien traen de la estación Paveletzki 
y llevan por la ciudad 
que arrebató a los amos. 
La calle 
parece una herida abierta... 
Aquí 
cada piedra 
pisada 
por los primeros ataques 
de octubre, 
conoce a Lenin. 
Aquí 
todo 
lo que cada bandera 
ha embellecido, 
fue comenzado 
y ordenado por él. 
Aquí 
cada torre 
ha oído a Lenin 
y lo habría seguido 
a través del fuego y del humo. 
Aquí 
cada obrero 
sabe quién es Lenin- 
exponed los corazones 
como ramas de abetos. 
Nos llevaba al combate, 
anunciaba las conquistas, 
y así 
el proletario 
es dueño de todo. 
Aquí 
cada campesino 
ha inscrito 
en su corazón 
el nombre de Lenin 
con más ternura que en las calendas de los santos. 
Ordenó 
devolverles 
las tierras 
con que sueñan 
los abuelos muertos bajo el knut. 
Y los comuneros 
-los de la Plaza Roja- 
parecían 
murmurar: 
«¡Tú, a quien tanto queremos! 
Vive 
pues tal es 
el más bello destino al que aspiramos- 
cien veces 
nos lanzaremos al ataque 
dispuestos a morir!» 
Si apareciese ahora 
un hacedor de milagros, 
y nos dijese: 
«Para que él se levante 
debéis morir vosotros!»- 
La esclusa de las calles 
se abriría 
y los hombres 
se arrojarían 
a la muerte 
cantando. 
Pero no hay milagros; 
inútil es soñar. 
Está Lenin, 
el ataúd, 
las espaldas encorvadas. 
Fue un hombre 
humano hasta el fin. 
Ahora, 
soporta 
el suplicio 
del dolor de los hombres. 
Nunca hubo 
flete más valioso 
llevado 
por nuestros 
océanos 
que 
ese ataúd rojo 
bogando 
hacia la Casa de las Uniones, 
sobre la espalda 
de sollozos y peldaños. 
Mientras 
hombres 
del temple de Lenin 
montaban guardia 
de honor, 
la muchedumbre 
esperaba desde hacía un rato 
apiñada 
a lo largo 
y Dimitrovka. 
En en alo diecisiete, 
el mismo 
con su hija en la cola 
para el pan- 
¡mañana comeremos! 
Pero en esta 
glacial 
y terrible cola, 
todos se alineaban 
niños y enfermos. 
Las villas 
se alineaban 
al lado de las ciudades. 
El dolor tintineaba, 
infantil o viril. 
La tierra de trabajo 
desfilaba, 
vivo 
balance 
de la vida de Lenin. 
El amarillo sol 
bizqueando dulcemente, 
se levanta 
y lanza 
los rayos a sus pies. 
Como 
acosados, 
llorando la esperanza, 
doblados de dolor 
desfilan los chinos. 
Las noches 
venían 
a lomo 
de los días, 
confundiendo las horas, 
mezclando las fechas. 
Como si 
no hubiese 
noches ni estrellas arriba. 
sino 
negros de los Estados Unidos 
llorando a Lenin. 
Un frío 
antes nunca sentido 
escocía las suelas, 
pero cada cual 
permanecía en esa 
multitud apretada. 
Ni siquiera 
se atreven 
a frotarse las manos 
para calentarse un poco, 
no es conveniente. 
El frío 
atrapa 
y arrastra 
como si 
quisiera poner a prueba 
el temple del amor. 
Penetra a la fuerza 
en la muchedumbre. 
Presa de agitación 
la muchedumbre 
pasa por detrás de las columnas. 
Los escalones crecen, 
se vuelven arrecifes. 
De pronto 
no se oye 
ni canto ni respiración, 
y nadie se atreve a dar un paso más- 
bajo el pie, hay un abismo,- 
es el borde filoso 
de un abismo de cuatro escalones. 
Cortando 
la esclavitud de cien generaciones, 
tiempo en que el oro 
tenía toda la razón. 
El borde 
del abismo- 
el ataúd de Lenin, 
y más allá, 
en todo el horizonte, 
la columna. 
¿Qué veremos? 
Nada más que su frente, 
y a Nadejka Konstanstinovna, 
detrás, 
de una bruma... 
Quizá 
ojos que no llorasen 
verían algo más. 
Pero no eran 
ojos como esos 
los que yo veía. 
La seda de las banderas flameantes 
se inclina, 
para rendir 
los últimos honores: 
«Adiós, camarada, 
has terminado 
tu honrado y valiente camino.» 
Horror. 
Cierra los ojos, 
no mires, 
como si andases 
sobre una cuerda de seda. 
Como si 
por un instante 
estuvieses 
a solas 
con una inmensa 
y única verdad. 
Soy feliz. 
El agua sonora de la marcha 
lleva 
su cuerpo sin peso. 
Sé 
que en adelante 
y para siempre, 
ese momento 
vivirá 
en mí. 
Feliz 
de ser 
una partícula de esta fuerza 
que tiene en común 
hasta las lágrimas de los ojos. 
Imposible 
que la comunión 
en el inmenso sentimiento 
llamado 
clase, 
sea 
más fuerte, 
más pura. 
---------------------------------------------- 
Y la muerte 
de Ilitch 
fue 
un gran 
aglutinador del comunismo. 
Por encima de los troncos 
de un enorme bosque, 
millones 
de manos 
sosteniendo su asta 
-la Plaza Roja- 
la bandera roja 
se eleva, 
arrancándose 
con una terrible sacudida. 
De esa bandera, 
de cada uno de sus pliegues, 
nos llegam 
vivo de nuevo, 
el llamamiento de Lenin: 
-¡En fila, 
proletarios, 
para el último cuerpo a cuerpo! 
¡Esclavos 
enderezad 
vuestras rodillas hincadas! 
¡Ejército de proletarios, 
adelante y en orden! 
¡Viva la revolución 
alegre y rápida! 
Esta 
es la única 
gran guerra 
de todas 
la que la historia ha conocido. 


YO Y NAPOLEÓN 

Vivo en la Gran Presnaia 
n.º 36/24 
Un lugar muy tranquilo. 
Muy tranquilo. 
¿Entonces? 
¿Acaso es asunto mío 
que alguien 
en alguna parte 
de este tempestuoso mundo 
haya provocado una guerra? 

Ha caído la noche. 
Buena. Insidiosa. 
¿Por qué esas chicas 
se estremecen así, moviendo 
ojos tan inmensos como focos? 
La muchedumbre callejera 
humedece sus labios calientes 
en el agua del cielo, 
y la ciudad, agitando sus esposas enbanderadasm 
implora y vuelve a implorar a la cruz roja. 
Una iglesia despeinada se pega 
a la cabecera de la avenida 
-hatillo lleno de lágrimas- 
mientras que los parterres de la avenida 
pierden sangre, como un corazón desmenuzado 
por los dedos de las balas. 
La angustia aumenta, aumenta, 
devora la razón endurecida. 
Ya los invernaderos de Noev 
palidecen por un gas letal. 
¡Decid a Moscú 
que se retenga! 
¡Decidle 
que no tiemble! 
Un segundo más 
e iré al encuentro 
del rey de los cielos- 
¡Si quiero, os mato al sol! 
¡Mirad! 
Lava sus banderas en el cielo. 
¡Allí está! 
Gordo y pelirrojo. 
Hace sonar el pavimento 
con sus cascos rojos, 
avanza sobre el cadáver de los techos. 
¡A ti! 
que gritas: 
«Te destruiré, 
te destruiré»; 
a ti, que divides la noche en las cornisas sangrientas. 
te lanzo un desafío- 
yo, 
un alma sin miedo. 

¡Avanzad, avanzad 
hombres estragados por el insomnio, 
hombres con la cabeza en llamas! 
¡Qué importa! 
He aquí nuestro último sol- 
el sol de Austerlitz. 
Y vosotros, los dementes de Rusia, de Polonia, 
avanzad también: hoy 
Napoleón soy yo. 
Soy el jefe de los ejércitos y aún más. 
Comparadnos -a él y a mí- 
Él sólo se codeó una vez con la peste 
y venció, por atrevido, la muerte; 
yo, cada día visito a los apestados 
en miles de Jaffa rusos. 
Por uina sola vez que sin flaquear 
afrontó las balas, será honrado 
por los siglos de los siglos; 
pero yo, tan solo en julio he cruzado 
mil puentes de Arcole. 
Mi grito está tallado en el granito del tiempo. 
Mi grito retumbará y retumba 
porque 
dentro de un corazón devastado como Egipto 
hay millones de pirámides. 
Seguidme, hombres estragados por el insomnio 
¡Subid! 
Con la cabeza en llamas. 
Yo te saludo 
último sol de mi vida, 
sol de Austerlitz! 
¡Hombres! 
¡Ya es bastante! 
Echaos sobre el sol 
¡y adelante! 
Desteñidlo. 
En la catedral estrangulada de la garganta 
sube el estertor de una marcha fúnebre. 
¡Hombres! 
Cuando canonicéis los nombres 
de muertos 
más famosos que yo,- 
acordáos: 
entre los muchos que la guerra mató 
está el poeta de la Gran Presnaia. 


150.000.000 

150.000.000 es el nombre del artífice de este poema. 
Su ritmo: la bala. 
Su rima: el fuego saltando de un edificio a otro. 
150.000.000 hablan por mi boca. 
Esta edición fue impresa con la rotativa de los pasos, 
en el papel vitela del adoquinado. 

¿Hay quién pregunte a la luna? 
¿Hay quién pretenda que el sol le rinda cuentas? 
¿Quién se atrevería a afirmar: este es el autor 
más genial de la tierra? 

De igual modo 
este poema 
no tiene autor. 
Su única idea es 
brillar en el día naciente. 
Ese mismo año, 
en ese día y hora, 
bajo tierra, 
en la tierra 
por el cielo 
y aún más arriba 
aparecieron estos 
carteles, 
octavillas, 
afiches: 

«A TODOS¡ 
¡A TODOS! 
¡A TODOS! 
¡A todos 
los que ya no aguantan más! 
¡Salid 
y marchad juntos!» 

(firmas): 
La Venganza -maestro de ceremonias. 
El Hambre -administrador. 
La Bayoneta. 
La Pistola. 
La Bomba. 
(tres 
firmas: 
los secretarios) 

¡Vamos! 
¡Vamos, vamos! 
¡Ja, ja, 
ja, ja, ja, ja, 
ja, ja! 
¡Se caen! 
¡Eh, Juanón! 
¡Mete billetes en la alpargata! 
¡No vayas descalzo al mitin! 
¡Adiós, Rusia del alma! 
¡Se acabó el pobre! 
¡Ya encontramos otra Rusia! 
¡La internacional! 
¡Vamos! 
Sentado en sillón de oro 
toma té con bizcochos. 
Iré a verle, 
furioso. 
Iré a verle 
tísico. 
Iré a verle 
y le diré: 
«Wilson, oye 
Woodrow, 
¿quieres un cubo de mi sable? 
Ya verás...» 
Llegaremos hasta el mismísimo 
hasta Lloyd George 
Y le diremos: 
«Oye, 
Jorgito...» 
-Hasta él no llegas. 
Hasta él hay océanos. 
Con esos 
no puede 
el jamelgo ruso 
No importa. 
Iremos a pata. 
Despertaba a la llamada 
de los bosques 
Fieras y fierecillas segregaban fuerza. 
Un lechón gruñía aplastado por un elefante. 
Los cachorros formaban hileras de cachorros. 
El grito humano es insoportable. 
Pero la fiera 
se exprimía el alma. 
(Os traduciré el bramido de los animales, 
si no conocéis la lengua animal): 
«¡Escucha, Wilson, 
bola de grasa! 
Si la culpa es del hombre, 
castígalo. 
Nosotros 
no hemos firmado el pacto de Versalles. 
Las fieras, sí, 
¿pero por qué debemos pasar hambre? 
¡Que sufran ellos nuestro dolor animal! 
¡Quién pudiera hartarse una vez más! 
¡Vamos a las Indias, rebosantes de hierbas! 
¡A las praderas americanas!» 
¡Oh! ¡Oh-uh! 
Ya no cabemos en la jaula-bloqueo. 
¡Adelante, automóviles! 
¡Al mitin, motocicletas! 
¡Lo pequeño, a la derecha! 
¡Ceded el paso a los camiones! 
¡Los caminos se pusieron en fila india! 
Escuchad loq ue dicen los caminos 
¿Qué dicen! 
«Nos asfixiamos de tanto viento y polvo, 
retorciéndonos en los railes por estepas hambirentas. 
Por dóciles kilómetros sin empedrar, 
estamos hartos de arrastrarnos tras los presidiarios. 
Queremos saturarnos de asfalto, 
ceder bajo el peso del expreso. 
¡levantáos! 
¡Basta de dormir 
carreteras mecidas por el polvo! 
¡Vamoooos!» 
¡Vamos a las minas! 
¡A por pan! 
¡A por el moreno! 
Sembrado para nosotros. 
Sin leña 
sólo los tontos pueden andar. 
¡Al mitin, locomotoras! 
¡Locomotoras, al mitin! 
¡Rápiiiido! 
¡Rápidorápido! 
¡Eh, 
regiones, 
levad anclas! 
Tras Tula, Astrakán, 
una mole tras otra, 
inmóviles 
desde Adán, 
arrancaron 
y avanzan 
sobre otras, con ruido de ciudades. 
Llevando por delante la oscuridad rezagada, 
tropezando con las frentes de los faroles, 
iban al mitin legiones de luz, 
con las zancadas de postes eléctricos. 
Y por encima 
conciliando el agua y el fuego, 
pudriñendose de ahogados, fluían los mares. 
«¡Paso a las olas del Caspio!» 
¡No volveremos a Rusia! 
No en el flaco Bakú. 
en las playas de la jubilosa Niza 
brincaremos con la ola mediterránea.» 
Y, por fin, 
tras el trueno 
de correr y trotar, 
respirando a pleno pulmón, 
en borbotones de nubes salieron por los agujeros 
los aires ya tormentosos de Rusia. 
¡Vamo-o-o-s! 
¡Vamosvamos! 
¡Y todos 
los ciento cincuenta millones de gentes, 
billones de peces, 
trillones de insectos 
animales salvajes, 
animales domésticos, 
centenares de regiones, 
con todo lo que hay construido, 
lo que vive en ellas, 
todo lo movible, 
inamovible, 
lo que apenas se movía, 
reptando, 
arrastrándose, 
nadando. 
Marcho en avalancha 
¡en avalancha! 
Y retumbaba el sitio 
donde estuvo Rusia. 
Lo importante 
no es comerciar con sacarina, 
¡El corazón quiere ser campana que doble! 
Hoy 
al paraíso 
lanzaremos a Rusia 
más allá de los irisados pozos del crepúsculo. 
¡Ja, ja, 
ja, ja, ja, ja, 
ja, ja! 
¡Vamosvamos! 
¡A través de la guardia blanca de las nieves! 
¿Por qué las regiones sacan sus carnosidades 
de los límites que por siglos les fijaron las autoridades? 
¿Por qué aguzan el oído de los cielos? 
¿A quién atalaya el horizonte? 

Por eso 
hoy 
ls ojos del mundo entero 
están puestos en nosotros 
y todos los oídos alertas 
captan el más mínimo 
sonido nuestro 
Para ver esto 
Para escuchar estas palabras: 
esto es la voluntad de la revolución, 
lanzada mñas allá de sus últimos límites 
esto 
es un mitin 
armazones de máquinas, 
gentes, y cuerpos de animales, 
esto 
son manos 
patas 
pinzas 
bielas 
levantadas 
aun donde el aire enrarecio 
prometiendo una misma cosa al unísono. 
Olvidad 
a los poetas 
que lanzan aullidos celestiales, 
olvidadlos, 
escuchad esta canción: 
«Vinimos a través de ciudades, 
nos abrimos paso en la tundra 
pisamos fango y charcos. 
Vinimos millones 
millones de obreros, 
millones de trabajadores y empleados. 
Vinimos de las casas, 
escapamos de los almacenes, 
de las callejuelas alumbradas 
por los incendios. 
Venimos millones, 
millones de objetos, 
destrozados, 
rotos, 
arruinados. 
Bajamos de las montañas 
reptamos por bosques 
y campos de cebada agostados por los años. 
Vinimos, millones, 
millones de ganado, 
cerriles, 
embrutecidos, 
hambrientos. 
Vinimos 
millones 
de impíos, 
paganos 
y ateos 
con la frente, 
el hierro oxidado, 
el campo 
Recemos todos 
a Dios, con fervosr. 
¡Aparece, 
no de un mullido tálamo estelar, 
Dios de hierro, 
Dios de fiego 
Dios, ni Marte, 
ni Neptuno, ni Vegas, 
Dios de la carne, 
¡Dios-Hombre! 
Baja de las estrellas que brillan en las arenas, 
liberado de las alturas, 
terrestre, 
¡sal, 
aparece 
entre nosotros! 
No el que 
«estás en los cielos». 
Hoy 
a la vista de todos 
obraremos milagros, 
nuestros propios milagros. 
Nos encabritamos 
si en tu nombre 
hay que batallar 
en medio del humo 
en el fragor del turno. 
Nuestras hazañas 
serán más difíciles que las del Creador 
que llenaba 
de cosas el vacío. 
No sólo tenemos que construir 
con imaginación nueva, 
sino también dinamitar lo viejo. 
¡Sed, danos de beber! 
¡Hambre, aliméntanos! 
Ya es hora 
de llevar 
el cuerpo al combate. 
¡Más tupida 
sea la descarga 
contra los cobardes! 
¡Contra el montón, 
fuego de metralla! 

¡Que todo venga 
del mismísimo fondo del alma! 
¡A fuego, 
a llama, 
a hierro, 
a luz, 
abrasa, 
quema, 
corta, 
destruye! 

Nuestras piernas 
son abanicos que aventan la polvareda. 
Nuestras aletas son naves 
Nuestras alas son aeroplanos. 
¡Caminar! 
¡Volar! 
¡Cruzar! 
¡Rodar! 
haciendo inventario del mundo entero. 
Si esa cosa es útil, 
bien, 
sirve. 
Si es inútil, 
¡al diablo! 
Una cruz negra. 
¡Acabaremos contigo, 
mundo romántico! 
Basta de fe 
en el alma, 
¡electricidad, 
vapor! 
¡Basta de mendigos! 
¡Embolsad las riquezas de todos los mundos! 
¡Matad cuanto es viejo! 
¡De los cráneos haced ceniceros! 
Arrasadas 
las antiguallas, 
un mito nuevo 
se impondrá en el mundo. 
Romperemos con el pie 
la barrera del tiempo 
Miles de arcoiris 
colorearán el cielo. 

En un mundo nuevo se abrirán 
las rosas y los sueños ensuciados por las rimas. 
Todo estará hecho 
para el placer 
de los niños grandes que somos. 
Inventaremos 
rosas nuevas, 
rosas de capitales con pétalos de plazas. 
Vosotros, 
los marcados con el estigma del suplicio, 
ved al verdugo de hoy. 
Y sabréis 
que los hombres 
pueden ser cariñosos, 
con el amor 
que la estrella trepa por un rayo. 
Nuestra alma 
será 
confluencia de los Volga de amor. 
Todo el que las aguas traigan 
-tú o cualquier otro- 
será bañado por una mirada luminosa. 
Por las arterias más finas 
boaremos 
las naves faéricas de los hallazgos poéticos. 
Y tal como lo escribimos 
el mundo será 
el miércoles 
y ayer 
y hoy 
y mañana 
y siempre, 
por los siglos de los siglos. 
Por el verano secular, 
lucha, 
canta: 
«En la batalla final» 
¡Coreemos un himno común! 
¡Más de un millón! 
¡Multipliquémonos por cien! 
¡Vamos, por las calles! 
¡A los tejados! 
¡Tras los soles! 
¡En los mundos! 
¡Gimnastas de la palabra! 
Y Rusia 
ya no es un pordiosero 
no es un montón de escombros, 
no es ceniza de casas 
Rusia 
Rusia entera 
es un solo Iván 
sus brazos 
son 
el Neva 
y sus pies las estepas del Caspio. 

El siguiente fragmento narra el cuerpo a cuerpo que sostienen Iván, en harapos tras atravesar océanos y montañas, y W. Wilson, en Chicago. 

Atrincherado en su palacio, 
Wilson resiste, 
acciona unos resortes dorados, 
y de inmediato se alarga 
la cadena de formaciones inhumanas. 
Más terrible que tanques, 
que aguerridos regimientos, 
el hambre 
se levanta, sin vientre, 
con cien bocas, 
con millones de mandíbulas, 
y sale de un salto. 
Muerde una ciudad -se rompe como una nuez. 
Atrapa una villa -y sus huesos crujen. 
A los hombres, 
a los animales, 
se los traga a puñados. 
Precediéndola, 
aguzado el oído, 
abre la marcha la ruina. 
La fábrica respira. 
la ruina la oye. 
La ruina oye. La fábrica respira. 
la ruina estrecha, 
la fábrica se desmorona. 
Ataca, blandiendo un trozo de vía férrea. 
Todo se convierte en polvo, 
declina, 
se hunde. 
¡Prepárate! 
¡Al ataque! 
¡Trabaja! 
¡Suda! 
La garganta del hambre, 
el morro de la ruina, 
¡Las estrangularemos 
con el nudo corredizo de las vías férreas! 
Y cuando el país iba a quedar sin aliento 
-cortado por el hambre- 
entonces, 
blandiendo el ariete hidráulico de los trenes, 
el transporte se puso en marcha. 
Las locomotoras, con su blanca barba al viento, 
combaten, 
el hambre cede, 
y los trenes cargados de trigo, 
empezaron a pasar por encima de su cuerpo 
comiéndose los restos. 

Estremecido de rabia, 
Woodrow 
ordena: 
«Aniquiladlo enseguida» 
y envía enjambres de guerreros jóvenes... 
Y todos avanzan protegidos por el fango, 
espiroqueta sobre espiroqueta, 
vibrión sobre vibrión. 
El veneno de los microbis, 
las patas de los piojos, 
ensucian la sangre, 
hacen cosquillas a los cuerpos. 
De una copa inédita 
surgen las enfermedades, 
de pronto, 
el hombre 
adormecido 
se llena de manchas 
se hincha, y estalla 
como un hongo. 
Entonces se ponen en marcha 
precedidos por cierta 
farmacia arcoiris, 
poniendo en las troneras botellas de fenol, 
lazaretosm 
clínicas, 
hospitales. 
Los piojos retroceden 
estrechando filas, 
perseguidos 
por el fuego 
de los microscopios. 
La cadena desinfectante los golpea y golpea. 
Los enemigos son puestos 
patas arriba. 
Y abajo 
blandiendo como bandera una receta, 
desfila triunfalmente el Narkomzdrav del mundo entero 
De Wilson sale un extraño sonido,- 
Enfermedades y penurias han sido vencidas, 
y envía su último ejército, 
el ejército envenenado por las ideas.

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