Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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27 de abril de 2012

Juan Gonzalo Rose - entrevista






Juan Gonzalo Rose
Entrevista de Mario Campos




Publicado en Periolibros

del portal www.pcp


Llegué a Lima en 1943 cuando me expulsaron del Colegio Nacional de Tacna por pegarle a un inspector de disciplina que estaba golpeando a un compañero mío. Llegué solo porque mis padres trabajaban allá. Me vine a vivir a la casa de mi abuela en el pasaje San José de Magdalena. Este pasaje habría de convertirse con el tiempo en un lugar muy reconocido porque el “cholo” Nieto se robo de ahí a su actual esposa y porque ahí vivía también la primera enamorada de Manuel Scorza.
En esa primera etapa ¿en qué colegio estudiabas?
- Por ese tiempo yo estudiaba en el Colegio Claretiano. De ahí también, en cierto modo me expulsaron porque tuve algunos líos con algunos sacerdotes fascistas, y yo, aunque no lo sabía bien, por ese tiempo era republicano. Mis recuerdos de entonces son de los días en que había clases. Esos días me dedicaba a jugar básket. Yo jugaba muy bien. Hasta llegué a jugar en primera división. Jugué por el Santiago Barranco. En ese club jugaba también Roberto Tello, cuando todavía no sabía cantar ni yo escribir.


¿Cuando te mudaste a Chorrillos?


- Cuando mis padres consiguieron su traslado a Lima como maestros. En Chorrillos vivimos en una casita frente al mar que luego evoqué en los poemas escritos en México, en un libro que se tituló “Canto desde lejos”. Terminada mi media ingresé a San Marcos, a la facultad de Letras, donde conocí a otros jóvenes literarios con quienes descubrí que me unían lazos literarios. Estos fueron Francisco Bendezú, José Casapia, Carlos Araníbar que en ese entonces escribía versos, Pedro Alvarez del Villar y Alberto Valencia. Con ellos formamos un grupo que Bendezú bautizó como “Penta-Ultra” que vendría a ser algo así como los cinco que van más lejos.

¿Pensaste que ibas a llegar tan lejos?


- No; porque aún no había tomado el gobierno Odría. Como todos los grupos estudiantiles tratamos de sacar una revista que nunca apareció: habíamos planeado vender esa revista a la salida de los cines. Seguramente por un error, me eligieron delegado de mi año ante la Federación Universitaria, convirtiéndome sin que yo supiera en líder estudiantil.

¿Qué recuerdos importantes tienes de esos años?

- Lo más importante de ese entonces, recordándolo hoy, es que conocí a Luis de la Puente Uceda, con quienes años después, compartí el destierro en México. De la Puente era profundamente católico. Iba a misa todos los domingos. Era miope en todo, menos en política. Le encantaban los niños. Recuerdo que en México les enseñamos a cantar el Himno Nacional del Perú a los hijos del poeta Gustavo Valcárcel, quienes nos decían tíos. Luis de la Puente cantaba valses, acompañándose con una silla. Pam, pam, cantaba. Creo que hubiese sabido tocar todos los muebles. Ya desde entonces era un guerrillero nato. Soñaba con volver al Perú e iniciar la guerra campesina. Quiso traerme con él y conseguimos unas partidas de bautizo falsas para obtener pasaportes. El movimiento lo dirigía aquí Guillermo Carnero Hoke. Corría el año de 1955. Yo no formé parte de esa expedición porque me lo prohibió una orden del Partido Comunista en cuyas filas militaba entonces. Ahora comprendo que me salvé porque el levantamiento fracasó debido a que el coordinador del grupo en el Perú, Carlos Castañeda, resultó ser un miembro de la PIP y los complotados terminaron en la cárcel. Después me fui a vivir a una pensión mexicana con Juan Chang Lévano, muerto heroicamente en las guerrillas del “Ché” Guevara en Bolivia. Fue un tiempo increíble.

¿Qué otra cosa hace increíble el tiempo de tu destierro en México?


- Increíble y emocionante diría yo. El más grande honor de mi vida es haber conocido a un estudiante de medicina llamado Ernesto Guevara. Lo conocí en México en casa de su primera esposa Hilda Gadea. A veces me quedaba a dormir en casa de ellos y aunque te parezca mentira, hubo mañanas en que el “Ché” me llevaba el café a la cama. Era muy cariñoso, aunque era un hombre sumamente callado. Casi siempre sólo sonreía. No le gustaba hablar porque estaba dedicado a empresas muy importantes en compañía de dos hermanos cubanos apellidados Castro. A Fidel lo conocí en el café “Caballito”; a Raúl jamás lo vi. Por ese tiempo yo ya escribía versos. Estos los reuní en un librito titulado “La luz armada” que me prologó León Felipe. Uno de esos libros se lo dediqué al “Ché”. Hilda hablaba mucho de Ernesto. Lo quería mucho. Decía que le gustaba llegar a las asambleas políticas andrajoso, con las ropas manchadas de barro y que en ellas no pedía nunca la palabra. Era, según me contaron, un caminante nato. No olvidemos que se vino en bicicleta desde Buenos Aires al Cusco. Ahora comprendo que era un andariego que sabía muy bien dónde iba.

¿Por qué te deportaron a México?


- Me deportaron, me imagino, que por ser combatiente universitario, Secretario General de la Juventud Pro Paz, y adicto a las ideas que entonces se llamaban extremistas. Esparza Zañartu, dispuso el allanamiento de mi casa de Chacra Colorada, color que el gobierno de Odría le resultaba obviamente antipático. Fue en 1951. Pero ya había estado entrando y saliendo de la prisión por sucesivas redadas. En México estuve cuatro años. Recuerdo que la Embajada peruana en México me despojó de mi pasaporte; de tal modo que me convertí en un apátrida. Incluso cuando se promulgó la Ley de Amnistía General, bajo el segundo gobierno de Prado, no me dejaban volver. El entonces diputado Efraín Ruiz Caro, denunció este hecho ante su cámara. Sólo así pude volver.

Hablando de tu obra ¿qué es el mar en tu poesía?


- En mi poesía es una sensación de infinito y en la realidad, un camino peligroso.

¿Tan peligroso como el del alcoholismo que acabas de atravesar?


- Esa es una senda de la cual ya me retiré y a la cual no pienso volver, salvo que esté borracho; lo cual espero no suceda nunca más.

¿En tu época alcohólica escribiste algo?


- Los críticos dicen que sí, aunque siempre practiqué este deporte de la poesía completamente sobrio. La poesía es para mí la vía expresa de la Literatura, porque se llega más rápido a ninguna parte.

¿Por qué te dedicaste a ella?


- Me dediqué a ella por ocioso y porque tenía muy mala letra para escribir novelas. En la actualidad estoy en un nuevo camino que consiste en mi retorno al cristianismo.

¿Tu retorno a qué?


- Al cristianismo. He descubierto que en nada se opone a mis ideas socialistas y que estoy plenamente de acuerdo con la llamada nueva iglesia.¿Aunque no tengas ni un cristo?- Siempre tuve uno, pero yo no lo sabía. Más bien, parezco destinado a conocer super-hombres, como el “Ché”, Lucho de la Puente, Fidel, Javier Heraud, sobre quién estoy escribiendo una pequeña obra teatral, referente a su aspecto humano y no al del poeta guerrillero que hoy felizmente conocen todos.

Aparte de ese nuevo camino, ¿qué otros caminos tiene ahora Juan Gonzalo?


- Continuar con mi costumbre de no ser nunca empleado público, aunque como me decía un amigo mexicano, vivir fuera del presupuesto es vivir en el error, yo pertenezco a la clase media desacomodada y he sobrevivido gracias a mis padres y mis deudas. Después, seguir siendo periodista de la prensa chica hasta que ésta sea grande; continuar escribiendo canciones; y más precisamente, hacer cantos al Perú de nuestros días, que desconozco tanto como nuestros historiadores parecen desconocer al Perú del pasado. Tal como lo digo en un poema: “Fui a Machu Picchu para contemplar mi vida, y no para admirarlo, porque necesitamos, menos belleza Padre, y más sabiduría”.

¿Qué significa la publicación de tus obras completas, nada menos que por la entidad máxima de la cultura en el país?


- Es una especie de homenaje póstumo y una especia de reconciliación con la cultura. También significa que estoy viejo otra vez y que necesito comenzar de nuevo. Significa además recordar que una vez navegué el Amazonas en lancha-stop; evocar que una vez tuve infancia, amores, aventuras. Leerme me causa la impresión de haber vivido dos veces en un mismo cuarto del cual me había olvidado y tener la sorpresiva satisfacción de que me he plagiado a mi mismo y no solamente a Vallejo. Un libro propio es como un espejo que retrata tan sólo nuestras virtudes y oculta nuestros vicios solitarios. Asimismo, este libro me ha permitido la satisfacción de conocer a Juan Gonzalo Rose de quien había oído hablar mucho. Me sorprende por la paciencia de los compañeros linotipistas, mucho mayor que la de los críticos. Me agrada el comprobar que mis versos tienen más música que mis canciones. Me enoja por haber publicado antes, cuando no tenía nada nuevo que decir.

Charlas con Karim”, es tal vez, uno de los mas conmovedores trabajos de prosa poética que hayas hecho, ¿Quién es Karim?


- El hijo que todos tenemos.

¿Has tenido alguno?


- Tengo una hija en México, un poco mayor que yo. Se llama Mafalda y tiene 18 años. Su madre se llama María, es mexicana y la amé porque me comprendía. Todas las mujeres que amamos nos parecen hermosas. María lo sigue siendo en mi recuerdo.

¿Has visto últimamente a tu hija?


- Sí; a mi paso hacia Cuba, hace tres años. Es extraño que siendo yo tan “famoso” alguien diga que Mafalda es hija de un padre desconocido.

¿Cómo ensayarías una definición de Juan Gonzalo, amigo de los carteros, de ese Juan Gonzalo habitante de una casa de palomas, frente al mar?


- Ese es un sentimental; un hombre tierno y tímido que se porta bien para que no le peguen; un hombre peregrino venido a más; una especie de niño enamorado de todos los oficios y una suerte de viejo que se olvidó de crecer.

En la época de tu alcoholismo, recuerdas una tendencia tuya al suicidio. ¿Esto lo has superado?


- Mi alcoholismo constituía una especie de suicidio absolutamente consciente. Pero siempre rechacé la idea de una eliminación violenta. Creo que los poemas que cierran mi libro “Despedida” y “Continuidad”, constituyen mi mejor respuesta. Especialmente el primero:


“Quédate dormido mirando tus ojos Quédate dormido sobre los helechos de una antigua breve solitaria infancia Quédate dormido en cama de tiempo y en toda distancia Muérete en las tierras Muérete en los mares y en otros lugares donde pueda verte Muérete viviendo Muérete enamorado de tu propia muerte”.