Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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24 de enero de 2012

Villa - Rosa

fotografía: Inés Prades
Por Jorge Aliaga Cacho

Caminando por las calles de Madrid, encontró un lugar que era una verdadera joya, reliquia de recuerdo y tradición flamencas. De noche llegó hasta el Tablao Villa-Rosa que desde la puerta parecía ser un lugar propicio para disfrutar de una copa o dos, descansar el día y relajarse. En el umbral de la puerta le recibieron dos sonrientes anfitriones que le hicieron sentirse como en su propia casa y le dirigieron a una mesa cercana a las tablas.  Allí, iría a saciarse consumiendo, además de paella; calamares, pescaitos, pulpo, mejillones, camarones, choquitos, puntillitas y gambas, acompañado de un  buen  vino de la casa. Además presenciaría un gran espectáculo de contrapunto gitano que le  provocarían un deleite absoluto, gozo que le harían reflejar muestras de placer en el rostro, exclamaciónes de júbilo, algunos olés y estremecimientos del alma. Se encontraba magicamente atrapao, allí, en el tablao. 

Ese lugar, le decían, había abierto sus puertas el año 1911 y que muy pronto se convertiría en el lugar favorito de distinguidas personalidades del arte, la cultura y público en general. Él, bebía una copa de vino, en el 'mismísimo lugar', le decían, que lo harían antaño: Ernest Hemingway, Ava Gardner, Lola Flores, Miguel De Molina, Dominguín.  Un alegre interlocutor le azuzaba con avidez. Salieron los guitarristas y la música enseñoreó, aún más, el recinto.  Iba por su segunda copa de vino, cuando el parroquiano volvió a azuzarlo, esta vez balbuceando  y  causando revuelo en su imaginación, le contó que allí: 'a ese tablao había sabido llegar el propio Alfonso XIII'.  Fue entonces cuando nuestro novel visitante se dijo que ese rey se merecía el título de Sabio Rey.

Lo que vendría a continuación, y no me refiero al liquido elemento sino al espectáculo que contemplarían sus ojos, sería trascendental: flamenco de los dioses, arte e imágenes de embrujo. La música, los sentidos, el ambiente y el esplendor lo consignarían a un sueño, de esos, de los que uno nunca está dispuesto a dejar. Al terminar el espectáculo miró su reloj y salió del tablao con las imágenes revoloteando en su mente. Caminaba, por la Plaza de Santa Ana, tarareando las canciones flamencas, soñando el color de lo vivido.  Se dirigía bajo el manto de la noche sabe dios a que lugar de su destino y no se le vio por las calles de Madrid por algún tiempo.

Cuando llegó el  frío mes de enero, Humberto  Escalante, que así se llamaba, decidió volver a ese sitio  que había abandonado aquella noche como abandonando  la vida misma. No recordaba el lugar con exactitud, pero buscó sin suerte. Reconoció varias calles pero había olvidado el nombre de la calleja donde una vez halló ese emporio sensorial.  Recordaba con ansias los ojos de aquella joven mora de absoluta belleza que le recibiera en el lugar, sonido de castañuelas, paradita, ojitos, boquita, labios, flor silvestre, esbozando una sonrisa para encresparle el alma, recordaba.


Humberto, cruzaba y recruzaba la Plaza de Santa Ana. Observaba en toda direccion pero no podía encontrar el tablao.  En su ansiedad reconoció más calles; pasó por un  bar que estuvo a punto de entrar en busca de alivio. Bebería una caña y estaba seguro que recordaría dónde se encontraba ese lugar de ensueño.  Desistió de la idea de entrar al bar.  Siguió camino hasta La Puerta del Sol. Buscaba. También buscaba en su flaca memoria. Estaría cerca, se animaba. Imaginaba a la morena anfitriona, brillo,  quiebres imaginarios, deleites al compás de la música gitana, tacón, taconeo, palmoteó, vestidos, pliegues, talle. 'Y olé', se decía, pensando,  pensando.


Estaba ahora en el Mercado San Miguel. Confusión. Le llegaban vagos recuerdos, pero no, nada. Llegó a la entrada de La Plaza Mayor. Encontró un pub, allí descansó. Bebió melancolicamente. No podía ser, pensaba. No podía creerlo. Sudaba y temblaba. ¿Habría estado soñando? Desvariaba. Estaba por la quinta pinta de Guinness,  Insimismado estaba, conversando consigo mismo, cuando levantó la cabeza para escuchar a un viejo parroquiano decirle:  'No puede ser, caballero, hace muchos años que ese  tablao, el Villa-Rosa, de la esquina de Alvarez Gato, fue incendiao por la maña de una bella gitana hechicera hasta convertirlo en cenizas'. Humberto palideció. Le vino como mareos. Enmudeció....... Recobró el aliento. Respiró. Que le pusieran otra Guinness, dijo, y sarcasticamente sonrió observando la espuma marrón que descansaba al fondo del vaso.. 

- Como en Escocia, dijo, acompañao, con un trago de Wiskey -ordenó.

Al día siguiente, el sol brillaba, vistió la camisa negra, los botines de baile flamenco, salió a la calle  y siguió buscando.