Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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12 de junio de 2011

Vindicación de Velasco


Por Carlos Mejia


Ya es una letanía. "Velasco era la pesadilla de nuestra niñez" clama la periodista Rosa María Palacios por televisión, cada vez que quiere referirse al gobierno militar de los años 70s. Y años más, años menos, en mis memorias de infancia no hay el menor asomo de temor o preocupación cuando se trata de Juan Velasco Alvarado. Todo lo contrario.
El gobierno de Velasco fue una dictadura, pero no fue la habitual dictadura militar de la historia peruana. Se inscribe dentro de los procesos de reformismo militar que registran las décadas de los 60s y 70s en América del Sur. Aquellos que ven a Velasco como la suma de todos los males olvidan el tipo que sociedad que teníamos antes de lo que se llamó el "Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas".
En verdad, la sociedad peruana a fines de los 60s era desigual, racista, limeño céntrica, excluyente y cerrada. El aprismo como opción de las mayorías ya había claudicado y la izquierda -el partido comunista, más exactamente- era un grupo muy reducido.
En el campo, una altísima concentración de tierras dibujaba un mapa social de terratenientes y siervos. Los siervos, desposeídos y mayormente analfabetos estaban excluidos del ejercicio real de la ciudadanía pues no podían votar en los procesos electorales. El modelo de producción rural basado en grandes haciendas se encontraba en crisis en los Andes, mientras en la costa, los barones del azúcar en el norte y del algodón en el sur, mantenían sus propias leyes, su propia moneda y hasta castigos físicos para los peones y siervos en sus tierras.
En la ciudad, los asalariados crecen rápidamente pero la legislación laboral tiene más de medio siglo de retraso. La tasa de sindicalización es bajísma en parte por los trabas del Ministerio de Trabajo. El sindicalismo como sujeto autónomo no existe, pues el aprismo ha instrumentalizado la CTP. La ciudad de Lima, tradicionalmente sede de la elite blanca ve con desconfianza el surgimiento de "barriadas" en el norte de la ciudad, es la ola migratoria que ha desencadenado la crisis del agro en la sierra. El idioma quechua era sinónimo de vergüenza y escarnio.
Para decirlo con claridad, el país estaba en una situación crítica y era socialmente una bomba de tiempo. Las fracturas sociales eran tan grandes que ya a mediados de los sesentas y siguiendo la experiencia cubana, se formaron varios grupos guerrilleros que sin embargo, fueron rápidamente eliminados por las fuerzas armadas y policiales, pero no se descartaba una segunda ola guerrillera.
Es en este contexto, que se dan las condiciones para el reformismo militar. Velasco no solamente es la expropiación de los medios de prensa, es básicamente la reforma agraria, un nuevo modelo de relaciones laborales, un intento por construir una identidad realmente nacional y definir un modelo de desarrollo económico autónomo. Esa es una de las paradojas del proceso velasquista, que siendo una dictadura militar, representó el más importante esfuerzo democratizador realizado desde el estado durante el siglo pasado.
Pero, como parecen haber olvidado algunos jóvenes cientistas políticos o periodistas interesados, democratizar una sociedad implica una redistribución del poder. Unos pocos pierden, para que muchos accedan. Es decir, pérdida de ventajas, de privilegios, de riquezas, ruptura de argollas, desaparición de castas y "apellidos".
Y eso fue Velasco para el reducido número de familias de la élite blanca y costeña del país. Una pesadilla. Sin embargo, para mucha más gente significó la oportunidad de construir un sindicato, de acceder a una propiedad, de dejar la servidumbre, de reconocerse ciudadanos, de poder imaginar un futuro sin temor ni angustia. Un simple dato: el idioma que hablaban más de la mitad de los habitantes del país por fin era reconocido como lengua "oficial".
Recuerdo el día de su muerte, un 24 de diciembre de 1977, escuchar el anuncio oficial por televisión. Yo tenía diez años entonces y vi la tristeza de mi familia y del barrio donde crecí. Luego, el multitudinario entierro, la gente acongojada, los lemas y vivas...
Hoy, más de treinta años después que Velasco tomara el poder, un gobernante elegido por decisión democrática vuelve a levantar las banderas del nacionalismo reformista. Otra vez, la esperanza de muchos es la pesadilla de unos cuantos.

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