Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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6 de abril de 2011

Carlos Rengifo: Gran narrador peruano


MIÉRCOLES 6 DE ABRIL DE 2011
Carlos Rengifo: Gran narrador peruano

Segunda fecha: Carlos Rengifo, ganador del premio novela corta BCR 20011
Este jueves 07 de abril, sólo por 20cuento, Carlos Rengifo, ganador del premio de novela corta BCR 2011. Acá les dejamos el registro fotografíco de la reunión en su casa (de la cual nos abrió las puertas con mucha amabilidad), un cuento del autor y una breve biografía.

UN HOMBRE COMÚN
Soy el violador de las niñas del vecindario. Ando por la sombra, me oculto detrás de las paredes. Tengo una mujer que me atiende cuando vuelvo del trabajo; pero soy el violador de las niñas que viven en el vecindario.
Nadie se ha dado cuenta todavía. Creen que soy el mismo de siempre. Me saludan en la calle, hablan conmigo. No advierten que me sudan las manos. Y aunque lo supieran. Es muy difícil atribuir este síntoma al abuso premeditado. Yo me río por dentro, cuando converso con algún vecino y piensa que su hija está feliz, sentada frente al televisor. Sin embargo, podría describirle la prenda íntima que usa con frecuencia. Y contar cada uno de los latidos de su corazón mientras la aprisiono entre mis brazos.
Sé cómo actuar, en qué momento. Las veo pasar desde mi ventana, andando con ligeros brincos, y sigo observándolas durante varios días. En cuanto me decido, las abordo. Esto resulta bastante fácil, pues, por lo general, son niñas que me conocen. Cogen mi mano y caminan tranquilamente a mi lado. Saben que pueden confiar en mí, porque me han visto muchas veces con sus padres. Y entonces no les importa que las guíe por otro camino. Aunque, para eso, he tenido que distraerlas y comprarles algunas golosinas. Mientras se entretienen destrozando las envolturas, yo las alejo cada vez más de la gente.
Tan pronto nos internamos en la zona menos urbanizada, comienzo a inquietarme, a tiritar, a sentir punzadas en el estómago, y miro hacia ambos lados para corroborar que nadie nos vea. Seguro de la ausencia de testigos, con la respiración entrecortada, las jalo rápidamente hacia una construcción solitaria y les tapo la boca.
El acto dura pocos minutos. Algunas muerden o patalean, así que las tranquilizo de un bofetón o les froto el rostro con la navaja que siempre tengo a mano. Lo de la navaja es efectivo. Ellas lloran sin escándalo, soltando lágrimas tibias que humedecen mis dedos, hasta que termino y las amenazo con cortarles la cabeza y dársela a los perros si me delatan. Luego les acomodo bien las faldas o los pantaloncitos, las acompaño hasta un lugar donde puedan orientarse y regresar solas a sus casas, y me voy a tomar unos tragos con los amigos.
A ellos les sorprende el temblor de mis manos cuando levanto el vaso. Me dan una palmada en la espalda y sonríen al ver mi turbación. A veces quisiera enfrentarlos, decirles todo lo que puedo hacer. Sin embargo, callo, porque de lo contrario me estaría traicionando. Las pequeñas, desde luego, tampoco hablan, tienen demasiado miedo para señalarme, y yo continúo con mi vida de buen vecino, esposo discreto y abogado trabajador.
Me causa gracia la formalidad con que las señoras se presentan en mi despacho, y más aún aquellas que van con sus hijos, poniéndome como ejemplo de alguien a quien deben emular. Dejo que piensen lo que quieran, sin alterar mi comportamiento, y les cobro por adelantado los trámites del divorcio o el juicio por pensión alimenticia. En este mundo caótico donde nadie se conoce realmente, burlar a cualquiera, favorecido por la apariencia, es lo más natural. Sobre todo a los padres, ocupados cada cual en sus asuntos, sin prestar mayor atención a la mirada triste de sus niñas, a esos lloriqueos y gemidos que los toman como engreimiento, capricho o malcriadez. Viven engañados, pasando por alto muchos detalles, creyendo que los temores de las hijas son propios de la edad. Ignoran que existe algo más, cuya naturaleza se oculta bajo el velo de sus intimidades. Soy el único que lo percibe, el único que sabe, y eso me convierte en parte de ellas, metido para siempre en sus juegos y en sus pataletas.
Ya nadie puede desterrarme de aquel sitio privilegiado. Como el hierro candente que se usa para marcar la piel del ganado, así marco en lo más íntimo el tesoro oculto de mis escogidas. Pero mi marca es invisible, no sale a relucir, gracias a la navaja que coloco en sus gargantas, al terror que anido en sus mentes. Un arma infalible, como un grandioso báculo que enmudece a las niñas, en quienes la inocencia no resulta una virtud sino una fatal debilidad.
Sería fácil decir que estoy enfermo. Eso me aliviaría de muchas penas, en caso de que me descubrieran. Sin embargo, no doy muestras de ninguna imprudencia. Ser meticuloso, mantener la mente fría, cuidando que mi postura seria no sufra mella, es lo que me ha servido hasta ahora. Quizás por eso los vecinos me consideran, me estiman un poco, y me invitan a las parrilladas que organizan los fines de mes al aire libre. Yo, por supuesto, voy encantado, acompañado de mi mujer, quien se muestra muy contenta de relacionarse cada cierto tiempo con el vecindario, de hacer nuevas amistades.
Departimos alegremente con ellos, entre música y cervezas, en una mesa distante a la de los niños. Y les resulta por demás curioso que sus hijas no quieran acercarse a mí. Las señoras bromean acerca de esto, y lo atribuyen al hecho de que aún no tenga hijos. Me miran de reojo, codeándose bajo los platos descartables, y cuchichean un rato en son de broma. «Ya, pues, doctor Cornejo, ¿cuándo va a funcionar?». Se burlan, se ríen a carcajadas. Y yo me río con ellas, viendo cómo las niñas me miran desde lejos, mudas, impotentes, arrugando indefensas sus vestiditos bordados, totalmente solas en su infierno interior.

Carlos Rengifo (Lima, 1964). Autor de los libros de cuentos “El puente de las libélulas” (1996), “Criaturas de la sombra” (1998) y “El rumor de la tormenta” (2007); las glosas “Prosas impúdicas” (2005) y las novelas “La morada del hastío” (2001), “La casa amarilla” (2007) y “Uñas” (2008). Incluido en el octavo tomo de la antología “El Cuento Peruano 1990-2000” (Ediciones Copé 2001, selección y prólogo de Ricardo González Vigil), en “Cuentos pigmeos, antología de la minificción latinoamericana” (2005, prólogo y selección de la estudiosa italiana Giovanna Minardi) y en “La mala nota, el colegio en el cuento peruano” (Alfaguara 2008, selección y estudio de Jorge Eslava), entre otras antologías.

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