Sociólogo - Escritor

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"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales.
Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.
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16 de febrero de 2011

¿Cuándo es el centenario del poeta Luis Valle Goicochea?


UN GRAN OLVIDADO Y TRÁGICO
DE LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

Por Samuel Cavero Galimidi ©

     A finales del  año 2010 en el diario El Comercio, el escritor Jorge Eslava en su columnaLibros del capitán escribía que «El 2 de noviembre próximo se cumple el centenario del nacimiento de Luis Valle Goicochea». Aunque se sabe que su nacimiento ocurrió el 2 de noviembre, no se ha precisado exactamente qué año y por tanto el homenaje al escritor se dispersó en pequeños esfuerzos; el Dr. Luis Alberto Sánchez (quien lo cita brevemente en sus libros, como Luis Valle,  en el Tomo V de Literatura Peruana, dice: «Valle Goicochea, en su obra poética, convocó a la sencillez y a la castidad, como Eguren y Martín Adán, pero no se enredo en giros retóricos, ni se entregó a pesquisas semánticas; no hizo experimentos. Cantó, cantó lo tierno, lo profundo, lo humanamente irrenunciable...Amaba las cosas simples y las expresaba simplemente») conjetura  que fue, probablemente, en 1906, Luis Monguió en 1908, Mauricio Arriola Grande en 1909 (1) Esther Allison, Aurelio Miro Quesada, Carlos Milla Batres, Luis Alberto Ratto y Javier Sologuren en 1911 y José Gonzáles Morante (afirman fuentes no tan confiables) «sostiene en su tesis doctoral» el año 1910. Washington Delgado, en el Diccionario Histórico y Biográfico del Perú y Sebastián Salazar Bondy en la Revista Cultural Nº 1, Lima, 1943, asimismo Ricardo  Gonzáles Vigil en el diario El Comercio también lo han estudiado, pero sin abordar el detalle de su real fecha de nacimiento. Asimismo José Fabriciano Vásquez Bailón y Nivardo Córdova Salinas.Manuel Zanutelli Rosas, en el Diccionario Histórico y Biográfico del Perú apunta: «...Sus versos representaron en ese instante una reacción lozana y saludable frente a la retóricabarroca, una verdadera vuelta a la sencillez».
    Lo anecdótico de nuestros escritores es que en Trujillo el 2 de noviembre de 2010 se celebró ya el «centenario del nacimiento del poeta» en apoyo del Gobierno Regional y esa Municipalidad, pero en realidad ¿ese año, 2010, fue su centenario? José Gonzáles Morante, se sostiene, afirma que nació el poeta Luis Valle en 1910, en su tesis doctoral, se ha dicho. ¿Quién este «ilustre doctor» y dónde está su tesis, a quien no se le puede ubicar por teléfono, la red, correo electrónico, ni tiene publicaciones en ninguna red bibliográfica virtual o presencial? Tampoco  figura como doctorado en la Pontifica Universidad Católica del Perú o la Universidad Mayor de San Marcos, universidades de gran prestigio. ¿De haber esa tesis, Morante incluyó en su tesis la partida de nacimiento del poeta? Creemos que no. Es extraño además que los diarios de Lima y Trujillo donde trabajó como redactor no guarden en sus archivos una ficha bibliográfica que contenga la fecha de nacimiento de su redactor y/o colaborador y que el municipio liberteño (registrador de partidas) no se preocupe por este  singular caso. Y si de instituciones oficiales respetables hablamos se debe decir que la Biblioteca Nacional del Perú cataloga y ficha todos los libros de Luis Valle Goicochea en sus archivos electrónicos y manuales como nacido en 1908. ¿Con qué fundamento? ¿El de Luis Monguió? Craso error. El Gobierno Regional, la Municipalidad de la Libertad y los escritores de La Libertad, como se ha dicho, lo celebraron el 2010. Se apresuraron a celebrarlo, diríamos. ¿Con qué fundamento el 2010? Si la partida de nacimiento del poeta no figura en sus archivos registrales de Trujillo, tampoco en Pataz. El asunto se complica si tenemos en cuenta que Luis Valle Goicochea fue natural de un caserío andino, que en los albores del siglo pasado, La Soledad del distrito de Parcoy, en Pataz, probablemente por aquellos años no tenía Municipalidad y si la tuvo la falta de rigor administrativo, los usos y costumbres de la época, o una desgracia, como un incendio, pudo ocasionar la pérdida de estos archivos, incluso con la omisión de no haberlo inscrito. Luis Valle Goicochea nació el departamento de La Libertad.  Yo mismo hice un viaje hasta Trujillo con este fin. Me apersoné a la oficina de Registros Civiles de la Municipalidad Provincial de Trujillo, sito en Av. España 746. Después de sendos esfuerzos de tratar de hallarlo registrado en las archivos electrónicos y en los libros no aparece registrada la partida en esta Municipalidad.


Quienes defienden el 2011 como el verdadero Centenario de Luis Valle Goicochea son:
1.- Carlos Milla Batres
Adviértase que Milla Batres (2) como editor comete un grueso error al admitir dos fichas bibliográficas del mismo poeta. Una relativamente breve como nacido en Trujillo el 20O9, que no es verdad, pues nunca nació en Trujillo, y una muy completa como más bien nacido en el pueblo de La Soledad, Pataz, perteneciente al departamento de La Libertad,  el 2011. Lo más probable es que en la fecha que se publicó este libro hubo ya dos versiones, una proporcionada por WD (2009) y la otra (MZR).
VALLE GOICOCHEA, Luis. Poeta, narrador, periodista. Nació en Trujillo, en 1909. Murió en Lima, en 1953. Poeta hondo y sencillo, en cuya obra los temas hogareños y regionales se alternan con finas inquietudes espirituales, con íntimos desahogos líricos. Dominado por una sincera religiosidad, ingresó al convento de San Francisco, en el Cusco, el año de 1943. Lo abandonó tiempo después, sin perder la fe católica. Ejerció el periodismo en «El Comercio» y «La Prensa» de Lima y en «El Deber» de Arequipa. Entre sus varios libros de poesía, destaca El sábado y la casa (1934). El Instituto Nacional de Cultura editó sus poesías completas con el título de Obra poética (1974). Su producción narrativa es breve, pero interesante; consta de: Los zapatos de cordobán, novela, (1938); El naranjito de Quito(relato, en «El Comercio», 4 de mayo de 1939); y El árbol que no retoña, novela incompleta, aparecida por entregas en la edición vespertina de «El Comercio» de Lima. (WD).
VALLE GOICOCHEA, Luis. (1911-1953).
Nacido en un pueblo de nombre melancólico, La Soledad, en la provincia de Pataz, después de una breve experiencia en el seminario de San Carlos empezó a hacerse conocido redactor en «La Industria». Llegó el poeta a Lima y a pesar de su aire tímido, su rostro pálido y sus palabras suaves, fue conquistando amigos y alcanzando prestigio entre los escritores del momento. En 1932, Enrique Bustamante y Ballivián, otro gran animador de vocaciones literarias, le resolvió los problemas económicos que significaban la publicación de su primer libro de poemas: Las canciones de Rinono y Papagil. Fue una edición pulquérrima, con una portada de Camilo Blas. Sus versos representaron en ese instante una reacción lozana y saludable frente a la retórica barroca, una verdadera vuelta a la sencillez. Todo en Las canciones de Rinono y Papagil era simple, natural, candoroso. La ingenuidad no tenía doble fondo; y el poeta por ser sencillo, por no ser «literario», había llegado hasta el extremo de eliminar lo que en esos años de neogongorismo era lo más atrayente: la metáfora (3). Después vinieron otras obras, otras experiencias, pero la vida se endureció y Valle Goicoechea hizo su ingreso al convento de La Recoleta del Cuzco; deseaba ser sacerdote franciscano, pero al poco tiempo dejó los claustros y empezó una activa colaboración en diarios y revistas. Trabajaría entonces en «El Comercio» en calidad de reportero; firmaba, a veces, con el seudónimo de «Carlos Bernabé», artículos de crítica de teatro y libros. Pero la bohemia lo ganaba y su salud se quebrantaba cada vez más. Se interna en el hospital 2 de Mayo; mas todo es en vano, al salir vuelve a su vida errabunda, de amanecidas, de licor, de miserias, y el 13 de agosto de 1953 es encontrado agónico en plena calle, atropellado por un camión o por un automóvil, nunca se sabrá. Lo cierto es que para identificar su cadáver la policía debió trabajar duramente, porque no podía imaginar que ese desconocido que había caído en el caos y la miseria fuese un ilustre poeta y escritor.
Obras: El sábado y la casa (1934), poesías; La elegía tremenda y otros poemas (1936);Parva (1938), poemas en prosa; Paz en la tierra (1939), poesía; Mis Lucy King y su poema (1940); Jacobina Sietesolios (Últimos momentos de San Francisco de Asís), cuadro dramático en verso, 1946.
También dio a la estampa, en 1938, la novela Los zapatos de cordován; en la edición del 4 de mayo de 1939 de «El Comercio» apareció su relato «El naranjito de Quito» y en el vespertino del mismo periódico (1951) la novela inconclusa El árbol que no retoña. De su producción en verso inédita debe citarse: Amor acecha (1939); Sal (1939); Marianita Coronel (1943), y Tema inefable (1944-1945).
Valle no sólo escribió en el decano de la prensa nacional. Lo hizo también, en «La Industria» de Trujillo y en «La Prensa» de Lima, así como en «El Deber» de Arequipa; en este último caso trató cotidianamente al ilustre padre mercedario Víctor Barriga. Por algún tiempo trabajó en la biblioteca de la universidad de San Marcos y en el museo de Arqueología.
De él dijo Sebastián Salazar Bondy: «Su poesía evocaba la realidad de la infancia como el extranjero su patria, distante pero existente. Desde la orilla yerma en donde el tiempo le había confinado rememoraba los episodios y personajes infantiles y los edulcoraba con el oro emocional, más esplendoroso cuanto más inalcanzable se halla el objeto de su tremor... Desde su soledad, Valle Goicochea veía que la corriente de los años lo apartaba hora a hora, día a día, año a año, del remanso en donde se copiara el hogar» (4).
De su estancia en el hospital quedaron muchos testimonios, pero sobre todo la carta que el 8 de mayo de 1949 escribió a Esther M. Allison en estos términos: «Mi querida Esthercita, amiga inefable: te empiezo a escribir hoy domingo, y no sé francamente cuándo acabaré de hacerla. He tomado este único cuaderno y me valgo de un lápiz menguado, mezquinos menesteres que he podido conseguir para satisfacer la necesidad de este mensaje... Tengo que contarte mi padecer en este purgatorio al que no hubiese querido venir. Es horroroso, y lo tremendo es que quiero recuperar mi libertad, porque libertad es para mí el poco de salud de que puedo disfrutar. Esto sencillamente me deshace, acaba conmigo, me hundo... Fracasa lo poco de fe que me queda y no sé qué hacer... Cuando desfallezco, y la incomodidad me aplasta, tú haces el milagro de que te escriba, venciendo mi falta de fuerzas y mi escasez de recursos para hacerlo... Después de un intervalo de desazón y de tristeza, vuelvo a coger el lápiz... Siempre triste, fatigado inmensamente siempre. Me consuela dirigirme a un espíritu afín, tan noble como el tuyo... Contigo puedo desbordar algo de mi recóndita amargura ... » (5).
Valle fue hijo de Francisco Valle Castillo y Jovina Goicochea Salvatierra. Dejó una obra perdurable, o para decirlo con algunos de sus versos, «blanda y buena como pan de la mañana». (MZR).

2.- Luis Alberto Ratto y Javier Sologuren (6) incluyen al poeta Luis Valle Goicochea como nacido en 2011. Estos son los poemas que aparecen en esta Antología:
LUIS VALLE GOICOCHEA
(1911-1954)

Como siempre madrugan los vecinos
y lo primero que hacen
es alabar a Dios.
Preparan el desayuno con las manos de antes
y con los ojos de antes se van a trabajar ...
Las gallinas, los cerdos,
los viejos asnos inservibles
mostrando sus lacerantes mataduras
que más y más se corrompen
a la luz cruel del mismo sol,
animan tristemente
el amargo desamparo de las calles;
y la fuente, inalterable, da más agua
de la que el pueblo toma,
como siempre ...
Sentada en el umbral de su casita
hila que hila la Peta,

como todos los días ...
 Los vecinos, felices, o quién sabe tristes,
ahogan una sed recóndita de irse
tras los cerros azules lejanísimos,
en el secreto apego a su querencia ...
Sin fin de soledad. La fiesta titular de este año
será, como en los Últimos,
un acontecimiento triste: un loco afán
de amargarse en recordar
el acabado esplendor de antiguos días ...
("EL ÚBADO Y LA CASA", 1934)

Ahora, a lo lejos, estarán frente a la casa
los saúcos del pueblo, florecidos ...
Ahora en la escuela del pueblo
cantando estudiarán otros chicuelos,
mugrientos, tristes, buenos,
como los otros tímidos,
y como a los otros, a su paso tardo,
copiará la acequia sus figuras 8...
¡ Y cómo fijará las cosas, sus perfiles,
el mismo sol quemante de otro estío!
("EL SÁBADO Y LA CASA", 1934)

ULTIMO DESEO
 En esta faja de tierra,
verde presea del valle,
yo quiero acabar un día
repitiendo mis cantares,
y ser gleba de los surcos
y dulce savia en los árboles.

Que las aves de rapiña
y también las buenas aves,
vayan por el cielo mío
en aquel postrer instante.

Que sea mío y callado
el minuto en que yo acabe,
que no me vaya a los cielos
y me quede aquí en el valle.

 Que me asistan amorosos
cosas Y hombres de estos lares
y que entonces todo esté
como está y estuvo antes,
que aunque me vaya me quede
como una sombra en el valle.
(“PAZ EN LA TIERRA”, 1939)
Canta la acequia y el grillo,
cada cual a su manera.
Canta el grillo
en la tarde tibia y lenta:
perdida nota incansable
va del tedio a la tristeza.

Canta el grillo
con el son que Dios le diera.
Dios entrega dulcemente
el mismo cándido tema
a la parla
monocorde de la acequia.

El mismo acorde va y viene
con una música idéntica.
El grillo y la acequia cantan
cada cual a su manera
y en su estribillo invariable
Dios que lo hizo se recrea.
("PAZ EN LA TIERRA", 1939)

III.- El Prólogo de Aurelio Miró Quesada y la Compilación Francisco Izquierdo Ríos: “Obra Poética Luis Valle Goicochea”. Edición: Instituto Nacional de Cultura, 1974.
En aquella oportunidad el Instituto Nacional de Cultura agradeció a Esther M.' Allison, Alberto Tauro del Pino, Arturo Corcuera y Ricardo Arbulú Vargas su generoso aporte bibliográfico para la compilación de esta obra, a cuyo cuidado estuvo Francisco Izquierdo Ríos, quien poseía los originales de muchos poemas inéditos y otros escritos legados por el autor.



Aurelio Miró Quesada, defensor del 2011 como Centenario de Luis Valle Goicochea, fue el verdadero biógrafo del poeta y nos dice:

Conocí a Luis Valle Goicochea hacia 1930, un poco antes de su venida a Lima, por cartas de amigos comunes de Trujillo. Sobre todo José Eulogio Garrido, gran incitador de la actividad intelectual trujillana, experto en idas y venidas por los muros de adobe de Chanchán y guía incomparable entre las "comadres" y las chichas de Moche, me habla del joven literato, nacido en un pueblo de nombre melancólico: La Soledad, en la provincia de Pataz, y que después de alguna breve experiencia en el Seminario de San Carlos empezaba a hacerse conocido redactor de La Industria. Un día el propio Valle me envió unas poesías de corte romántico, un cuento de misterio que apareció después en variedades y algunas notas sobre libros recientes.

Llegó el poeta a Lima y a pesar de su aire tímido, su rostro pálido y sus palabras suaves, fue conquistando amigos y alcanzando renombre entre los escritores del momento. En 1932, Enrique Bustamante y Ballivián, otro gran animador de vocaciones literarias, le resolvió los problemas económicos que significaban la publicación de su primer libro de poemas: Las canciones de Rinono y Papagil. Fue una edición pulquérrima, con una fina portada de Camilo Blas y como presentación, en vez de prólogo, dos bellas composiciones del gran poeta que es Enrique Barrenechea.

Las canciones de Rinono y Papagil representaron en ese instante ―como tuve el placer de decirlo en un artículo― una reacción lozana y saludable frente a la retórica barroca y hasta a las estridencias "vanguardistas": una verdadera vuelta a la sencillez. Es cierto que había también entonces una vuelta general a la juventud, a veces por entusiasmo dionisíaco y otras precisamente por lo más apacible: la naturalidad, la espontaneidad, la despreocupación del artificio. Pero a menudo se trataba de una ingenuidad un tanto hipócrita, de un infantilismo amanerado, en que al revés de la leyenda bíblica, eran las voces de Jacob las que ocultaban las manos vellosas de Esaú.

En cambio en Valle Goicochea había una sencillez auténtica, sin artificios ni amaneramientos. Todo en Las canciones de Rinono y Papagil era simple, natural, candoroso. La ingenuidad no tenía doble  fondo; y el poeta por ser sencillo, por no ser "literario", había llegado hasta el extremo de eliminar lo que en esos años de neogongorismo era lo más atrayendo: la metáfora.

Recuerdo, nos sigue diciendo  Aurelio Miró Quesada, que una tarde se sonrió cuando, al comentar con cariño su libro, señalé mis recelos: que la extremada sencillez, que la repetición del mismo tono infantil, podía hacerlo incurrir, literalmente, en monotonía, y que ni en literatura ni en política -eran también los años de entusiasmo por Gandhi  era posible la "vuelta a la rueca".
Y, sin embargo, la sencillez de Valle Goicochea era tan limpia que desarmaba toda crítica. Con deliciosa ingenuidad, nos habla de gentes y cosas que eran suyas, que él evocaba con tersura infantil: el pajarito Rinono, la hermana Queca, la Rarra, el tío Gil, la viejecita re cadera «que tiene cariño en las dos manos» (la Única metáfora del libro), doña Sacramento la hilandera, el tío Daniel, el sacristán, el Dolores, don Ninfo el molinero. Junto a la sencillez de las personas, la apacibilidad de la vida en la aldea. Es una vida en que parece que no pasa nada, en que no hay ni una conmoción sentimental ni un acontecimiento externo más importante para un niño que el asno, que la escuela, la acequia, la pila de la plaza, las campanadas de la iglesia, «la pared torcida de la casa vieja», la travesura de escribir a escondidas «el apodo de don Benjamín en la puerta de su casa», el sueño de tener «un sombrerazo como el del guardia rural». Nos conturbaba en realidad una simplicidad tan extremada; pero nos sorprendía al mismo tiempo que por unos caminos tan sencillos el poeta pudiera conducirnos a una emoción tan cierta y a una ternura tan auténtica.

Las canciones de Rinono y Papagil se completaron después, en 1935, Con los poemas que publicó La Prensa y que el mismo Valle Goicochea no supo bien por qué había suprimido. Tal vez era porque, también con naturalidad, de la niñez a la adolescencia había empezado a sentir el dolor y eso tenía que reflejarse en sus versos. El sábado y la casa, su segundo libro publicado, vuelve a los mismos temas del hogar y la escuela, pero ya la nostalgia inicia un acento doloroso. El mozo viste pantalón largo; la Rarra, antes locuaz ahora «se queda pensativa»; el Sol sigue iluminando las mañanas, pero ya «la tristeza camina por las calles del pueblo»; han muerto una hermana, la tía Rosario, el primo niño; ya no quedan «ni rastros de la casita de don Jesús Ampuero». Hasta la escueta ha sido suprimida, y el 28 de julio «nadie pondrá banderas en su puerta».
Junto al dolor que empieza, se inicia también una sombra de misterio. En Las canciones de Rinono y Papagil no había drama; Y en cambio en El sábado y la casa empieza a conmovernos el soplo de lo desconocido. La muerte ronda «alrededor de los saúcos»; hay una luz que «oscila en el viento» y da terror una piedra que golpea en el tejado; y en una nueva impresión angustiosa el primo muerto aparece aquietado «hasta el hielo».
Los personajes, además, continúan siendo familiares, pero se esfuman un tanto en la niebla. Están allí la Rana, la Queca, Papagil, el tío Daniel, el sacristán. Pero ahora sus imágenes se han multiplicado; y entre sombras y sueños surgen en el recuerdo del poeta: don Trinidad el de las barbazas, la Peta «hila que hila», don Candelario el del correo, Alejo el tejedor, Valverde el músico de los mostachos blancos, hasta los animales son más numerosos. Como antes Rinono el pajarito, ahora hay gallinas, corderos, cerdos, el gato que ronronea, Volcán el perro bravo, «asnos inservibles», pájaros agoreros, los «diez mil cuervos» que clavan sus picos.

Este nuevo tono de la poesía de Valle Goicochea se mantiene, y aun se acrecienta, en su tercer libro publicado con título revelador: La elegía tremenda (1935). La dulce placidez de los primeros versos se repliega allí ante la tristeza de la ausencia sin vuelta. Como en la frase paradójica «brillar por su ausencia», aquí también el recuerdo es tan vivo que parece que tiene un brillo nuevo:
Es tan tremenda tu ausencia y tan nunca
envejece o se enturbia
como el objeto, fresco tenaz de nuestras
manos, asido siempre .
………………………………………………
Estoy en la oficina en que trabajo y tu
ausencia
está cerca de la pluma con que escribo.
………………………………………………

Ella no está. Certeza de su ausencia
que es el cono de luz en la penumbra ...
su sombra es una forma
familiar en la casa.

Y así, en La elegía tremenda o en La elegía inefable, unas veces parece referirse a una amada invisible; otras a la hermana muerta niña; y otras simplemente a una sombra o un sueño. En todo caso, es la Muerte que llega. La Muerte, que oscurece la luz matinal que daba tan fina transparencia a Las canciones de Rinono y Papagil.
Pero que la apacibilidad y la transparencia eran los motivos preferidos de Valle lo reiteraron después otros libros.
Parva (1938), según Aurelio Miró Quesada, es una hermosa colección de poemas en prosa, que repite el tono y las escenas de los primeros versos. Allí están como siempre el hogar, el paisaje bucólico, "el árbol, el monte, el río, el hato blanco", la campiña no sólo alegre de color sino de música: «llena de sonoridades que se alargan y se alargan». Todo el libro semeja un retablo, con las estampas impregnadas de perfume de campo. «Aquí todas las cosas tienen un orden sencillo y natural»; («aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro», podríamos decir como Rubén Darío, si no pensáramos también en el Platero de Juan Ramón Jiménez). Para que el ambiente familiar sea completo, entre los personajes aparecen dos figuras antes discretamente relegadas: el padre «amoroso pero parco» y la madre amorosa también,  henchida de ternura; («mi padre era callado y mi madre era triste», como en el verso de Valdelomar).

Y sin embargo, agrega Aurelio Miró Quesada, ya no es lo mismo. Ha transcurrido el tiempo y han desaparecido personajes queridos; («la muerte llegó de la noche y volvió a la noche y sigue girando por la vida»). El mismo poeta ha dejado su paisaje de sierra y su nuevo escenario es la campiña costeña de Moche, que da motivo a su nueva colección de poesías: Paz en la tierra (1939). El tema principal es por eso el agua, la milagrera "agüita del regadío", que unas veces se espera en vano y otras se ve discurrir con abundancia («el grillo y la acequia cantan, / cada cual a su manera»). La misma lluvia no es ya la tormentosa de la sierra, sino la tímida y ligera garúa:
lluviecita que no moja,
y si moja moja apenas.

Como era la época de predilección por el romance (con el ejemplo de García Lorca), Valle Goicochea recurrió en ese libro, constantemente, al octosílabo en vez del ritmo amplio de sus poemas anteriores.

Fueron aciertos de gracia formal y hasta recuerdos de coplas populares, de las que no iba después a desprenderse cada vez que alcanzaba un remanso de paz.  Era como un retorno a la serenidad del campesino:
su chacra, malo que bueno,
su casita, su pollino,
árboles que dan sus frutos, 
aves del campo en las ramas
y un dulce amor que despierta
cantando por la mañana.

Retorno también a los días infantiles fue su novela corta Los zapatos de cordobán, relato poemático que escribió ese mismo año y que completó con las bellas escenas de El naranjito de Quito (número del centenario de El Comercio, 4 de mayo de 1939) y las varias entregas del inconcluso El árbol que no retoña. Eran los viejos temas, siempre para él tan gratos: la infancia en el pueblo, la madre amorosa, la escuelita, la fruta del manzano o el rumor de la fuente. Escenas que le quedaron tan fijas en el tiempo como en la nostalgia del espacio; eran para él tan entrañables los lugares: La Soledad, Parcoy, el cerro Puyhuán, Chuchumaray.
Lo que representó un cambio verdadero fue su siguiente libro: Miss Lucy King y su poema(1940). Fue un viaje inesperado a lejanos países de aventura, en pos de una mujer de tierra extraña, de la que Valle se despide entre un golpear de remos y en una medianoche iluminada: "¡Goodbye, miss Lucy King, goodbye!". El poeta nos juró siempre que había sido una aventura auténtica; pero nada puede quitamos la impresión de que se trataba de un episodio imaginario, que Lucy King no existió nunca y que en todo caso fue como el niño que va al circo y sueña en un idilio imposible con la ecuyere.

Lo que sí era efectivo era que la vida personal del poeta, que desde fuera parecía tan sencilla, empezaba a tener tormentos íntimos. No sólo los económicos, que eran en él frecuentes, sino algo más profundo: la desazón espiritual. De haber sido más joven habría podido volver al campo, a la aldea nativa; pero ahora La Soledad no era para él un lugar geográfico, sino una angustia interior desesperante. Como en sus días de seminarista, Valle Goicochea pensó entonces que la única manera de salir de la angustia era buscar el reposo de un convento, despreocuparse de zozobras externas y acercarse de nuevo a todas las criaturas sin malicia, como para unirse con sus voces en una especie de alabanza al Señor. En suma, buscar la huella de luz y de ternura del Poverello, San Francisco de Asís.

Así lo hizo. Tomó el hábito franciscano y como novicio pasó un tiempo en el convento de laRecoleta del Cuzco. No podía olvidar la poesía ―San Francisco por cierto era poeta y cantaba con el hermano Sol, la hermana Luna, «hermanas estrellas y hermanos gusanos»―; y escribió entonces muchas composiciones de inspiración religiosa no propiamente mística, que se publicaron esporádicamente o que conservaron los amigos. Escribió también un ensayo dramático, Jacobina Sietesolios, sobre los últimos momentos de San Francisco, que se publicó en Arequipa en 1946.

Fue en uno de esos años, en 1943 (agrega el sapientísimo Aurelio Miro Quesada), cuando hallándome en el Cuzco recibí una carta de Valle Goicochea, que me escribía desde el convento franciscano de Urquillos. «Hace apenas unos días que he venido a este nuestro convento, lleno de viejos aromas ―me decía―. Estoy en un lugar tradicional donde afincó Pumacahua y vivió sus mejores días [...] He de publicar Dios mediante un librito y le ruego que me haga el favor de prologarlo. Contando con su aceptación generosa me permito enviarle los originales».

Eran cuatro largas páginas,  mecanografiadas a un espacio, con treinta poemas bajo el título de Marianita Coronel y el subtítulo Versos para niños. Estaban dedicados "A la dulce memoria de un difuntito querido, de Augusto Moreno Jimeno"; el hijo triste y tempranamente desaparecido de un cordial amigo suyo, el poeta Manuel Moreno. El anunciado libro no llegó nunca a publicarse. Sólo cuatro años después, en 1947, El Deber de Arequipa―donde entonces colaboraba Valle― dio a conocer doce de las canciones y, ya muerto el poeta, otras se publicaron en Trujillo en los Cuadernos Trimestrales de Poesía. Perdidas otras copias, creo que soy el único que conserva íntegros los originales ―la mitad de ellos totalmente inéditos― que hoy se publican en este volumen y para los que escribí el prólogo pedido, del que ahora puedo repetir unos párrafos.

En los poemas de Marianita Coronel ―decía allí―, donde vuelve al mundo de la infancia, hay sobre todo algunos que tienen cierta música aprendida a los niños. Música sutil del romancillo, como en los poemas que comienzan: «Viene aquí cantando la señora Rana», «La casaca verde y el palito seco», «Este niño rubio», y con mayor gracia que en todos la linda canción de antología: «La noticia buena / tiene dos patitas / las polleras de oro / y una coronita». En otros casos no se trata de juegos, sino de prevenciones y consejos en los que la lección de provecho se engalana con ropaje literario («Si este niño obedece», «Tiene este niñito ... », «Atadito de gavillas», etc).
¿Hasta qué punto, sin embargo, pueden considerarse estos poemas como canciones para niños? A pesar de la ingenuidad de muchos versos y de la ligereza formal de todos ellos, las poesías de este libro de Valle tienen tema infantil pero no pueden considerarse, en rigor, infantiles. Hay ciertamente juegos burlescos primorosos (el hilo verde como el loro para coserle la boca a los parleros, los zapatos distintos del aguacero y de la lluvia, el gallo que da un suspiro «pero al fin no dice nada»). Pero a veces se enturbia la limpia sonrisa de los niños. Así en el llanto de Ruedecita Catalina, en la niebla que anuncia la muerte de la escuela, en José Adrianzén «difunto mañana por la mañana». Por algo, en el poema que da nombre al libro, Marianita Coronel promete un lindo cuento, pero de pronto se queda callada ("un rato largo, otro rato / y después toda la vida"), como quien guarda un secreto dramático.
Después, dejé de seguir por algún tiempo la trayectoria poética de Valle. Los trabajos y los días, como en el título de Hesíodo, me llevaron por rutas diferentes: la cátedra, el periodismo, las investigaciones de historia literaria. Sabía solamente que una nueva crisis espiritual lo había hecho salir del convento y que había dejado definitivamente el sayal franciscano. Al cabo de un tiempo en Arequipa, Valle Goicochea volvió a Lima. En El Comercio ―sobre todo en la edición de la tarde, que aparecía entonces― publicó excelentes reportajes de la semana, artículos sobre temas humanos, estampas literarias, notas de libros y de teatro; con el seudónimo, que había usado desde antes, de "Carlos Bernabé". Sin embargo, era ya difícil la intimidad con él. Su labor era en realidad intermitente y se le perdía de vista por semanas. Sus torturas internas continuaban; y era ya imposible que encontrara un remanso. «La juventud es embriaguez sin vino», había dicho Goethe; pero Valle, que había pasado la juventud, que había perdido la ilusión de la vida, necesitaba cada vez más el vino para poder levantar el espíritu.  ¡Cuántas veces hubo que buscarlo en los sitios más inesperados! Una mañana, torpemente, lo arrolló un automóvil, Y ni en el hospital donde se le llevó, ni en la morgue donde hubo que rescatarlo, sospecharon que ese frágil hombre accidentado era el poeta que había escrito tantas páginas de tanta ternura. Ernesto Moore escribió al respecto: «Valle, que parecía destinado al ara y almisal, terminó sólo con el cáliz. Murió fiel a la sangre de Cristo y fiel también a la Doctrina del Maestro: sin un centavo y con el alma blanca».


    Hizo muy bien, por eso, el Instituto Nacional de Cultura al salvar del olvido la obra poética completa de Luis Valle Goicochea. Pero quienes aprecien hoy sus versos, frescos, sencillos, transparentes, de emoción lugareña, no sabrán tal vez nunca hasta qué punto este autor tuvo una vida contradictoriamente tormentosa. Y si pensamos que su centenario ya pasó al final, como sucede, terminamos por olvidarlo y no rescatar lo valioso de sus escritos.

Aquí una muestra del manantial de ternura de sus versos:


ROMANCE DE PAPAGlL
Rinono canta de nuevo
para que te oiga la Rarra,
vuelan flores y gallitos
de papel por la mañana.
Papagil está esperando
en la puerta de la casa
y en la espera se le vuelve
flor, espuma, nube, el alma.
Papagil arrugadito
en la puerta de la casa,
y son sus ochenta años
ochenta hormiguitas blancas.
El aire se vuelve azahar
-boda azul de las naranjas-
la luna será esta noche
una mariposa blanca.
La mariposa una estrella,
y la estrella una manzana,
y la manzana Rinono
en la mano de la Rarra.
Por saberlo Papagil
está desde la alborada
sentadito en una estera

a la puerta de su casa.
Y cuando el Cura y demás
vecinos dicen ¿qué pasa?
Papagil pone a sus labios
un candadito de plata.

RETORNO
La Rana está esperando en el camino
con los ojos inmensos
al muchachito de diecisiéis
años que un día marchó lejos.
El Papagil octogenario, alerta
como un vigía en la ventana está,
y mientras fuma su cachimba rubia
quiere reír y llorar
yRinono que un día abrió las alas
hacia la Eternidad,
ha vuelto por el cielo del muchacho
y ha bajado otra vez para cantar ...


Referencias bibliográficas:
(1) Mauricio Arriola Grande: Diccionario Literario del Perú, Tomo II,  Pág. 374, Editorial Universo, 1997, Lima.
 (2) Carlos Milla Batres:Diccionario Histórico y Biográfico del Perú. Tomo IX, Pág. 186 y 187,  1986. Lima.
(3) Miró Quesada, Aurelio, en Obra poética de Luis Valle Goicochea, 1974 Lima.
(4) En «Revista Peruana de Cultura», Nro. 1, julio de 1963, Lima.
(5) En «El Comercio»,  Lima, 13 de febrero de 1958.
(6) Luis Alberto Ratto y Javier Sologuren: Biblioteca de Cultura Peruana Contemporánea. Poesía. Volumen VIII.  Ediciones del Sol. 1963. Lima

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