Sociólogo - Escritor

"La Casa de la Magdalena" (1977), "Essays of Resistance" (1991), "El destino de Norte América", de José Carlos Mariátegui. En narrativa ha escrito la novela "Secreto de desamor", Rentería Editores, Lima 2007, "Mufida, La angolesa", Altazor Editores, Lima, 2011; "Mujeres malas Mujeres buenas", (2013) vicio perfecto vicio perpetuo, poesía. Algunos ensayos, notas periodísticas y cuentos del autor aparecen en diversos medios virtuales. Jorge Aliaga es peruano-escocés y vive entre el Perú y Escocia.

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8 de febrero de 2011

Colegio Militar


EL QUE QUIERE  LA VIDA DEL COLEGIO MILITAR, DEL EJÉRCITO, LA MARINA O LA AVIACIÓN, QUE LE CUESTE
Por: Samuel Cavero Galimidi  ©
        Me ha llamado poderosamente la atención dos citas dadas por Alejandro Lerroux,  periodista, militar y escritor español,  hace muchos años fallecido, quien escribió un libro sugestivo Mis memorias (Afrodisio Aguado, S.A. Editores, Madrid,1963), que cayó en mis manos vía la biblioteca del Spanish Club, en Sydney, Australia, donde estuve nada menos que de bibliotecario  honorario ―sin pago alguno, por tacañería soberana de los españoles― cuatro meses, en reemplazo del titular que se mandó un viaje a la Madre patria.
     En este libro recogí dos enjundiosas citas, quizá como pago de todos esos días que me dediqué a la administración de esa biblioteca. Se trata en efecto como he dicho de dos citas interesantes y muy curiosas sobre dos escritores en pugna, que se detestan ambos, como los hay en el mundo intelectual.
     Primero la cita corta aunque parezca equivocado que se deba retroceder. A veces se lee también de final al comienzo, una manera de sorprender al escritor que ha creado una obra de ficción.
     En la página 210 de Memorias Alejandro Lerroux dice: «Y conseguí más, que fue reconciliarles teóricamente. Lo digo así porque prácticamente, si llegan a verse, fracaso seguramente mi empresa. No hay odios tan duraderos e irreductibles como los odios literarios… o entre literatos».
     La otra cita no menos cierta, es igualmente interesante, en la página 86 de Memorias, se puede leer:
     «Volví al cuartel a la hora debida y pasé lista. Cuando tocaron a rancho fui a mi percha a buscar el medio pan que debía quedarme y había desparecido, así como el par de zapatos de recambio. Pregunté al compañero de al lado y me aconsejó el sinvergüenza:
-Mira, no le des parte ni das a nadie, porque armarás un lío. Irán al calabozo unos cuantos y tendrás enemigos para siempre.
Quedé robado y mudo. Hice mi cama imitando a os demás. Aquella noche no pude dormir. El jergón no era de paja, sino de grazas (que son residuos de paja larga) que se me clavaban en la carne, a pesar del grueso de las sábanas de munición».

      Hechos como este los he visto no una sino muchas veces en elcolegio militar Ramón Castilla de Trujillo donde estudié aprendiendo a conocer el otro lado de la miseria humana, la vida de todo un enorme grupo de jóvenes, muchos apenas niños que recién formando su personalidad y su desarrollo físico, colegio al que recuerdo con cariño y nostalgia sublime, les pasó a varios amigos míos, y yo tuve que compadecerlos. Y es que no se debe odiar a una institución. La culpa no la tienen las escuelas de formación sino quienes pertenecen a ellas, es parte del sistema.
    Recuerdo mucho que al que se descuidaba,  y sí eras de los grados inferiores con mayor razón, les robaban los colchones, sus prendas de vestir, la pomada del zapato, el dentífrico, el perfume regalado por la enamorada, la propina mandada por el padre desde tan lejos o la torta preparada con tanto cariño por la madre Por ejemplo esto sucedió con Felipe Fernández Torres, el chimbotano Cerna y  Castro Adriancén, para nombrar sólo algunos ejemplos, de la XIII Promoción del Colegio Militar Ramón Castilla.  Allí, en el Colegio Militar Ramón Castilla descubrí mi verdadera vocación para la que sirvo y un mundo fascinante de disciplina y conflictos personales que inspiró mi primera novela titulada Apocalipisis en Don Ramón. Y allí, dentro de ese encierro e internado descubrí además que la vida militar es una especie de jungla donde uno debe aprender a sobrevivir y yo, como escritor, en el colegio militar Ramón Castilla lo hice haciendo el guión de improvisadas obras de teatro. Y en la Aviación, sucedió algo similar, escribiendo y publicando libros. Entre mis actores de aquél primer internado (actorcillos en ciernes, en realidad, pero con muchas ganas de hacer muy bien las cosas) recuerdo que tuve a compañeros muy aplicados como Luis Castro Guzmán, Luis Cieza de Léon y  Carlos Collantes Lazo, entre otros. Allí, como Mario Vargas Llosa y quizá parafraseándolo, descubrí como él que dentro de un colegio se reproduce en pequeño la complejidad de pugnas, amistades, encuentros y desencuentros y hasta odios, que hay en este Perú multicultural, tan heterogéneo, una simbiosis abigarrada de jóvenes, de culturas,  de todos los estratos y regiones que llegan a formar un espíritu de promoción confraternizando. Todas las Sangres, diríanMario Vargas Llosa y José María Arguedas, título de su libro.  Allí, en la vida militar, conocí lo mejor del Perú y lo peor del Perú. Entonces intenté escribir una novela todo lo que ese encierro tiene de promesa, de aventuras y de lastre.
     Y en la Aviación peruana, la gloriosa Fuerza Aérea del Perú, en su Escuela de Oficiales, lugar donde también estudié e hice vida militar, acuartelamiento castrense, esto es vivir internado, siendo esforzado cadete y esperando no me pase nunca este incidente, dado el mejor nivel socioeconómico de la gente allí en instrucción, no sólo me pasó una vez, sino varias veces. Pero me consolé escribiendo novelas, cuentos y ensayos y hablando de manera apasionada en mis libros del papel esencial, formidable, en el desarrollo, integración de los pueblos y en la defensa de la soberanía que cumple la Fuerza Aérea del Perú. Siempre creí y sigo creyendo que somos, con nuestra Fuerza Aérea, un país genuino y formidable ¡Así es la vida, pues! ¡Qué le vamos a hacer! ¡Fui mal comprendido! Años después debía olvidar los traumáticos años que viví donde conocía más de algún desaptado. ¡La vida está invadida de pillos que por creerse siempre pillos muchos terminaron en la cárcel o el cementerio!
     Recuerdo mucho esta anécdota de un cadete piloto cazabombardero al que siempre le gustaba hacer estas cosas, un día en mi cólera, abrumado por mi espíritu rebelde andino-judío, mi otro Yo que se rebelaba, pese a ser mi superior le grité: «¡Ojalá que te mueras!». ¿Ah, ojalá me muera? Vaya a anotarse cuatro privaciones de salida; usted no sale un mes y cámbiese de buzo porque esta noche, mañana y pasado no duerme, se lo aseguro», me dijo frunciendo el ceño, con su voz enceguecida por la ira de todos los odios del mundo.
      ¡Qué otra cosa le podía decir a un muchacho abusivo, prepotente, altanero y enceguecido por rencores ajenos, el que siempre buscaba castigar, meter papeletas y hacer daño, quitando prendas o comida! ¿Debía felicitarlo? ¿Debía ponerme de rodillas? Claro que no. Si siempre traté de portarme bien con él y otros superiores.
      Y bueno, este cadete piloto, a los pocos días de que se hizo muy popular mi maldición, en un vuelo de instrucción lamentablemente se mató en un terrible accidente de aviación. Probablemente una mala maniobra propia de su espíritu temerario y desenfadado. Se mató con un avión Mirage francés que vale como cuatro millones de dólares. ¡Qué dineral para alguien camino a la muerte! ¡Lujosa sepultura eterna para un mortal con sueños de aviador! De su cuerpo pequeñas piltrafas de carne y unas botas con un muñón y algunos dedos de su pie ensangrentados solo se pudieron encontrar.
     Después de lo ocurrido, qué curioso, entre los cadetes del Quinto Año en la Escuela de Oficiales de la FAP, se me culpó  del accidente, «por haberlo maldecid», decían ellos, y  aun recuerdo que desde ese día recibí una andanada mayor de castigos físicos por parte de sus compañeros amigos, que incluía correr con seis fusiles toda la noche, entre otros escarmientos, que sólo acabo cuando se graduaron los cadetes de Quinto Año. ¡Así es la vida! ¡Las pagué todas! Yo, queridos amigos, si me leéis, «ojalá que te mueras», lo dije de mentiritas.  Claro que sí. ¡Ja,Ja, Ja! Esta risa no es una risa malévola, por supuesto, sino teatrera ante mi propio dolor y el dolor del prójimo, que en esencia se duele por la muerte, que se burla y escupe a la muerte, suena a la risa del Dr. Jackyl en el Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde.

     Volvamos a Alejandro Lerroux,  periodista, militar y escritor español,  en su libro Mis memorias, dice:
   «Me emplearon en los menesteres más desagradables. Me harté de barrer, fregar, lavar tablas y banquillos, escudillas y ollas de rancho. Yo pensaba: ¿Habían fregado y barrido así Espartero y los demás generales patateros, como se llama en el argot de cuartel a los jefes que proceden de la clase de tropa? Me parecía imposible. Pero sobretodo la “Academia”. Una mañana vi a uno de los cabos que, desesperado con un educando que no conseguía arrancar de la trompeta la nota deseada, le dio un puñetazo al instrumento y le rompió un diente al alumno. Por otra parte, la noche anterior me había desvalijado la mitad de mi equipaje…»
     ¡Mala suerte escritor Alejandro Lerroux! ¡Así es la vida militar! ¿O quería usted que se le trate como a señorita barcelonesa o a la Reina Victoria? 
     En la Aviación siempre nos decían los superiores, con mucha mofa, soberbia y cierta ironía para todo: «El que quiere el  verde o el azul del uniforme, que le cueste, y el que quiere el celeste que, es de nuestra Aviación, que le cueste aún más». ¡Cuánta razón había!
     Yo, desde mi candidez e inocencia, quise el azul-celeste del cielo para un ser enceguecido por todos los odios. Sí, claro que sí, quería  el azul de sus endiablados ojos azules, el azul de los retratos del gran pintor Miguel Ángel en la Capilla Sixtina… ―¡OH, Dios!― y… y sin querer lo conseguí.

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